En 1930 Canadá decidió plantar abetos en pastizales nativos y años después los taló; ahora los expertos confirman que la zona sigue sin recuperarse y faltan años para volver a su estado natural

Publicado el 13 de septiembre de 2026 a las 22:23
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Paisaje de montaña y bosque en Canadá junto a zonas de pradera en proceso de restauración

¿Basta con cortar los árboles para devolver una pradera a su punto de partida? Un estudio publicado en diciembre de 2018 muestra que no siempre. En el Parque Nacional Riding Mountain, en Manitoba, varias praderas fueron convertidas en plantaciones de pícea blanca durante la primera mitad del siglo XX.

Décadas después, los árboles se retiraron para recuperar el paisaje original, pero la naturaleza no se limitó a rebobinar la cinta. Tras casi 20 años dejando que el ecosistema se recuperara por sí solo, las zonas despejadas aún tenían plantas distintas, carecían de semillas clave y conservaban cambios profundos bajo el suelo.

Una plantación sobre la pradera

La forestación consiste en plantar árboles en un terreno que antes no era bosque. En Riding Mountain, varias praderas de festuca de las Grandes Llanuras se transformaron en plantaciones de pícea blanca entre 1928 y 1950.

Victory Coffey y Rafael Otfinowski, de la Universidad de Winnipeg, compararon la plantación restante, áreas donde los árboles se habían retirado en distintos momentos y una pradera nunca forestada. Así reconstruyeron casi dos décadas de cambios sin tener que esperar 20 años desde el inicio del trabajo.

Las semillas no bastaron

El equipo registró 131 especies de plantas, pero ninguna zona restaurada se parecía a la pradera de referencia tras 19 años. La retirada de las píceas favoreció primero a especies propias de terrenos alterados y, con el tiempo, aumentó el peso de las gramíneas invasoras.

El banco de semillas, la reserva de semillas vivas que permanece enterrada, tampoco funcionó como una copia de seguridad. En las zonas restauradas faltaba Festuca hallii, la hierba característica de este ecosistema, y la diversidad vegetal subió al principio para después caer.

El cambio seguía bajo tierra

Un trabajo posterior de los mismos autores estudió los nematodos, pequeños gusanos del suelo que ocupan distintos niveles de la cadena alimentaria. Estos organismos permiten detectar cambios que no siempre se ven al caminar por la pradera. “Para entender cómo funcionan las praderas, hay que meterse en el suelo”, explicó Otfinowski en una nota de la Universidad de Winnipeg.

La zona restaurada más antigua recuperó parte del patrón de alimentación observado en la pradera nativa, pero no toda su variedad. Incluso 20 años después de retirar los árboles, la diversidad de nematodos seguía por debajo de la registrada en el terreno intacto y las gramíneas exóticas coincidían con pérdidas entre los que se alimentan de raíces.

Cortar árboles no basta

Esto no significa que restaurar sea inútil. Significa que eliminar la alteración visible es solo el primer paso, porque las especies, las semillas y el suelo pueden seguir trayectorias diferentes.

La estrategia oficial de Parks Canada combina la tala de plantaciones con fuego controlado, preparación del terreno, siembra de hierbas nativas y control de especies invasoras. En la práctica, el éxito no debería medirse únicamente por si el paisaje vuelve a verse verde.

El trabajo advierte de que proteger una pradera antes de transformarla suele ser más sencillo que reconstruir después todas sus relaciones.

El estudio principal se ha publicado en Basic and Applied Ecology.

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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