La contaminación por cocaína altera el comportamiento de los salmones salvajes: ahora nadan hasta 12 kilómetros más

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Publicado el: 2 de mayo de 2026 a las 20:39
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Salmones atlánticos nadando en agua dulce afectados por contaminación de cocaína en ríos.

La cocaína y sus “restos” llevan tiempo apareciendo en ríos, lagos y estuarios. Lo nuevo es que, por primera vez, un experimento en plena naturaleza ha medido qué ocurre cuando un pez se expone a concentraciones similares a las detectadas en aguas contaminadas, semana tras semana.

El resultado se entiende en un vistazo. Los salmones atlánticos juveniles (Salmo salar) expuestos a la benzoilecgonina (el principal metabolito de la cocaína) llegaron a nadar hasta 1,9 veces más por semana y se dispersaron hasta 12,3 kilómetros más que los no expuestos. Y eso, en ecología, no es poca cosa.

Qué pinta la cocaína en un lago

Nadie está “echando” cocaína al lago Vättern. El camino es menos de película y más de vida diaria, algo tan simple como tirar de la cadena, pasar por el alcantarillado y terminar en sistemas de aguas residuales que no siempre eliminan por completo estos compuestos. El investigador Jack Brand lo resume así, «muchas de estas sustancias se excretan tras su consumo y pasan por depuradoras que no están pensadas para eliminarlas del todo».

En ese trayecto, la cocaína se transforma rápido en benzoilecgonina. Los investigadores recuerdan que este metabolito suele persistir más y se detecta con frecuencia en el medio acuático, a veces en concentraciones superiores a las del compuesto original.

Un experimento en la naturaleza, no en un acuario

El trabajo lo firmó un equipo internacional con participación de la Universidad Sueca de Ciencias Agrícolas (SLU), la Universidad de Griffith, la Sociedad Zoológica de Londres y el Instituto Max Planck de Comportamiento Animal. La idea era salir del laboratorio y comprobar si los efectos vistos en condiciones artificiales también aparecen en un ecosistema real, con corrientes, refugios y depredadores.

Para conseguirlo, siguieron a 105 salmones atlánticos juveniles durante ocho semanas en el lago Vättern, el segundo más grande de Suecia. Cada pez llevaba un emisor para telemetría acústica y un implante de liberación lenta, con el que los científicos pudieron reconstruir rutas y patrones de uso del espacio sin recapturar al animal.

Lo que midieron, 105 peces y tres escenarios

Los ejemplares se repartieron en tres grupos. Uno actuó como control, otro se expuso a cocaína y el tercero a benzoilecgonina, el metabolito más común que aparece tras el consumo humano.

Los receptores acústicos distribuidos por el lago registraron los desplazamientos durante dos meses. En la práctica, es como tener un mapa que se actualiza solo y te enseña por dónde se mueve cada pez cuando hay viento, presas, escondites y amenazas, no un tanque con paredes de cristal.

El dato clave, hasta 12 kilómetros más lejos

La exposición a benzoilecgonina aumentó las tasas de movimiento semanal aproximadamente 1,9 veces. Traducido a distancia, los peces del grupo del metabolito llegaron a dispersarse hasta 12,3 kilómetros más que los del grupo control.

Además, el efecto se hizo más evidente con el tiempo. En las dos últimas semanas, los salmones expuestos a cocaína nadaron unos 5 kilómetros más que los controles, mientras que los expuestos al metabolito se fueron a casi 14 kilómetros extra, cerca del doble de recorrido.

Por qué el metabolito preocupa más que la droga

La sorpresa del estudio es que la benzoilecgonina provocó efectos más fuertes que la propia cocaína. Los autores avisan de que, si las evaluaciones ambientales se quedan solo con el compuesto “madre”, es fácil infravalorar el riesgo real de sus productos de degradación. El profesor Tomas Brodin lo dijo de forma directa, «si solo evaluamos la cocaína podemos subestimar los efectos ecológicos de sus productos de degradación».

Esto importa porque, en el mundo real, la vida acuática no se expone a una sustancia aislada, sino a mezclas y derivados. Y en el caso de la cocaína, el derivado principal es justo el que suele aparecer con más frecuencia en el agua.

Qué significa para el ecosistema y para nosotros

¿Más movimiento es siempre mala noticia? No necesariamente, pero casi siempre tiene un coste. Si un pez juvenil recorre más distancia para comer, refugiarse o crecer, puede quemar más energía y quedar más expuesto, sobre todo en un lago donde también viven depredadores como el lucio.

Aquí está el punto de fondo. Cambiar los mapas de movimiento puede alterar el uso del hábitat, las interacciones tróficas y la conectividad de poblaciones, lo que acaba influyendo en cómo se estructuran los ecosistemas. “Donde van los peces determina lo que comen, lo que se los come y cómo se organizan las poblaciones”, resumió el coautor Marcus Michelangeli.

Un aviso para la gestión del agua, sin alarmismos

Los autores insisten en que estos datos no apuntan a un riesgo para las personas que comen pescado. Los niveles de exposición se diseñaron para reflejar concentraciones ya detectadas en aguas contaminadas y, además, los peces del experimento eran juveniles, muy por debajo del tamaño de captura legal.

La lectura útil es otra, hace falta vigilar y gestionar estos contaminantes como lo que son, un problema ambiental. Eso implica más monitorización de drogas y metabolitos, mejoras en depuración y menos entradas de aguas residuales sin tratar en episodios de desbordamiento o fallos del sistema. Para quien vive río abajo de una gran ciudad, lo invisible también cuenta, y cuando el agua falla, lo demás empieza a moverse también.

El estudio ha sido publicado en Current Biology.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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