Lo que un abejorro hizo con una bola de corcho para alcanzar una recompensa oculta ha redibujado lo que la ciencia creía saber sobre la inteligencia de los insectos: ni ensayo, ni error, ni trampa descartada

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Publicado el: 18 de junio de 2026 a las 20:43
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Abejorro utilizando una bola para alcanzar una flor artificial en un experimento sobre inteligencia animal

Un abejorro frente a una pelota de espuma no parece, a simple vista, el comienzo de una gran noticia científica. Pero eso es justo lo que ha ocurrido en un experimento publicado en «Science», donde estos insectos fueron capaces de mover una bola hasta el lugar correcto, subirse a ella y alcanzar una flor artificial con una recompensa dulce en el techo de una pequeña cámara.

Lo más llamativo no es solo que varios lo consiguieran, sino que no habían sido entrenados para resolver ese problema concreto. De los 22 abejorros analizados, 16 superaron la prueba, y algunos incluso encontraron un atajo inesperado para saltarse la parte más difícil del reto. No es poca cosa.

Un reto nada natural

El estudio se hizo con abejorros de la especie «Bombus terrestris», un polinizador muy común en Europa y muy usado en investigaciones sobre comportamiento animal. El equipo reunió a investigadores de las universidades de Oulu, Helsinki y Turku, en Finlandia.

La prueba estaba pensada para sacar a los abejorros de su mundo habitual. En la naturaleza, un abejorro no tiene que empujar una pelota para llegar a una flor. Normalmente vuela, se posa, recoge néctar y sigue su ruta.

Aquí la cosa era distinta. Primero aprendieron que una flor artificial azul tenía alimento azucarado y que la bola de poliestireno podía moverse. Después, la flor fue colocada en el techo de una arena transparente, fuera de su alcance directo.

La pelota como herramienta

Para llegar a la recompensa, los abejorros tenían que colocar la bola bajo la flor, subirse encima y alcanzar el alimento. No podían simplemente volar hasta ella, porque el diseño del espacio se lo impedía. En la práctica, tenían que usar la pelota como una pequeña escalera.

Akshaye Bhambore, autor principal del trabajo, explicó que lo especial era que las abejas «nunca habían sido entrenadas para hacer rodar la bola». Es decir, no repitieron una conducta aprendida paso a paso, sino que combinaron información previa para resolver una situación nueva.

Este detalle es importante. Durante mucho tiempo se ha pensado que este tipo de soluciones espontáneas eran más propias de animales con cerebros grandes, como primates, elefantes o aves inteligentes. Ahora los abejorros se cuelan en esa conversación.

No parecía simple suerte

Los investigadores no se conformaron con ver que algunos acertaban. También diseñaron pruebas de control para descartar explicaciones más simples, como que los abejorros movieran la bola al azar o que siguieran solo una señal visual evidente.

En las pruebas más exigentes, la flor estaba oculta mientras los insectos movían la bola. Aun así, muchos la llevaron al punto correcto sin probar antes el lugar equivocado, lo que sugiere una conducta dirigida a un objetivo y no un simple ensayo y error.

Olli Loukola, investigador de la Universidad de Oulu y de la Universidad de Turku, matizó que no están diciendo que las abejas piensen como los humanos. Pero el resultado sí muestra que un cerebro diminuto puede producir soluciones flexibles ante problemas nuevos. Y eso cambia bastante la mirada.

El cerebro pequeño sorprende

El cerebro de un abejorro tiene alrededor de un millón de neuronas. El humano, en comparación, ronda los 86 000 millones. La diferencia es enorme, pero este estudio vuelve a recordar que tener más neuronas no siempre significa resolver mejor todos los problemas.

Loukola lo resumió con una idea sencilla. El número de neuronas no se relaciona de forma directa con todas las capacidades cognitivas. En animales pequeños, un sistema nervioso muy compacto puede ser suficiente para tomar decisiones rápidas en un entorno que cambia constantemente.

Esto no convierte a los abejorros en pequeños humanos con alas. Pero sí rompe la imagen de insectos como simples máquinas de reflejos. Cuando un animal observa, recuerda, prueba y adapta su conducta, hay algo más interesante que una respuesta automática.

Algunos hicieron trampas

La parte más curiosa llegó con los individuos que no resolvieron la prueba como esperaban los científicos. Según contó Bhambore, algunos abejorros evitaron usar la bola y se colgaron del techo para intentar alcanzar directamente la flor. Una trampa, sí, pero también una señal de creatividad práctica.

En un laboratorio, esa conducta no podía contarse como éxito oficial del experimento. El objetivo era comprobar si usaban la pelota como herramienta. Pero desde fuera resulta difícil no ver ahí una especie de «trabaja menos y consigue lo mismo».

También conviene ser prudentes con los que no lo lograron. Que un abejorro falle no significa que sea incapaz. Puede estar estresado, poco motivado, asustado o simplemente no encontrar la solución en ese momento.

Por qué importa

Los abejorros no son solo protagonistas de un experimento curioso. Forman parte del enorme grupo de polinizadores que sostienen cultivos, plantas silvestres y ecosistemas enteros. La FAO recuerda que existen más de 20 000 especies de abejas silvestres y que más de tres cuartas partes de los cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos en parte, de la polinización animal.

Por eso este estudio tiene una lectura ecológica muy clara. Si estos insectos pueden aprender más de lo que pensábamos, también deberíamos tomarnos más en serio cómo les afectan los cambios del paisaje, los pesticidas, la pérdida de flores o el calor extremo. No es solo una cuestión de inteligencia animal, también de biodiversidad.

En el fondo, mirar mejor a los abejorros es mirar mejor el campo, los huertos y hasta lo que llega al plato. A veces la naturaleza es mucho más sofisticada de lo que parece cuando pasa zumbando junto a una ventana.

Lo que viene ahora

El equipo quiere seguir investigando qué ocurre dentro del insecto mientras resuelve el problema. Una de las preguntas es si los abejorros tienen algo parecido a un momento «ajá», esa chispa que en los humanos sentimos cuando de pronto entendemos una solución.

También quieren estudiar si comprenden mejor las propiedades físicas de los objetos, como qué cosas se pueden mover, qué objetos sirven y cuáles no. Puede sonar pequeño, pero en ciencia estos detalles abren puertas enormes.

El estudio completo, titulado «Spontaneous problem-solving in bumble bees», ha sido publicado en la revista Science.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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