Una mancha fría entre Groenlandia e Islandia lleva 125 años enfriándose mientras el mundo se calienta y ahora un estudio ha confirmado que es la señal de que la corriente oceánica más importante del planeta está debilitándose

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Publicado el: 3 de julio de 2026 a las 09:42
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Mapa global de anomalías de temperatura con la mancha fría del Atlántico Norte entre Groenlandia e Islandia, asociada al debilitamiento de la AMOC.

En un planeta donde los océanos se calientan cada vez más, hay una zona del Atlántico Norte que parece ir en dirección contraria. Está al sur de Groenlandia e Islandia, aparece como una mancha azul en los mapas de temperatura y lleva décadas enfriándose mientras casi todo alrededor se calienta.

Ahora, un nuevo estudio apunta a una explicación que inquieta a los científicos. Esa «zona fría» no se debería solo a que el mar pierda más calor por la superficie, sino a que le estaría llegando menos calor desde otras partes del Atlántico. Y ahí entra en juego la AMOC, una de las grandes corrientes oceánicas que ayudan a regular el clima de Europa y de buena parte del hemisferio norte.

Una mancha fría en un océano caliente

La anomalía se conoce como «cold blob» o «mancha fría» del Atlántico Norte. No es una pequeña rareza local. Los registros indican que esta zona, situada justo al sur de Groenlandia e Islandia, se ha enfriado alrededor de 1 ºC desde el siglo XIX, mientras los océanos del planeta han seguido una tendencia clara de calentamiento.

¿Qué significa esto en la práctica? Que no estamos hablando de un invierno frío, ni de una semana de mal tiempo, sino de una señal persistente en una región clave del océano. En los mapas de temperatura, el contraste llama mucho la atención. Casi todo se vuelve rojo. Esa zona, en cambio, permanece azul. Y eso se nota.

La NASA también mantiene bases de datos como GISTEMP, que permiten observar cambios de temperatura desde 1880 hasta la actualidad. Según su descripción, GISTEMP combina datos de estaciones meteorológicas y de temperatura de la superficie del mar para estimar el cambio térmico global.

La corriente que reparte calor

La AMOC (Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico) funciona, de forma sencilla, como una gran cinta transportadora. Lleva agua cálida desde las zonas tropicales hacia el Atlántico Norte. Allí, el agua se enfría, se vuelve más densa, se hunde y vuelve hacia el sur por capas profundas.

Este movimiento no es un detalle menor del océano. Ayuda a repartir calor por el Atlántico y tiene influencia en la temperatura, las lluvias y los temporales. Por eso preocupa que pueda estar debilitándose. Si transporta menos calor hacia el norte, algunas zonas reciben menos energía de la que solían recibir.

Dicho de otra manera, la mancha fría puede ser una especie de termómetro indirecto. No mide solo lo que pasa en la superficie, sino lo que ocurre dentro de una maquinaria oceánica enorme. Una maquinaria lenta, pero decisiva.

Qué ha visto el nuevo estudio

El trabajo, liderado por Stefan Rahmstorf y publicado en Geophysical Research Letters, analiza datos de temperatura, contenido de calor oceánico y flujos de calor en la región de la mancha fría. Los investigadores usaron datos de reanálisis basados en observaciones, además de información de satélites y mediciones de temperatura.

La clave está en que el enfriamiento no se queda solo en la piel del océano. Según el estudio, la pérdida de contenido de calor se observa con fuerza en los primeros 1000 metros de profundidad. Eso apunta a un fenómeno profundo, no a una simple pérdida de calor por viento o por contacto con la atmósfera.

Los autores lo resumen con una idea clara. Si la zona fría se explicara por una mayor pérdida de calor en la superficie, los datos deberían mostrar que el océano está soltando más calor hacia la atmósfera. Pero ocurre lo contrario. La pérdida de calor superficial ha disminuido, especialmente desde 1993.

No es solo la superficie

Este punto cambia mucho la lectura del problema. Durante años se debatió si la mancha fría podía deberse a cambios atmosféricos, como vientos, nubosidad o una mayor salida de calor desde el mar. La nueva investigación refuerza la otra explicación. A esa zona le estaría llegando menos calor por las corrientes.

En palabras de los propios autores, el análisis respalda la interpretación de la «mancha fría» como señal de debilitamiento de la AMOC. No significa que la corriente vaya a colapsar mañana. Pero sí añade una pieza más a un puzzle climático que cada vez se mira con más atención.

Y aquí conviene no caer en exageraciones. Esto no es una escena de cine en la que Europa se congela de un día para otro. El océano cambia a otro ritmo. Más lento, más silencioso y, precisamente por eso, más difícil de seguir para la mayoría de la gente.

Por qué preocupa a Europa

La AMOC ayuda a llevar agua cálida hacia el norte del Atlántico. Si se debilita, llega menos calor a esa región. Según el Met Office británico, una AMOC más débil llevaría menos agua cálida hacia el norte y podría compensar en parte el calentamiento causado por los gases de efecto invernadero en Europa occidental, aunque el efecto global seguiría siendo de calentamiento.

En la práctica, esto podría traducirse en cambios en los patrones de lluvia, temporales más intensos en algunas zonas y alteraciones en el clima regional. No hablamos solo de pasar más frío o más calor. Hablamos de agricultura, costas, infraestructuras y de cómo se preparan las ciudades para un clima menos estable.

La preocupación aumenta porque la AMOC se considera un sistema con posible punto de inflexión. Los autores del estudio advierten de que existen señales de alerta temprana y de que la evidencia de debilitamiento es una preocupación seria para la sociedad y para las políticas públicas.

Lo que falta por saber

Aun así, todavía hay incertidumbre. Los científicos no saben con exactitud lo cerca que está la AMOC de un posible punto crítico. Tampoco todos los modelos coinciden en el ritmo ni en la magnitud de los cambios. Ese matiz importa mucho.

Lo que sí parece más claro es que la mancha fría ya no puede verse como una simple curiosidad en los mapas. Es una señal física, medible y persistente en una zona donde el océano suele entregar calor a la atmósfera. Si esa entrega cambia, el clima también puede cambiar.

Por eso los expertos insisten en seguir midiendo. Satélites, boyas, barcos y modelos climáticos son piezas del mismo rompecabezas. Sin datos, el océano habla en voz baja. Con datos, empieza a contar una historia bastante más seria.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Geophysical Research Letters.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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