Cada vez que la factura de la luz sube, o simplemente no baja, miramos al frigorífico, a la lavadora o al cargador del móvil que se queda enchufado toda la noche. Tiene sentido, porque todo suma. Pero en muchas cocinas hay un aparato que dispara el consumo en muy poco tiempo y que no siempre recibe tanta atención.
La comparación es llamativa. Un horno eléctrico potente, cuando está funcionando, puede pedir de golpe tanta electricidad como decenas de frigoríficos en marcha. La cifra de 65 frigoríficos sirve como aviso, pero conviene leerla bien. No hablamos de un gasto continuo, sino de potencia instantánea y de hábitos que se repiten semana tras semana. Y eso se nota.
El dato que confunde
El frigorífico suele llevarse muchas culpas porque está encendido siempre. De hecho, el IDAE recuerda que el frigorífico-congelador puede consumir hasta el 30% del consumo total de los electrodomésticos de una vivienda. No es porque tenga una potencia enorme, sino porque nunca descansa.
El horno funciona de otra manera. No está encendido todo el día, pero cuando se pone en marcha necesita mucha potencia para calentar resistencias, aire y paredes interiores. No es lo mismo un aparato pequeño trabajando muchas horas que uno muy intenso durante media hora.
El horno pega fuerte
Un horno eléctrico de unos 2.500 W encendido durante media hora consume alrededor de 1,25 kWh. La cifra final depende del modelo, de la temperatura elegida, del tiempo de precalentamiento y de cuántas veces se abre la puerta. Después solo queda multiplicar esos kWh por el precio de la electricidad de cada contrato.
Ahí está la trampa cotidiana. Precalentar sin necesidad, abrir para «ver cómo va» o encender el horno grande para una ración pequeña puede parecer poca cosa. Pero si ese gesto se repite varios días a la semana, termina apareciendo en el recibo.
El horno no es un enemigo. Sirve para cocinar mejor muchas recetas y puede aprovecharse muy bien si se preparan varias bandejas a la vez. El problema aparece cuando se usa como si fuera un aparato menor. No lo es.
La inducción entra en escena
La placa de inducción tiene fama de eficiente, y no sin razón. El IDAE indica que las placas de inducción consumen menos electricidad que las vitrocerámicas. Además, calientan rápido y permiten controlar mejor la cocción.
Pero eficiente no significa gratis. Si se cocina todos los días durante mucho tiempo, la placa puede convertirse en uno de los grandes gastos de la cocina. Sobre todo cuando se usan varias zonas a la vez, con potencias altas y sin ajustar el fuego cuando el agua ya está hirviendo.
¿Qué significa esto en la práctica? Que tapar la olla, elegir un recipiente del tamaño correcto y bajar la potencia cuando ya no hace falta tanto calor no son manías. Son pequeños gestos que reducen consumo sin cambiar el menú.
El consumo fantasma también suma
El cargador del móvil no va a arruinar una casa por sí solo. Pero el consumo fantasma existe, y en una vivienda moderna hay muchos aparatos esperando en silencio. Televisores, consolas, ordenadores, altavoces, impresoras o routers pueden seguir usando electricidad aunque nadie los esté utilizando.
El IDAE recomienda evitar ese consumo en modo de espera y propone usar regletas con interruptor para apagar de verdad los equipos cuando no se usan. Es una solución sencilla, barata y bastante práctica. Sobre todo en salones y despachos, donde se acumulan muchos enchufes.
La Unión Europea también ha movido ficha. El Reglamento (UE) 2023/826 se aplica desde el 9 de mayo de 2025 y fija límites al consumo en modo desactivado, preparado y preparado en red para equipos domésticos y de oficina. Entre otras cosas, establece que el modo desactivado no debe superar 0,50 W y que dos años después de su aplicación bajará a 0,30 W.
La etiqueta importa
Cuando toca comprar un electrodoméstico nuevo, mirar solo el precio inicial puede salir caro. La etiqueta energética clasifica los aparatos de la A a la G, donde la A corresponde a los equipos que menos energía consumen y la G a los que más consumen. Esta escala sustituyó en marzo de 2021 a la anterior, que incluía categorías como A+++.
La diferencia no es pequeña. El IDAE advierte de que, a igualdad de prestaciones, algunos electrodomésticos pueden presentar diferencias de consumo superiores al 80%. Es decir, dos aparatos que hacen lo mismo pueden tener costes muy distintos durante años.
Por eso, la compra eficiente no es solo una cuestión ecológica. También es una decisión de bolsillo. Un aparato barato que consume mucho puede terminar siendo más caro que otro algo más eficiente.
Cómo ahorrar sin cocinar peor
No hace falta dejar de usar el horno ni cocinar con miedo. Lo importante es usarlo con cabeza. Aprovechar el calor para varios platos, no abrir la puerta a cada rato y apagarlo unos minutos antes en recetas que lo permitan puede ayudar bastante.
Con la placa ocurre algo parecido. Una olla tapada tarda menos en calentar, una sartén adecuada aprovecha mejor la energía y una potencia media suele bastar cuando la comida ya está en marcha. Son gestos pequeños, pero repetidos cada día pesan mucho.
También conviene revisar lo que queda enchufado por costumbre. Si un aparato no necesita estar siempre conectado, apagarlo del todo evita gasto innecesario. En una casa, la electricidad que no se ve también se paga.
Menos factura y menos CO2
La Comisión Europea calcula que las nuevas medidas sobre el modo de espera permitirán ahorrar 4 TWh de electricidad al año en 2030, además de reducir 1,4 millones de toneladas de CO2. También estima un ahorro colectivo para los consumidores de 530 millones de euros anuales.
La conclusión es sencilla. El frigorífico consume mucho porque está siempre encendido, el horno puede dar picos muy altos y la inducción pesa si se usa a diario. Entender esa diferencia ayuda a ahorrar sin renunciar a cocinar. Y, en tiempos de facturas apretadas, no es poca cosa.
El comunicado oficial sobre los nuevos límites al consumo en modo de espera ha sido publicado por la Comisión Europea.












