Los geólogos llevan siglos sin entender por qué las pepitas de oro aparecen concentradas en los mismos puntos del cuarzo y la clave estaba en los terremotos

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Publicado el: 22 de junio de 2026 a las 20:42
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Pepita de oro incrustada en cuarzo, fenómeno que los científicos relacionan con la actividad sísmica y los terremotos.

Durante años se ha repetido una idea bastante dura sobre quienes crecieron entre los años 80 y 90. Que eran demasiado sensibles, que no aguantaban la presión como antes o que hablaban demasiado de ansiedad, estrés y agotamiento. Pero la psicología está poniendo ahora otra lectura sobre la mesa.

La clave quizá no está en que esta generación sea más débil, sino en que aprendió a poner nombre a cosas que antes se callaban. Estrés crónico, burnout, ansiedad, límites personales o cansancio mental dejaron de ser asuntos escondidos debajo de la alfombra. Y eso, aunque incomode a muchos, puede ser una forma distinta de fortaleza.

No era solo cansancio

Durante mucho tiempo, estar agotado se confundió con ser responsable. Llegar tarde a casa, vivir pendiente del trabajo y seguir adelante aunque el cuerpo pidiera parar eran casi señales de madurez. ¿Quién no ha escuchado alguna vez eso de «hay que aguantar«?

El problema es que aguantar no siempre significa estar bien. La Organización Mundial de la Salud define el burnout como un fenómeno laboral vinculado al estrés crónico en el trabajo que no se ha gestionado bien, con agotamiento, distancia mental respecto al empleo y menor eficacia profesional. No lo presenta como una enfermedad en sí misma, sino como una señal seria del contexto laboral.

En la práctica, esto cambia mucho la conversación. Si el agotamiento tiene nombre, ya no se puede despachar tan fácil como una queja de oficina o como una simple falta de carácter.

Poner nombre al malestar

La llamada alfabetización en salud mental no consiste en dramatizarlo todo. Se refiere a tener conocimientos y creencias que ayudan a reconocer, gestionar o prevenir problemas de salud mental, según la definición clásica utilizada en la literatura científica.

Dicho de forma sencilla, es saber distinguir entre un mal día y una señal que se repite demasiado. Es entender cuándo el insomnio, la irritabilidad o esa sensación de no poder más empiezan a contar algo importante.

Ahí es donde muchas personas criadas en los 80 y 90 hicieron algo distinto. No necesariamente sufrieron más que sus padres o abuelos, pero sí tuvieron más palabras para describir lo que les pasaba. Y cuando algo tiene nombre, cuesta más ignorarlo.

La etiqueta de frágiles

Desde fuera, hablar de terapia, descanso, límites o ansiedad puede parecer una moda. Pero esa mirada se queda corta. La investigación sobre alfabetización en salud mental muestra que reconocer el malestar y saber dónde buscar ayuda forma parte de una relación más sana con la salud psicológica.

Además, los estudios sobre diferencias por edad han señalado que las generaciones más jóvenes tienden a manejar mejor algunos conceptos de salud mental que los adultos mayores, aunque también pueden cometer errores al identificar ciertos trastornos. No es una ventaja perfecta, pero sí muestra un cambio cultural.

Por eso, llamar «frágil» a alguien que detecta antes su desgaste puede ser una trampa. Tal vez no esté evitando la vida adulta. Tal vez esté intentando no romperse por dentro mientras la vive.

El trabajo cambió mucho

La generación de los 80 y 90 entró en la vida adulta con promesas bastante claras. Estudia, trabaja, esfuérzate y tendrás estabilidad. Pero para muchos, el camino real fue otro. Crisis económicas, alquileres imposibles, empleos precarios, presión digital y una disponibilidad casi permanente.

La American Psychological Association ha señalado en su informe Stress in America que los adultos jóvenes y los millennials más jóvenes declaran niveles altos de estrés, muy ligados a preocupaciones económicas y aislamiento.

Esto importa porque el malestar no aparece en el vacío. No es lo mismo hablar de equilibrio personal cuando el sueldo alcanza, la vivienda no asfixia y el móvil no convierte cada hora en una posible hora de trabajo. La factura emocional también existe. Y se nota.

Criar de otra manera

Uno de los lugares donde mejor se ve este cambio es la crianza. Una encuesta de Ann & Robert H. Lurie Children’s Hospital of Chicago a 1000 padres millennials encontró que el 80 % considera muy importante hablar con sus hijos sobre salud mental y bienestar emocional. Además, el 98 % afirma que habla con sus hijos sobre estos temas, mientras que dos de cada tres dicen que sus propios padres nunca hablaron con ellos de salud mental durante su infancia.

La psicóloga Miller Shivers, del propio hospital, lo resume así en el comunicado. «Discutir las emociones es una parte saludable del desarrollo de los niños». También advierte de que no se trata de resolverles todo, sino de acompañar sin eliminar cada dificultad.

Ese matiz es importante. Hablar de emociones no significa criar sin límites. Significa enseñar a reconocer lo que pasa por dentro antes de que se convierta en un problema más grande.

El coste de estar siempre bien

La misma encuesta muestra otro dato revelador. Casi la mitad de los padres millennials dice sentirse quemado, y el 85 % cree que las redes sociales crean expectativas poco realistas sobre la crianza.

Esto encaja con algo que cualquiera puede reconocer. Antes la comparación estaba en el barrio, en la familia o en el trabajo. Ahora también está en una pantalla que enseña casas limpias, hijos tranquilos, carreras perfectas y cuerpos descansados. Todo a la vez. Imposible no sentir presión.

Por eso, la conversación sobre salud mental no surge solo de una mayor sensibilidad. Surge también de una vida más expuesta, más acelerada y con menos espacios reales para parar.

Una fortaleza distinta

La idea antigua de fortaleza era callar, seguir y no molestar. La nueva, al menos para una parte de esta generación, empieza a ser otra. Reconocer el límite, pedir ayuda, hablar con los hijos de emociones y no convertir el agotamiento en una medalla.

Eso no significa que todo deba psicologizarse. Tampoco que cada incomodidad sea un trauma. Pero entre negar el malestar y convertirlo todo en diagnóstico hay un punto medio mucho más útil.

Quizá quienes crecieron en los 80 y 90 no eran más frágiles. Quizá fueron los primeros en mirar de frente una pregunta incómoda. ¿De verdad vivir agotado demuestra que uno es fuerte? Cada vez más estudios y profesionales apuntan a que no.

La encuesta oficial sobre crianza millennial y salud emocional ha sido publicada por Ann & Robert H. Lurie Children’s Hospital of Chicago.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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