Una pista sobre el nacimiento de la Luna llevaba miles de millones de años guardada en unas rocas de Australia Occidental. Su composición química permite reconstruir parte del pasado terrestre y encaja con la hipótesis de que una enorme colisión mezcló los materiales de la Tierra y de nuestro futuro satélite.
El equipo encabezado por Matilda Boyce, de la Universidad de Australia Occidental, comparó estos minerales con datos de muestras del programa Apolo. El estudio, publicado en 2025, aporta una pieza más al rompecabezas, aunque sus resultados dependen de una reconstrucción de cómo cambiaron esos materiales con el tiempo.
Una huella en Australia
Las muestras proceden del Complejo Manfred, en la región de Murchison, y tienen unos 3730 millones de años. Entre ellas hay anortositas, rocas compuestas principalmente por un mineral llamado plagioclasa, que pertenece a la familia de los feldespatos.
«Las anortositas son rocas poco comunes en la Tierra, pero muy comunes en la Luna», explicó Boyce en el comunicado de su universidad. Esta semejanza permite comparar materiales de ambos mundos y buscar señales de su historia más antigua.
El reloj de los minerales
¿Cómo puede un cristal contar lo que ocurrió hace tanto tiempo? La clave está en los isótopos, versiones de un mismo elemento químico que tienen distinta cantidad de neutrones. Sus proporciones ayudan a seguir la evolución de las rocas.
El rubidio-87 se transforma lentamente en estroncio-87 mediante desintegración radiactiva. Por eso, una roca con rubidio puede acumular esa variedad de estroncio a medida que envejece, como un reloj que avanza a un ritmo conocido.
La plagioclasa incorpora estroncio y muy poco rubidio al formarse, lo que favorece la conservación de su señal inicial. En las zonas mejor preservadas de Manfred, los investigadores calcularon una proporción inicial de estroncio-87 respecto a estroncio-86 de 0,700050. El margen de incertidumbre es de 0,000017.
El vínculo con Apolo 16
Al otro lado de la comparación está la muestra lunar 60025, recogida durante la misión Apolo 16 en 1972. También es una anortosita y conserva información sobre la corteza primitiva de nuestro satélite.

La cifra australiana no es idéntica a la lunar. Para relacionarlas, los autores reconstruyen su evolución y sitúan el impacto en su modelo hace unos 4515 millones de años, con una proporción compartida cercana a 0,699061. Ese valor es compatible con los datos, bajo el supuesto de que el choque igualó la proporción isotópica del estroncio entre ambos cuerpos.
La explicación encaja con el escenario del gran impacto, en el que un cuerpo planetario chocó contra la Tierra joven y lanzó al espacio material que acabó formando la Luna. Según recoge la NASA, las muestras lunares ya ofrecían otras pruebas a favor de ese origen. Este trabajo añade información a una hipótesis que llevaba décadas investigándose.
Rescatar la señal original
El problema es que una roca tan antigua rara vez llega intacta al laboratorio. El calor, las fracturas y la circulación de fluidos pueden desplazar sus elementos químicos y modificar el registro que los científicos intentan leer.
Para localizar las zonas mejor conservadas, el equipo combinó mapas químicos y análisis con láser. La cifra destacada de Manfred procede de 35 análisis en dos zonas bien conservadas de un cristal. Son 35 mediciones, no 35 rocas independientes, una distinción necesaria para valorar el alcance del resultado.

Un elemento que pudo escapar
El rubidio también ayuda a entender por qué la Tierra y la Luna siguieron caminos químicos diferentes. Se evapora con más facilidad que el estroncio, de modo que un episodio de calor extremo puede cambiar la proporción entre ambos elementos.
En el modelo utilizado, la pérdida de rubidio durante el impacto explica la evolución más lenta del estroncio lunar. Con menos rubidio disponible, se genera menos estroncio-87 con el paso del tiempo. Así, dos materiales que partieran de una señal semejante podrían presentar valores distintos miles de millones de años después.
Cuándo crecieron los continentes
La investigación también mira hacia el suelo que pisamos. Sus resultados sugieren que el crecimiento de grandes volúmenes de corteza continental cobró importancia desde hace unos 3500 millones de años, aproximadamente mil millones de años después de la formación del planeta.
Esa conclusión se apoya en los cambios químicos del manto, la capa terrestre situada bajo la corteza. Cuando se extraen materiales para formar corteza continental, el manto puede conservar una señal de esa pérdida. El estudio encuentra esa huella en el registro del estroncio a partir de aquella etapa.
Esto no significa que antes no existiera corteza, ni permite fijar un día exacto para el nacimiento de los continentes. La escasez de rocas tan antiguas sigue limitando lo que podemos reconstruir. El estudio completo se publicó el 31 de octubre de 2025 en Nature Communications.
Foto: University of Western Australia







