En octubre de 1993, 300 bisontes salieron de unos corrales metálicos a la pradera del condado de Osage, en el noreste de Oklahoma, ante un público que los esperaba con prismáticos y cámaras. Fue la vuelta de los bisontes en Oklahoma a la Tallgrass Prairie Preserve, la reserva de The Nature Conservancy junto a Pawhuska, y la cadena CBS la cubrió en un reportaje en el que aparecía el general Norman Schwarzkopf.
Treinta y tres años después, la organización calcula que la manada ronda los 2100 animales en invierno y se acerca a los 2700 en verano, cuando ya han nacido las crías. En el último rodeo, el del otoño de 2025, el personal de la reserva contó 2025 bisontes y 486 terneros nacidos ese año.
La mayor pradera de hierba alta que queda protegida
La reserva, rebautizada en 2015 como Joseph H. Williams Tallgrass Prairie Preserve en honor al fundador de la delegación de la organización en Oklahoma, ocupa 39.650 acres, unas 16.000 hectáreas. Según The Nature Conservancy, es el mayor fragmento protegido de pradera de hierba alta que queda en la Tierra.
Ese ecosistema se extendía por 14 estados, desde Texas hasta Minnesota, y hoy conserva menos del 4 % de su superficie original por la expansión urbana y la conversión en tierras de cultivo. La organización empezó a proteger el terreno en 1989 y hoy cuenta en él más de 700 especies de plantas, 300 de aves y 80 de mamíferos.
Trescientos bisontes de un rancho de Bartlesville
Los primeros animales fueron una donación del rancho Ken-Ada, al norte de Bartlesville, y el grupo recibió el nombre de Christina Adams en honor a la hija de sus propietarios, Kenneth y Dianna Adams. The Nature Conservancy explica en la historia de su manada que los reintrodujo «como una parte fundamental de la restauración del ecosistema de pradera de hierba alta».
México siguió un camino parecido en 2009 con 23 bisontes llevados desde Dakota del Sur a los pastizales de Chihuahua, y en España ya pastan los primeros bisontes europeos introducidos en un monte público, en Guadalajara.
Comen hierba y dejan sitio a las flores
Harvey Payne, coordinador de relaciones con la comunidad de la reserva, lleva años explicando por qué estos animales cambian la pradera, y la clave está en lo que comen. Según The Nature Conservancy, los bisontes «rara vez comen plantas de hoja ancha, como las flores silvestres, y prefieren las hierbas jóvenes y tiernas».
Las plantas de hoja ancha son herbáceas que no son gramíneas, como casi todas las flores silvestres, y el ganado vacuno sí suele comerlas, según la organización.
En la página de la organización sobre el rodeo anual de la reserva, The Nature Conservancy sostiene que los bisontes, al comer sobre todo hierba y no plantas de hoja ancha, están ayudando a recuperar la diversidad vegetal que tuvo la reserva. Payne lo resume así: «En los últimos 150 años, mientras el ganado pastaba aquí, las comunidades de plantas han pasado de tener muchas plantas de hoja ancha a tener, en algunos casos, muy pocas». Y añade: «Cuando se pierde diversidad vegetal, la diversidad animal suele seguir el mismo camino».

Según la organización, los bisontes también se frotan contra los árboles jóvenes para soltar el pelo de invierno, algo que ayuda a frenar el avance de los árboles sobre la pradera, igual que hacen con los matorrales invasores las tortugas gigantes reintroducidas en Galápagos.
Lo que midieron 29 años de datos en Kansas
Un trabajo de casi tres décadas en la estación biológica de Konza Prairie, en Kansas, pone cifras a ese efecto. Allí, un equipo dirigido por el biólogo Zak Ratajczak comparó zonas sin grandes herbívoros, zonas con bisontes todo el año y zonas con vacas en la temporada de crecimiento.
Donde pastaban bisontes, la riqueza de especies de plantas nativas fue un 103 % mayor en parcelas de 10 metros cuadrados y un 86 % mayor a escala de cuenca que en las zonas sin pastoreo. «Las ganancias de riqueza continuaron durante 29 años y resistieron la sequía más extrema en cuatro décadas», escriben los autores, que añaden que el pastoreo del ganado doméstico también aumentó la riqueza de plantas nativas, «pero menos de la mitad que el de los bisontes».
