Los científicos activan todas las alarmas: los bosques mediterráneos llevan décadas emitiendo el mismo componente tóxico que los coches y está afectando al aire que respiramos

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Publicado el: 25 de junio de 2026 a las 12:46
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Bosque mediterráneo del Montseny afectado por calor y sequía donde científicos detectaron emisiones de tolueno

El tolueno suele asociarse al tráfico, a la industria y a los disolventes. Por eso sorprende tanto que un estudio del IDAEA-CSIC y el CREAF haya detectado picos de este compuesto en bosques mediterráneos durante episodios de olas de calor y sequía en el Parque Natural del Montseny, cerca de Barcelona.

La conclusión no es que el bosque sea «el culpable» de la contaminación. Es más interesante. Los árboles parecen dejar una señal química cuando pasan sed y calor, un aviso invisible que podría ayudar a medir el estrés climático de los ecosistemas y a calcular mejor la calidad del aire en verano. Y eso, con los veranos que ya conocemos, no es poca cosa.

Un compuesto que no se esperaba

El tolueno es un compuesto orgánico volátil. En palabras sencillas, es una sustancia que se evapora con facilidad y puede reaccionar en la atmósfera. Hasta ahora se vinculaba sobre todo al tráfico, la gasolina, los disolventes, las pinturas o algunos procesos industriales.

Lo llamativo del trabajo es que los investigadores han encontrado emisiones significativas en encinares mediterráneos cuando el bosque estaba sometido a condiciones extremas. Ana Yáñez-Serrano, investigadora del IDAEA y primera autora del estudio, explica que «aparecían picos de tolueno por la mañana» unos dos días después de las olas de calor.

Esa frase cambia la lectura del problema. No estamos solo ante una molécula más en el aire, sino ante una posible pista del estado fisiológico de los árboles. ¿Qué significa esto para un bosque mediterráneo? Que su química también responde cuando el clima aprieta.

Qué vieron en el Montseny

El equipo analizó datos de los veranos de 2021, 2022 y 2023 en el Parque Natural del Montseny. Fue un periodo clave, porque coincidió con una sequía muy intensa en Cataluña y con episodios repetidos de calor extremo.

El estudio midió compuestos orgánicos volátiles en el aire con instrumentos de alta precisión y validó parte de las mediciones con cromatografía de gases y espectrometría de masas. No se quedaron con una lectura aislada. Compararon técnicas para reforzar la fiabilidad de los datos.

Durante 276 días de observación estival, 52 quedaron afectados por problemas instrumentales. De los días restantes, 72 mostraron un pico temprano de tolueno y 152 no lo hicieron. Además, 143 días fueron clasificados como días de ola de calor, y 57 de ellos también presentaron ese pico matinal.

La señal llega al amanecer

Los picos más claros aparecieron entre las 7 y las 9 de la mañana. Es un detalle importante, porque se producían antes de que la brisa marina y de montaña moviera con fuerza masas de aire contaminado desde zonas urbanas. En otras palabras, el origen local gana peso.

El trabajo también observó que los días con pico eran más duros para la vegetación. La temperatura fue aproximadamente 5 ºC superior a la de los días sin pico, y el déficit de presión de vapor, un indicador de sequedad del aire y demanda de agua, fue unos 877 Pa mayor.

Dicho sin tecnicismos, el aire estaba más caliente y más seco. Ese ambiente aumenta la tensión sobre las hojas y la capacidad del árbol para conservar agua. Es ese calor pegajoso que en verano también notamos nosotros, pero llevado al lenguaje químico del bosque.

Por qué no se puede simplificar

Los árboles emiten de forma natural muchos compuestos orgánicos volátiles. Algunos sirven para proteger tejidos, responder al estrés o comunicarse químicamente con el entorno. El estudio apunta a que el tolueno detectado podría tener un origen biogénico, es decir, producido por la propia vegetación.

Pero hay un matiz importante. El propio artículo recuerda que se midieron concentraciones en el aire, no la emisión directa de cada árbol. Por eso, aunque los datos apoyan una fuente local y biogénica, no se pueden excluir por completo aportes humanos o efectos de mezcla atmosférica. Esa prudencia es buena ciencia.

El aire que respiramos también importa

El hallazgo tiene otra lectura más incómoda. El tolueno participa en reacciones que favorecen la formación de ozono troposférico y partículas en suspensión, sobre todo en verano. El ozono de la parte baja de la atmósfera no es el que nos protege de la radiación ultravioleta, sino un contaminante que puede irritar las vías respiratorias y dañar la vegetación.

En zonas como el Montseny, estos compuestos pueden reaccionar con óxidos de nitrógeno procedentes del tráfico urbano. Por eso, el descubrimiento no sirve para culpar al bosque, sino para entender mejor la mezcla. La contaminación no sale de un solo sitio.

Joan Llusià, investigador del CREAF y coautor del estudio, resume la importancia del hallazgo al señalar que esta emisión bajo calor y sequía puede ayudar a «calcular mejor la calidad del aire» en un clima cada vez más cálido. Si los modelos no incluyen estas señales, pueden quedarse cortos.

Un indicador para el futuro

El tolueno podría convertirse en un trazador del estrés ambiental de los bosques mediterráneos. No sería un diagnóstico completo, pero sí una alarma temprana. Algo así como mirar la fiebre del bosque antes de que el daño sea visible desde fuera.

Roger Seco, investigador del IDAEA y autor del trabajo, lo plantea con cautela. «Si confirmamos el mismo comportamiento en otros ecosistemas», el tolueno podría ser útil para monitorizar el estrés climático de los bosques. Los próximos pasos pasan por comparar los resultados con otros bosques mediterráneos, como los de Marsella o Chipre.

Y ahí está la clave. Un solo bosque no basta para cambiar todos los modelos, pero sí para abrir una puerta muy seria. Si el patrón se repite, habrá que mirar los veranos mediterráneos con otros ojos.

Lo que debe tener en cuenta el lector

Este estudio no dice que los bosques sean una nueva fuente peligrosa de contaminación. Dice algo más fino. Cuando sufren calor y sequía, pueden emitir señales químicas que interactúan con una atmósfera ya cargada por el tráfico y la actividad humana.

Por eso, la respuesta no es mirar al árbol con sospecha. Es reducir los contaminantes urbanos, mejorar la vigilancia de los compuestos orgánicos volátiles y adaptar la gestión forestal a un clima que está cambiando deprisa. El reloj corre más rápido que muchas políticas.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Environmental Science Atmospheres.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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