Un lago de Canadá recibió ácido sulfúrico cada semana durante 17 años para imitar la lluvia ácida, y aunque el agua se recuperó, sus truchas han tenido que esperar décadas a que volviera el diminuto crustáceo que las alimentaba

Publicado el 25 de septiembre de 2026 a las 20:48
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Lago de la Experimental Lakes Area de Ontario con un muelle y barcas

El agua del lago 223, en el noroeste de Ontario (Canadá), recuperó su química tras un experimento que simuló la lluvia ácida. Pero la vida del lago tardó mucho más en responder. El seguimiento mostró que dejar de acidificar el agua no bastaba para reconstruir su cadena alimentaria.

En 2018, el Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible (IISD) explicaba que quedaban menos de la mitad de las truchas de lago que había antes del experimento y que crecían más despacio. Una actualización de la Universidad de Lakehead de 2025 aportó una señal esperanzadora, el regreso de un pequeño crustáceo que les sirve de alimento. La recuperación de las truchas seguía pendiente de confirmación.

Un lago como laboratorio

El lago pertenece al Área de Lagos Experimentales (IISD-ELA), un conjunto de 58 lagos y sus cuencas destinados a la investigación. Allí se estudia cómo responde un ecosistema completo a una alteración, con sus peces, sus pequeños organismos y las relaciones que los unen. Este enfoque permite observar consecuencias indirectas que pueden pasar desapercibidas cuando se estudia una sola especie por separado.

Según la ficha oficial del lago 223, los científicos añadieron ácido sulfúrico semanalmente entre 1976 y 1993. Durante aquel experimento de 17 años, el pH descendió de 6,8 a 5,2 para reproducir los efectos de la lluvia ácida.

¿Qué significa esa bajada? El pH indica la acidez del agua, y cuanto menor es el valor, mayor es la acidez. Para los animales del lago, el cambio afectaba al entorno en el que tenían que alimentarse y reproducirse.

La contaminación llegaba del aire

La lluvia ácida se forma cuando gases como el dióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno reaccionan en la atmósfera y generan ácidos. La quema de combustibles fósiles en centrales eléctricas, industrias y vehículos constituye una fuente importante de esos gases.

El viento puede transportarlos a grandes distancias antes de que regresen al suelo con las precipitaciones o mediante partículas y gases depositados en seco. Por eso, un lago rodeado de bosque puede recibir contaminación producida lejos de sus orillas.

Los experimentos aportaron pruebas que ayudaron a impulsar restricciones de emisiones en Canadá y Estados Unidos. Además, mostraron daños en las cadenas alimentarias con concentraciones de ácido inferiores a las que los ensayos de laboratorio habían identificado como directamente tóxicas para los peces.

El alimento que desapareció

El equipo de David Schindler observó peces en peor condición corporal y con menor éxito reproductivo. También documentó la desaparición del lago de Mysis diluviana, un pequeño crustáceo de agua dulce parecido a un camarón.

Su tamaño podía engañar sobre su importancia. Estos animales sirven de alimento durante el crecimiento de los peces y ayudan a conectar las presas microscópicas con otras de mayor tamaño.

Al desaparecer Mysis, se ralentizó el paso de energía hacia los peces a través de la cadena alimentaria. Esa pérdida ayuda a entender por qué recuperar la química del agua no equivalía a recuperar todas las funciones del lago.

El regreso de Mysis

La Universidad de Lakehead sitúa las reintroducciones de estos crustáceos entre 2018 y 2021. Por su parte, el IISD-ELA señala que en 2021 encontró indicios de una nueva población en el lago.

La actualización universitaria de marzo de 2025 informó de que ya eran abundantes. Pero Michael Rennie, profesor de Biología y responsable de la investigación, mantenía la cautela sobre las truchas. “Pasarán unos años hasta que podamos saber si la población de truchas de lago se recuperará”, explicó.

El seguimiento contempla el crecimiento, la supervivencia y las concentraciones de mercurio en las truchas. Son medidas que permitirán comprobar hasta dónde llega la mejoría después del retorno de su alimento.

Las pistas del fondo

El proyecto también busca respuestas en los sedimentos, los materiales que se acumulan en el fondo del lago. Allí pueden conservarse restos de ADN que ayudan a reconstruir qué organismos vivieron en el agua.

Una tesis de Scott Bergson, presentada en Lakehead en 2021, comprobó que la presencia de ADN de Mysis en muestras de sedimentos fechadas coincidía estrechamente con su distribución histórica conocida. Esa información puede orientar la selección de lagos donde estudiar su reintroducción.

La experiencia apunta a que evaluar la recuperación exige mirar tanto la composición del agua como los organismos que la habitan y sus relaciones alimentarias. La actualización sobre la restauración del lago 223 fue publicada el 18 de marzo de 2025 en la web de la Universidad de Lakehead.

Imagen: AgreeableTigerMoth / Wikimedia Commons (CC BY 4.0)

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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