¿Te imaginas abrir un corzo viejo en lo alto del Prepirineo catalán y encontrarte, entre hierbas medio digeridas, una piedra lisa y redondeada, casi como una perla oscura? Eso es justo lo que ha ocurrido en varios lances recientes de alta montaña. El “objeto” tiene nombre propio, piedra bezoar, y mezcla biología, historia y un punto de leyenda que está despertando mucha curiosidad entre cazadores y amantes de la naturaleza.
Qué es una piedra bezoar y cómo se forma
En términos sencillos, una piedra bezoar es una masa compacta de material que el estómago no consigue digerir. Se forma en el aparato digestivo de algunos animales, sobre todo rumiantes, cuando fibras vegetales, pelos, pequeñas piedrecitas u otros cuerpos extraños se van acumulando y recubriendo de capas minerales hasta crear una especie de “bola” dura. En veterinaria se describen como concreciones de fibras y minerales que pueden aparecer en el estómago o el intestino de ganado, caballos, camélidos e incluso fauna silvestre.
En rumiantes, todo empieza en el rumen, la gran “cuba de fermentación” donde la comida se almacena y se vuelve a rumiar. Si el animal ingiere materiales indigeribles que quedan retenidos, estos pueden actuar como núcleo. Alrededor se precipitan minerales presentes en el contenido digestivo, como el fosfato cálcico, y capa tras capa la piedra crece, a veces durante años. En un carnero de raza Bapedi estudiado en Sudáfrica, por ejemplo, se describió una masa formada por fibra sintética, material vegetal y un 50,5 % de fosfato cálcico.
Lo llamativo en el caso de los corzos y rebecos europeos es lo raro que resulta encontrar una de estas piedras en animales silvestres. La literatura veterinaria habla de bezoares y concreciones sobre todo en ganado doméstico y camélidos, mientras que en cérvidos se consideran auténticas excepciones.
Los casos que han sorprendido en los Pirineos
En 2022, un cazador abatió un viejo corzo en una zona alta del Prepirineo. Al mover la pieza para hacer las fotos, vieron que por la zona del disparo asomaba una piedra oscura. Tras revisar el rumen, apareció la sorpresa completa. El experto en corzo Pablo Ortega analizó aquel hallazgo y lo consideró el primer caso documentado de piedra bezoar en esta especie en España.
Poco después, otro episodio llegó desde los Pirineos. El cazador Omar Ceballos compartió la historia de un sarrio de unos veinte años que también escondía una piedra bezoar en su estómago. Un animal muy longevo, de alta montaña, y otra vez la misma rareza en su interior.
Estos dos casos tienen algo en común. Se trata de animales muy viejos, que han pasado muchos inviernos rumiando en cotas altas. Esa larga vida da tiempo a que una pequeña concreción crezca poco a poco. Aun así, los especialistas insisten en que hablamos de hallazgos excepcionales dentro de la fauna silvestre europea.
Por eso muchos cazadores veteranos se preguntan ahora si alguna vez han tenido una bezoar delante sin darse cuenta. Quien no revisa con calma el contenido del rumen puede acabar tirando, sin saberlo, un trofeo muy poco corriente.
De antídoto contra venenos a objeto de colección
La palabra bezoar tiene raíces muy antiguas. Procede de términos persas y árabes con el sentido de “antídoto” o “remedio contra el veneno”. En el antiguo Imperio persa se creía que estas piedras protegían frente a los envenenamientos y alejaban el mal. Más tarde, médicos árabes las incorporaron a sus tratados y, desde el siglo XII, empezaron a aparecer en la medicina europea como supuestos antídotos frente a arsénico, peste u otras intoxicaciones.
Algunas crónicas relatan que en la Europa del Renacimiento ciertos nobles llegaron a pagar por ellas varias veces su peso en oro. Hoy su uso médico está descartado, pero el interés no ha desaparecido. En el mercado especializado se venden sobre todo bezoares procedentes de ganado vacuno y se citan precios en torno a 300 euros por cada 100 gramos, siempre que la pieza tenga formas y vetas llamativas.
En culturas andinas, las pequeñas piedras encontradas en el estómago de llamas y alpacas se han usado como amuletos y ofrendas a la Pachamama, la “madre tierra”, algo que muestra hasta qué punto estas formaciones han estado ligadas a la relación entre las personas y los animales de montaña.
¿Qué nos dicen estas piedras sobre la fauna y el medio ambiente?
Más allá de la curiosidad y del valor de coleccionista, las bezoares tienen una lectura interesante para quien mira la fauna con ojos ecológicos. En el carnero Bapedi estudiado en Sudáfrica, la piedra se formó alrededor de fibras sintéticas, probablemente de cuerda o plástico presentes en el forraje de mala calidad que consumían los animales. Los autores apuntan que la deficiencia nutricional y la presencia de residuos en el entorno favorecieron que el animal ingiriera esos materiales y que acabaran convertidos en una concreción dentro del rumen.
En animales domésticos, los manuales de producción animal señalan que estas masas rara vez causan síntomas salvo que sean muy voluminosas, pero pueden relacionarse con dietas desequilibradas o con la ingestión de plásticos y otros residuos.
¿Y en la fauna silvestre de montaña? De momento solo tenemos unos pocos casos descritos en corzo y rebeco. La prudencia obliga a no sacar conclusiones firmes, aunque sí hay un mensaje claro. Revisar el aparato digestivo de los animales abatidos en caza de gestión puede aportar pistas sobre qué están comiendo, sobre la presencia de residuos en el medio e incluso sobre posibles cambios en la vegetación del hábitat. En el fondo, cada piedra de este tipo funciona como una especie de “registro” de largo plazo del estómago del animal.
Para el cazador responsable, la piedra bezoar no solo es un trofeo raro. También recuerda que la salud de los ungulados salvajes depende de un monte bien conservado, con pastos variados y libre de basura. Al terminar, conviene volver al origen de esta historia.
El reportaje de referencia sobre la piedra bezoar en corzo y rebeco, con los casos del Prepirineo y de los Pirineos, se ha publicado en la revista Jara y Sedal.











