Un espeleólogo francés se encerró durante dos meses solo en una cueva sin reloj ni luz solar; cuando su equipo le dijo que el experimento había acabado lo que respondió no tenía sentido

Imagen autor
Publicado el: 8 de junio de 2026 a las 15:29
Síguenos
Michel Siffre durante su experimento de aislamiento en una cueva sin reloj ni luz solar para estudiar los ritmos circadianos.

Michel Siffre bajó en julio de 1962 a la sima de Scarasson, una cavidad glaciar situada en el macizo del Marguareis, y pasó allí cerca de dos meses sin reloj, sin calendario y sin luz solar. No era una prueba de resistencia sin más. Aquel aislamiento acabó mostrando algo que hoy parece evidente, pero entonces no lo era tanto. El cuerpo humano lleva dentro una especie de reloj propio.

Lo más llamativo llegó al final. Cuando el experimento terminó el 14 de septiembre, Siffre estaba convencido de que aún era 20 de agosto. Había perdido varias semanas de su calendario mental. ¿Cómo puede una persona equivocarse tanto sin darse cuenta? Ahí empieza la parte más interesante de esta historia.

Dos meses sin hora

Siffre no vivía en una habitación cómoda. Estaba bajo tierra, en frío, humedad y oscuridad. Comía cuando tenía hambre y dormía cuando sentía cansancio, sin una señal externa que le dijera si era de día, de noche, lunes o domingo.

Tenía contacto con el exterior, pero de una forma muy controlada. Podía llamar al equipo de superficie para avisar de que se despertaba, comía o se iba a dormir, pero no recibía la hora ni la fecha. Ese detalle era clave, porque cualquier pista habría contaminado el experimento.

En la práctica, la cueva borró casi todo lo que usamos para orientarnos. No había amanecer por la ventana, ni reloj en la pared, ni rutina social. Solo quedaba el cuerpo. Y eso se notó.

El reloj no se apagó

La sorpresa no fue que Siffre se desorientara. Eso era esperable. Lo importante fue que su cuerpo no perdió por completo el ritmo. En una entrevista posterior, explicó que «mi cuerpo elegía por sí mismo cuándo dormir y cuándo comer».

Según contó, su ciclo de sueño y vigilia no se ajustó exactamente a las 24 horas habituales. Se alargó hasta unas 24 horas y 30 minutos. La conclusión era potente para la época, porque apuntaba a «un reloj interno independiente» del día y la noche de la superficie.

Dicho de forma sencilla, el cuerpo seguía contando el tiempo, aunque lo hacía un poco a su manera. No era un reloj perfecto de pared. Era más parecido a una brújula biológica que necesita ser corregida cada día.

La luz manda más de lo que parece

Hoy sabemos que los ritmos circadianos son cambios físicos, mentales y de comportamiento que se mueven alrededor de un ciclo de 24 horas. La luz y la oscuridad son las señales más fuertes, aunque también influyen la comida, la actividad física, el estrés, la temperatura y el entorno social.

Por eso levantarse con luz natural no es un detalle menor. También explica por qué los turnos de noche, el jet lag o mirar pantallas hasta muy tarde pueden descolocar el sueño. Parece una molestia pequeña, pero el cuerpo lo nota.

El NIOSH, organismo de salud laboral de Estados Unidos, resume la idea con claridad. El reloj circadiano tiende a funcionar con un ritmo interno cercano a 24 horas, a menudo algo más largo, y se reajusta cada día con el ciclo de luz y oscuridad del Sol.

La memoria también se comprimió

El error de Siffre no se explica solo por esa media hora de diferencia diaria. Si el desfase fuera únicamente mecánico, no habría perdido tantas semanas. La otra parte estaba en la mente.

En la oscuridad, los días se parecían demasiado entre sí. No había mañana luminosa, tarde de cansancio ni noche visible. Siffre lo describió años después de una forma muy simple. Era «como un largo día».

Eso ayuda a entender por qué su memoria del tiempo se comprimió. Cuando cada jornada deja pocas marcas distintas, el cerebro tiene menos pistas para ordenar lo vivido. Es algo que cualquiera puede intuir después de días muy repetidos en casa. Bajo tierra, llevado al extremo, esa sensación se multiplica.

Por qué interesó al espacio

El experimento nació en plena carrera espacial. En los años 60, una pregunta preocupaba a muchos investigadores. ¿Qué pasaría con el sueño y la mente humana cuando una persona viviera lejos de los ciclos normales de la Tierra?

Siffre aseguró después que la NASA analizó matemáticamente su primer experimento. No es casualidad. La agencia espacial conserva en su servidor técnico un trabajo de Siffre publicado en 1988 sobre ritmos biológicos, sueño y vigilia en confinamientos prolongados en cuevas. Allí se revisan siete experiencias de aislamiento temporal de entre dos y seis meses.

En varios casos, los sujetos llegaron a ciclos mucho más largos, cercanos a 48 horas, con periodos de 34 a 36 horas despiertos y de 12 a 14 horas dormidos. No era poca cosa. Para vuelos espaciales, submarinos o trabajos extremos, entender esos cambios podía marcar la diferencia.

Lo que queda hoy

El experimento de Siffre abrió una puerta, pero también dejó una advertencia. Meter a una persona sola durante meses en una cueva es una situación muy dura. El propio Siffre reconoció que este tipo de pruebas sería difícil de justificar hoy con los controles éticos actuales.

Aun así, la idea central sigue viva. Nuestro cuerpo necesita señales naturales y sociales para sincronizarse. La luz de la mañana, los horarios de comida, el movimiento y el descanso regular no son simples costumbres. Son parte del sistema que mantiene el reloj interno en hora.

Por eso esta historia no pertenece solo a la ciencia del sueño. También habla de cómo vivimos. Cada vez que cambiamos la noche por pantallas, rompemos turnos o pasamos días encerrados sin luz natural, estamos tocando ese reloj silencioso que Siffre escuchó en la oscuridad.

El estudio histórico «Timeless spaces», que revisa estos experimentos en cuevas y otros espacios usados para investigar los ritmos circadianos entre 1938 y 1963, ha sido publicado en la revista científica «History and Philosophy of the Life Sciences«.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

Deja un comentario