Basta mirar una farola en una noche de verano para comprobar que el mundo de los insectos es enorme. Aun así, lo que vemos es solo una esquina del mapa. Un nuevo estudio calcula que la Tierra podría albergar entre 14 y 20 millones de especies de insectos, frente a la referencia habitual de unos seis millones.
La conclusión parte de uno de los inventarios tropicales más ambiciosos realizados hasta ahora. Los investigadores analizaron el ADN de más de 1,6 millones de ejemplares capturados en Costa Rica y combinaron esos datos con modelos estadísticos para estimar todo lo que seguía sin aparecer en las trampas. Y era muchísimo.
La cifra cambia el mapa
La ciencia ha descrito alrededor de 1,2 millones de especies de insectos. Describir significa identificarlas, diferenciarlas de otras y darles un nombre que permita reconocerlas después. Con la nueva estimación, más del 90 % seguiría sin una descripción formal.
Eso no quiere decir que hayan aparecido de golpe millones de insectos nuevos. Significa algo más sencillo y, a la vez, más incómodo. Nuestro catálogo de la vida era bastante más incompleto de lo que pensábamos.
Guanacaste, un laboratorio vivo
El trabajo se apoyó en el Área de Conservación Guanacaste, una zona protegida de 169.000 hectáreas en el noroeste de Costa Rica. Allí conviven bosque tropical seco, bosque nuboso y selva húmeda, unidos por un recorrido de unos 100 kilómetros que ofrece una variedad excepcional de climas y hábitats.
Quince trampas Malaise, parecidas a pequeñas tiendas de campaña, funcionaron durante un esfuerzo acumulado equivalente a 69 años. Los insectos que chocaban con la tela ascendían hasta un recipiente de conservación. De ese modo se reunieron 1.633.855 ejemplares y se distinguieron 53.945 unidades genéticas utilizadas como aproximación a especies.
El ADN pone orden
Separar y nombrar a mano más de un millón de insectos diminutos sería una tarea casi interminable. Por eso el equipo utilizó códigos de barras de ADN, pequeños fragmentos genéticos que permiten comparar ejemplares y detectar cuándo pertenecen a grupos distintos.
Las secuencias similares se agruparon en un Barcode Index Number (BIN), una etiqueta que funciona como sustituto provisional del nombre científico. Los propios autores reconocen que un BIN no equivale siempre de forma perfecta a una especie, pero es una herramienta útil para trabajar con moscas, avispas y otros organismos minúsculos que suelen pasar desapercibidos.
Las avispas dieron la pista
El gran problema seguía ahí. Por muchas trampas que se coloquen, siempre habrá especies que no caigan en ellas. Para calcular esa parte invisible, los investigadores se fijaron en las Microgastrinae, una subfamilia muy diversa de pequeñas avispas parasitoides cuyas larvas se desarrollan dentro de orugas.
El equipo combinó tres formas de muestreo. Usó las 15 trampas principales, otras 15 trampas periféricas y 11.373 avispas obtenidas al criar orugas recogidas en el campo. En conjunto aparecieron 1.414 posibles especies de Microgastrinae, pero tres de cada cuatro fueron exclusivas de uno solo de los métodos.
Esa diferencia fue la clave. En las trampas principales solo aparecieron 388 especies de estas avispas, mientras que el modelo situó el límite inferior de Guanacaste en 2.394. Al aplicar esa proporción de especies detectadas y no detectadas al conjunto de los insectos, la estimación local subió hasta casi 333.000 especies.
Del bosque al planeta
¿Cómo se pasa de un espacio protegido de Costa Rica a una cifra mundial? Los autores compararon la riqueza biológica de Guanacaste con la del planeta utilizando árboles, anfibios, mamíferos y polillas satúrnidas como referencias independientes.
Las cuatro proyecciones conservadoras situaron el total mundial entre 14,2 y 20,3 millones de especies, con una media cercana a 17,3 millones. El intervalo depende del grupo utilizado para ampliar la escala, por lo que no debe leerse como un recuento exacto. Es una estimación de límite inferior construida sobre varias suposiciones.
El estudio también muestra un escenario que roza los 30 millones si se emplea una estimación local menos conservadora. Sin embargo, ese cálculo tiene un margen de incertidumbre mucho mayor. Por eso los investigadores se quedan con el rango de 14 a 20 millones como conclusión principal.
Una alerta para conservar
La noticia podría parecer tranquilizadora. Si hay más especies de las que creíamos, quizá la biodiversidad esté mejor de lo pensado. Pero ocurre justo lo contrario, porque algunas podrían estar disminuyendo sin que sepamos siquiera que existen.
«No podemos proteger especies si no sabemos que existen», advierte Laura Melissa Guzman, profesora de Entomología en la Universidad de Cornell y una de las investigadoras que lideran el trabajo. Conocer cuántas hay no es una curiosidad de museo. Sirve para decidir qué hábitats proteger, dónde vigilar los cambios y qué grupos necesitan más investigación.
Una sola trampa no basta
El resultado deja otra enseñanza práctica. Un método de muestreo ve solo una parte del bosque, igual que una linterna ilumina una pequeña zona en mitad de la noche. Las trampas de vuelo, la cría de orugas, el estudio del suelo y las muestras del dosel pueden encontrar comunidades muy distintas.
No significa que mañana vayan a aparecer millones de insectos desconocidos en nuestros balcones. Significa que la ciencia necesita inventarios más amplios, taxónomos, secuenciación genética y seguimientos durante muchos años. El reloj corre, y algunas especies podrían desaparecer antes de recibir siquiera un nombre.
El estudio científico completo ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).



