No todo el peligro para Lucy y los suyos estaba en tierra firme. Un equipo liderado por la Universidad de Iowa ha descrito una nueva especie de cocodrilo, Crocodylus lucivenator, que vivió en la formación de Hadar, en la actual Etiopía, entre hace 3,4 y 3 millones de años, justo en el mismo periodo y en la misma región donde habitó Australopithecus afarensis. Los investigadores calculan que los adultos medían entre unos 3,7 y 4,6 metros y pesaban entre 270 y 590 kilos. Dicho de forma sencilla, era un depredador enorme para aquel paisaje.
El trabajo no dice que un ejemplar concreto matara a la famosa Lucy. Eso no se puede demostrar con los fósiles. Pero sí apunta a que esta especie habría cazado con casi total seguridad a homínidos como ella. Christopher Brochu, autor principal del estudio, lo sitúa incluso por encima de leones e hienas como gran amenaza del ecosistema. Y eso cambia bastante la imagen clásica que muchos tienen de nuestros antepasados, siempre atentos a lo que pasaba en la sabana, pero quizá también pendientes de la orilla.
Un depredador en la orilla
La parte interesante está en el escenario. Hadar no era un decorado uniforme, sino una mezcla de bosques abiertos y cerrados, praderas húmedas, matorrales y bosques de ribera junto a lagos y ríos. En la práctica, acercarse a beber agua o moverse cerca de una zona húmeda podía ser mucho más arriesgado de lo que parece. Un cocodrilo así no necesitaba correr detrás de nadie durante mucho tiempo. Le bastaba esperar.
Los científicos han descrito la especie a partir de 121 restos fósiles catalogados, sobre todo cráneos, dientes y fragmentos de mandíbulas, pertenecientes a decenas de individuos hallados en Hadar. Entre los rasgos que más les llamaron la atención había una gran joroba en la parte central del hocico, parecida a la del cocodrilo americano y ausente en el cocodrilo del Nilo. Según plantean los autores, esa protuberancia pudo servir a los machos para exhibirse ante las hembras.
La historia del hallazgo también tiene su parte de paciencia. Brochu examinó por primera vez estos fósiles en Addis Abeba en 2016 y, según la nota oficial, le sorprendió la mezcla de características que presentaban. También vio que el hocico se prolongaba más allá de las fosas nasales que en otros cocodrilos africanos de la época. A veces la gran noticia no sale del suelo ese mismo día. Sale años después, cuando alguien vuelve a mirar un fósil con calma.
Hay otro detalle llamativo. Una de las mandíbulas conservaba heridas parcialmente curadas, señal de que el animal había sobrevivido a un enfrentamiento con otro cocodrilo. Parece un matiz pequeño, pero ayuda a reconstruir su comportamiento y recuerda que estos depredadores no solo competían por otras presas. También se peleaban entre ellos.
Por qué importa este hallazgo
Este descubrimiento no solo añade una especie nueva al árbol de los cocodrilos. También completa el paisaje ecológico en el que evolucionaron algunos de nuestros parientes más antiguos. De hecho, en Hadar este gran reptil parece haber sido el único cocodrilo conocido, mientras que más al sur, en el Valle del Rift oriental, convivían al menos tres especies. Los autores creen además que fue uno de los pocos animales capaces de mantenerse en la zona a lo largo de los cambios ambientales del Plioceno.
En el fondo, la noticia cuenta algo muy simple. La evolución humana no ocurrió en un escenario tranquilo, sino en un territorio con agua, barro y depredadores de emboscada esperando su oportunidad. Mirar ese mundo con más detalle no es un adorno. Es una forma bastante directa de entender mejor cómo vivieron, y sobrevivieron, los australopitecos.
El estudio ha sido publicado en Journal of Systematic Palaeontology.









