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En 1850 Nueva Zelanda plantó millones de pinos de California para la industria maderera y ahora son una plaga que se extiende sin control: el 20% del país podría acabar cubierto por esta especie invasora

Nueva Zelanda lucha contra millones de pinos invasores que amenazan con cubrir hasta el 20% del país.

En 1850 Nueva Zelanda plantó millones de pinos de California para la industria maderera y ahora son una plaga que se extiende sin control: el 20% del país podría acabar cubierto por esta especie invasora
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Durante décadas, plantar coníferas exóticas en Nueva Zelanda pareció una decisión práctica. Daban madera, ayudaban a sujetar suelos erosionados y servían de refugio frente al viento. Hoy, parte de aquel legado se ha convertido en una gran batalla de bioseguridad.

Los llamados wilding conifers, coníferas asilvestradas que nacen fuera de las plantaciones, afectan ya a más de 2 millones de hectáreas. En las zonas sin tratamiento, la superficie invadida crece alrededor de un 5% anual y podría cubrir una cuarta parte del país en 30 años. El problema, además, no termina cuando cae el último tronco.

Un legado que empezó en 1859

El primer registro conocido de pino radiata, también llamado pino de Monterrey, en Nueva Zelanda data de 1859. Su rápido crecimiento favoreció nuevas importaciones de semillas durante la década de 1870 y, más tarde, una expansión forestal mucho mayor para producir madera, crear cortavientos y proteger terrenos.

Pero hay un matiz importante. La invasión actual no procede únicamente del pino radiata ni nació en una sola década, sino de plantaciones realizadas desde el siglo XIX hasta mediados del XX. Incluye varias especies de pinos, abetos y alerces, y el Gobierno considera al pino contorta (Pinus contorta) la especie de propagación más rápida y problemática.

Por qué avanzan tan deprisa

Estas coníferas liberan semillas ligeras que el viento puede transportar durante kilómetros. Algunas empiezan a producir piñas en apenas 3 a 10 años y logran crecer incluso por encima del límite natural del bosque, en laderas donde dominaban pastizales de tussock, formados por grandes matas de hierba nativa, matorrales bajos y plantas alpinas.

¿Qué significa esto en la práctica? Una montaña abierta puede transformarse poco a poco en una masa cerrada de árboles, aunque al principio solo se vean unos pocos puntos verdes. En las áreas más densas pueden acumularse hasta 10 000 árboles por hectárea, frente a los 600 o 1100 habituales en una plantación comercial.

El daño sigue bajo tierra

La expansión no ocurre solo sobre la superficie. La revisión científica de Duane Peltzer explica que los pinos pueden avanzar junto a hongos micorrícicos no nativos, organismos que viven asociados a sus raíces y modifican el funcionamiento del suelo, el movimiento de nutrientes y las posibilidades de recuperación de la vegetación local.

Una investigación publicada en 2025 en la revista Plant and Soil añadió otra pieza. En un experimento con suelos, las plántulas de Pinus contorta crecieron más en terrenos previamente condicionados por pinos u otras plantas no nativas, mientras que la diversidad de hongos asociados a sus raíces fue un 19,7% menor cuando existía un legado de Pinus. Esto sugiere que el terreno puede quedar más expuesto a una nueva invasión incluso después de retirar los árboles.

Menos agua y más fuego

Los árboles compiten con la flora nativa por la luz y el agua. Sus copas interceptan lluvia, reducen la escorrentía y pueden afectar a arroyos, acuíferos y cuencas que alimentan regadíos o centrales hidroeléctricas. No es un detalle menor.

Un análisis económico encargado por el programa nacional recoge estudios con reducciones del rendimiento anual de agua de entre el 30% y el 81% cuando los pastizales fueron sustituidos por pinares densos. El mismo documento cita una caída media cercana al 16% durante periodos de bajo caudal en tres cuencas de la Isla Sur, aunque el impacto real cambia según el lugar, la densidad y el clima.

A esto se suman la pérdida de biodiversidad, la reducción de terreno para el pastoreo y una mayor carga de combustible vegetal. Cuando llega una temporada seca, esas masas espesas y difíciles de atravesar pueden complicar el control de un incendio. Y eso se nota.

Una batalla de millones

Nueva Zelanda combina varios métodos de eliminación. Los ejemplares jóvenes se arrancan o se cortan a mano, los árboles mayores se talan con motosierra y, cuando hace falta, se aplican herbicidas directamente en el tronco o la corteza. La pulverización sobre el follaje representa menos del 1% de los trabajos, mientras se prueban drones para alcanzar árboles aislados en zonas peligrosas.

El trabajo tampoco acaba con una primera intervención. Alrededor del 75% de la superficie infestada conocida ha recibido al menos una ronda de control, pero las cuadrillas deben regresar para retirar nuevos brotes y árboles que empiezan a producir semillas. En muchas zonas, ese mantenimiento se repite en ciclos de tres años.

En mayo de 2026, el Gobierno anunció 79 millones de dólares neozelandeses adicionales para los tres años siguientes, con un compromiso total de 109 millones. En el comunicado, el ministro de Bioseguridad, Andrew Hoggard, afirmó que estos pinos «amenazan las tierras productivas, el suministro de agua y la biodiversidad nativa, y agravan los incendios forestales». El problema es que las semillas no esperan al siguiente presupuesto.

La clave está en no llegar tarde

La prevención sale mucho más barata que entrar con equipos especializados y tratamientos aéreos cuando la masa forestal ya es densa. Por eso las autoridades piden elegir bien la especie y el lugar antes de plantar, eliminar los ejemplares que aparecen fuera de las parcelas y actuar antes de que formen piñas.

No se trata de afirmar que toda conífera exótica sea dañina. Bien gestionadas, algunas plantaciones producen madera, almacenan carbono y ayudan a limitar la erosión. El problema aparece cuando el árbol adecuado termina en el lugar equivocado y empieza a cambiar un paisaje que no estaba preparado para recibirlo.

La revisión científica que explica la invasión fue publicada en el Journal of New Zealand Grasslands. El comunicado oficial más reciente, con la ampliación de fondos anunciada en 2026, ha sido publicado en Beehive.govt.nz.

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