«Los bisontes eran una parte integral de las praderas norteamericanas antes de ser eliminados de forma abrupta de más del 99 % de las Grandes Llanuras», explicó Ratajczak, entonces profesor ayudante de Biología en la Universidad Estatal de Kansas, en la nota de prensa de la universidad de agosto de 2022. «Nuestros resultados sugieren que muchas praderas del centro de las Grandes Llanuras tienen bastante menos biodiversidad vegetal de la que habría habido antes de que los bisontes fueran exterminados».
Los revolcaderos cambian los insectos de la pradera
Los bisontes se revuelcan en el suelo para asearse y aliviar picores, y The Nature Conservancy señala que esos revolcaderos acaban funcionando como pequeñas charcas para vertebrados e invertebrados.
Un equipo de Hendrix College, en Arkansas, los estudió en la propia reserva y publicó sus resultados en 2018 en Ecosphere. En los revolcaderos activos había menos artrópodos, el grupo de insectos, arañas y otros animales con exoesqueleto y patas articuladas, que en la pradera de alrededor, y los artrópodos herbívoros eran solo la mitad de abundantes, más o menos. En los abandonados había más abundancia en algunas épocas del año y más especies en varios grupos.
«Hemos estado trabajando en la Tallgrass Prairie Preserve de Oklahoma estudiando cómo los bisontes afectan a la ecología de la pradera, en concreto cómo sus comportamientos afectan a los artrópodos», explicó Matthew D. Moran, profesor de Biología de Hendrix, en la nota de la universidad. «Descubrimos que su costumbre de revolcarse cambia las comunidades de insectos y que, a largo plazo, puede aumentar la biodiversidad de este hábitat».
Las quemas prescritas completan la gestión
La reserva usa desde 1993 quemas prescritas, fuegos que se encienden a propósito y bajo control para renovar la vegetación, siguiendo un modelo de quema por parcelas.
Un estudio de la Universidad Estatal de Oklahoma publicado en Ecosphere en 2019 comparó en cuatro lugares de las Grandes Llanuras del sur el fuego solo con el fuego más pastoreo, y en el segundo caso el combustible vegetal tardó unos 12 meses más en superar los 5000 kilos por hectárea y la longitud de llama simulada fue hasta tres veces menor.
Un rodeo cada otoño para controlar la manada
Entre el 1 de octubre y el 20 de noviembre, el personal y vaqueros de la zona reúnen a toda la manada en corrales para pesarla, vacunarla y tratarla contra parásitos y enfermedades.
Como la manada ya alcanzó su población objetivo de unos 2500 animales, la reserva vende cada año casi tantos bisontes como terneros nacen. Los machos se venden con 6 o 7 años, antes de volverse más agresivos.
«Los bisontes saben de qué va el rodeo», contaba Payne en la web de la organización. «Saben lo que va a pasar, y no les gusta».
Lo que todavía no se puede atribuir a la manada
Las fuentes consultadas no incluyen una comparación que mida cuántas especies han vuelto a la reserva gracias a los bisontes, así que las más de 700 plantas registradas describen su riqueza actual y no un efecto aislado de la manada. Tampoco cuantifican cuánto carbono de más guarda el suelo por su presencia.
Además, el estudio de Konza comparó bisontes presentes todo el año con vacas presentes solo en la temporada de crecimiento, por lo que parte de la diferencia puede deberse a la forma de manejo además de a la especie.
En cuanto al fuego, una revisión de 37 estudios publicada en Fire Ecology en marzo de 2026 concluyó que no existe una estrategia de gestión del fuego «única que sirva para todo» en la pradera de hierba alta. Las quemas anuales, por ejemplo, favorecían a los pequeños mamíferos pero reducían la abundancia y la diversidad de plantas, y el pastoreo aumentaba la abundancia de plantas, pero reducía la de artrópodos y la de aves exclusivas de pastizal.
El estudio completo de Konza se ha publicado en PNAS.
«Algunas de las tendencias ecológicas más significativas tardan décadas en desarrollarse, y solo podemos identificarlas con registros a largo plazo», dijo Jesse Nippert, profesor de la Universidad Estatal de Kansas y coautor del trabajo, cuando se presentó.
Foto: Harvey Payne / The Nature Conservancy













