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La misma fuerza que calienta el planeta puede enfriarlo si la sociedad decide coordinarse y actuar como un “megainstrumento” de restauración

La misma fuerza que calienta el planeta puede enfriarlo si la sociedad decide coordinarse y actuar como un “megainstrumento” de restauración

En plena crisis climática, hablar del Antropoceno suele sonar a sentencia. Un trabajo liderado por el geógrafo Erle Ellis (University of Maryland Baltimore County) propone darle la vuelta al enfoque sin negar la gravedad del momento. Si las sociedades han aprendido a transformar la Tierra a gran escala, también pueden aprender a hacerlo mejor cuando se organizan.

La idea llega con datos difíciles de ignorar. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2024 fue el año más cálido registrado, con una temperatura media global alrededor de 1,55 °C por encima del nivel preindustrial, y 2025 volvió a situarse entre los años más cálidos según Copernicus. La pregunta es incómoda, pero toca hacerla. ¿Podemos convertir nuestra “fuerza” en una herramienta de restauración en lugar de desgaste?

Una fuerza de la naturaleza hecha de cultura

Ellis no habla de superpoderes individuales, sino de cultura, instituciones y decisiones colectivas que se acumulan con el tiempo. Desde el uso temprano del fuego hasta la agricultura industrial, el comercio global o las ciudades que crecen sin parar, ese conjunto ha permitido remodelar ecosistemas completos mientras mejoraba la supervivencia humana.

Esto conecta con el concepto de Antropoceno, entendido como una etapa en la que la actividad humana se parece, por su escala, a una fuerza geológica. Conviene matizarlo. En 2024, los organismos internacionales de estratigrafía rechazaron convertir el “Antropoceno” en una unidad formal del tiempo geológico, aunque el término sigue muy presente en ciencia y política ambiental.

La clave del estudio es el giro de guion. Mirar solo el desastre puede ocultar otro dato igual de real. La cooperación social también es capaz de cambios masivos, y esa es la palanca que Ellis quiere poner en el centro.

El Antropoceno también se mide en calor, CO₂ y extinciones

Hablar de “capacidad humana” suena abstracto hasta que se aterriza en indicadores. En 2024 se alcanzó un récord de temperatura global, y el calor no es solo una cifra para los gráficos. Se nota en olas de calor más duras y noches en las que cuesta dormir, y eso se nota.

El CO₂ es otra pieza del mismo puzle. El informe Emissions Gap Report 2025 de Naciones Unidas recuerda que el mundo sigue lejos de las trayectorias compatibles con el Acuerdo de París y que harían falta recortes muy profundos de emisiones en las próximas décadas. No es un debate solo tecnológico, también es cómo producimos, comerciamos y nos movemos.

Y está el golpe sobre la biodiversidad. La evaluación global de IPBES resume el riesgo con una cifra que ya es un aviso. Alrededor de un millón de especies podrían estar amenazadas de extinción si no se reducen los grandes impulsores de la pérdida de naturaleza, como el cambio de uso del suelo, la sobreexplotación o la contaminación.

Por qué la ciencia natural no basta para salir del problema

El trabajo de Ellis no discute la importancia de la ciencia del clima o la ecología. Parte de ella, pero insiste en un límite que se ve a menudo en la práctica. Los datos describen el problema, pero no deciden por nosotros.

Quien cambia trayectorias es la sociedad a través de normas, incentivos y acuerdos que sobreviven a más de un ciclo electoral. Por eso algunas políticas funcionan y otras se quedan en titulares. En el fondo, la transición ecológica es un asunto de coordinación.

Hay un ejemplo que todo el mundo reconoce. Cuando se abaratan las renovables y se ajustan reglas del mercado eléctrico, la factura de la luz cambia. Eso no ocurre por magia, ocurre porque hay instituciones tomando decisiones.

Cooperación real para energía, movilidad y residuos

Si el Antropoceno es una historia de herramientas sociales, la transición ecológica también lo es. En energía, la pregunta ya no es si la solar o la eólica existen, sino cómo se integran en redes, almacenamiento y demanda para sustituir a los combustibles fósiles. Ahí entran gobiernos, empresas y comunidades con papeles distintos.

En movilidad pasa algo parecido. Los coches eléctricos no son solo baterías, también son puntos de recarga, planificación urbana y alternativas para que moverse sin quemar gasolina sea lo fácil. Y esto importa porque reduce humos, ruido y dependencia del petróleo.

Con los residuos aparece otra verdad incómoda. Separar en casa ayuda, pero si el diseño sigue generando envases de usar y tirar, el cubo amarillo se convierte en un parche. Prevenir, reutilizar y reparar suele recortar más basura que cualquier campaña puntual.

Reconectar personas y naturaleza sin idealizar el pasado

Ellis propone ampliar el foco hasta incluir a “la red de la vida” en nuestras decisiones. No lo plantea como una vuelta romántica a un pasado intacto, sino como una reconstrucción de vínculos. Aquí aparece una frase que resume su enfoque.

El investigador sugiere “volver a enfatizar las relaciones de parentesco entre todos los seres vivos”, recordando que compartimos una historia evolutiva común. A partir de ahí, enumera herramientas muy actuales para acercarnos a la naturaleza, como la teledetección, las webcams de fauna o las apps de observación, además de reservas comunitarias y corredores ecológicos.

También introduce un punto que incomoda en debates técnicos. Una transición sostenible no solo es tecnología, también es justicia. En su planteamiento, avanzar implica restaurar soberanías indígenas y tradicionales sobre tierras y aguas allí donde se han perdido.

Qué significa esto cuando apagas la luz o tiras la basura

La idea central no es optimismo fácil. Es responsabilidad con método. Si la cultura ha sido la fuerza que ha acelerado la crisis, la cultura también puede ser el freno que la estabilice, y no es poca cosa.

¿Qué significa esto en la práctica para alguien que vive en España? Se nota en decisiones que parecen pequeñas, pero cambian el sistema cuando se convierten en norma. Mejorar eficiencia en edificios, reducir el desperdicio de comida, apostar por transporte público fiable o elegir energía renovable cuando es posible no transforma el mundo en un día, pero empuja a instituciones y mercados a moverse.

Y una última pista ayuda a no perderse. Desconfía de las soluciones milagro y fíjate en cambios constantes, aunque sean menos vistosos, como restaurar humedales, mejorar redes eléctricas o cuidar suelos agrícolas para que almacenen más carbono. 

El estudio científico al que se refiere esta nota fue publicado en Philosophical Transactions of the Royal Society B.

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