La energía solar tiene algo de paradoja. Cada día nos cae encima una cantidad enorme de luz y, aun así, una parte importante se “pierde” antes de convertirse en electricidad útil. Se va en forma de calor o, directamente, no llega a activar los electrones que necesitamos para generar corriente.
Ahora, un equipo liderado por la Universidad de Kyushu (Japón) junto a la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania) ha mostrado una vía para aprovechar mejor esos fotones. En una prueba de concepto, han logrado un rendimiento cuántico medio cercano al 130% usando un complejo metálico basado en molibdeno, un resultado que apunta a células solares futuras más eficientes, aunque todavía no listas para tejados.
Un techo que lleva décadas ahí
En una célula solar “clásica”, lo habitual es que un fotón active como máximo un portador de energía (un excitón o un electrón excitado, según cómo se mire el proceso). El problema es que no todos los fotones son igual de útiles, y ahí empieza la fuga.
Los fotones con poca energía (por ejemplo, parte del infrarrojo) no llegan al umbral necesario para excitar electrones, y los fotones muy energéticos (como los azulados) suelen desperdiciar el exceso como calor. Por eso se habla del límite de Shockley Queisser como un techo físico para una célula de una sola unión, que en la práctica se traduce en que solo se aprovecha una fracción de la luz disponible.
Cuando un fotón puede “valer por dos”
Aquí entra un concepto que suena a ciencia ficción pero es bastante directo. La fisión de singlete es un proceso por el que un excitón de alta energía puede “dividirse” y acabar generando dos excitones de tipo triplete, en vez de quedarse en uno solo.
Dicho en lenguaje de calle, sería como intentar que un billete grande no se pierda en comisiones y puedas cambiarlo por dos billetes útiles. En teoría, esto permitiría acercarse a rendimientos cuánticos de hasta el 200% en condiciones ideales, porque un fotón podría dar lugar a dos portadores aprovechables.
El matiz importante es que la teoría no paga facturas por sí sola. El reto real ha sido siempre el mismo, conseguir que esa energía extra no se escape antes de poder “cobrarla” en forma de electricidad.
El gran enemigo era la pérdida por el camino
Aunque la fisión de singlete se conoce desde hace tiempo en ciertos semiconductores orgánicos, capturar lo que produce es otra historia. En muchos montajes, la energía acaba desviándose mediante un proceso parásito llamado transferencia de energía de resonancia de Förster (FRET), que actúa como un atajo indeseado.
El propio Yoichi Sasaki, profesor asociado en la Universidad de Kyushu, lo explica con claridad. “La energía se puede ‘robar’ fácilmente” por ese mecanismo antes de que la multiplicación sea útil, así que necesitaban “un aceptor de energía que capturara de forma selectiva” esos excitones triplete tras la fisión.
Y aquí está la clave del avance. No se trata solo de generar más portadores, sino de poner una red lo bastante rápida y específica para atraparlos a tiempo. Si no, el fotón “doble” se queda en una promesa.
El papel del molibdeno y el “spin flip”
La solución del equipo ha sido recurrir a complejos metálicos diseñables, en este caso un emisor basado en molibdeno descrito como “spin flip”. En estas moléculas, un electrón puede cambiar su espín durante la absorción o emisión de luz (en el infrarrojo cercano), y eso permite que el sistema acepte justo la energía en estado triplete que interesa.
En el laboratorio, combinaron este complejo con materiales basados en tetraceno en solución, ajustando niveles de energía para reducir las pérdidas asociadas a FRET. El resultado fue un rendimiento cuántico de alrededor del 130%, con valores en el rango aproximado del 112% al 132%, lo que equivale a excitar cerca de 1,3 complejos por cada fotón absorbido.
¿Significa esto que las placas solares van a producir un 30% más mañana? No. Significa que, en un esquema de conversión de luz, han demostrado que se pueden generar y capturar más portadores de energía que fotones entrantes, algo que abre una puerta real para superar límites que parecían inamovibles. Y eso se nota, al menos en el mapa de ruta científico.
Qué falta para verlo en paneles reales
La propia universidad lo deja claro, estamos ante una prueba de concepto. El experimento se ha hecho en fase de solución y el siguiente paso es llevar esos dos tipos de materiales a estado sólido, donde todo se complica porque entran en juego estabilidad, compatibilidad de capas y fabricación.
En la práctica, esto significa pasar de un resultado brillante en condiciones controladas a un dispositivo que aguante calor, humedad, luz intensa durante años y procesos industriales. Si alguien piensa en su tejado o en la factura de la luz, la lectura honesta es esta, aún queda recorrido, pero el camino empieza a estar mejor señalado.
Además, el trabajo sugiere aplicaciones que van más allá de la fotovoltaica, desde LED más eficientes hasta líneas de investigación en tecnologías cuánticas. Pero, de nuevo, con el mismo matiz, primero hay que convertir el “funciona en laboratorio” en “funciona en el mundo real”.
La nota de prensa oficial se ha publicado en Kyushu.













