Una fila de hormigas sobre la encimera parece un problema doméstico. ¿Cómo puede entonces un insecto de unos milímetros alterar cultivos y ecosistemas enteros? En California, la respuesta está en sus supercolonias y en la protección que ofrecen a plagas chupadoras de savia.
Introducida accidentalmente desde Sudamérica, hoy está muy extendida por las zonas costeras y del sur del estado. Su expansión ha desplazado especies nativas y complica el control natural de pulgones, cochinillas y otros insectos que dañan las plantas.
Una invasión centenaria
La hormiga argentina, Linepithema humile, procede de la cuenca del río Paraná, en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. La revisión de UC Riverside sitúa su primera detección en Estados Unidos en Luisiana en 1891 y sus primeros hallazgos en California entre 1905 y 1907.
A finales de los años noventa, la invasión ya alcanzaba buena parte de la costa. En 2000, la Universidad de California en San Diego describió una enorme supercolonia desde San Diego hasta Ukiah, al norte de San Francisco. Trabajos posteriores identificaron al menos cinco supercolonias en el sur de California, aunque la mayor recorre casi mil kilómetros de costa.
El secreto de las supercolonias
Una supercolonia es un conjunto de muchos nidos y reinas cuyas obreras se reconocen como compañeras y rara vez luchan dentro del mismo grupo. En la práctica, eso les permite compartir territorio, movilizar grandes cantidades de obreras y ocupar antes las fuentes de alimento.
Neil D. Tsutsui fue el primer autor del estudio de 2000, junto a Ted J. Case, Andrew V. Suarez y David A. Holway. El equipo describió un cuello de botella genético, una pérdida de variedad causada por partir de pocos individuos. Con menos diferencias, hormigas separadas por grandes distancias pueden tratarse como parientes.
A eso se suma el riego urbano y agrícola, que crea rincones húmedos y frescos en una región donde el verano puede ser muy seco. Es como extender una alfombra favorable entre jardines, urbanizaciones y cultivos.
El trueque de la melaza
Las hormigas argentinas buscan melaza, un líquido azucarado que expulsan pulgones, cochinillas, moscas blancas y otros insectos al alimentarse de la savia. No es miel, aunque para las hormigas funciona como una bebida energética siempre disponible.
A cambio de ese alimento, las obreras ahuyentan o atacan a mariquitas, crisopas y pequeñas avispas que normalmente reducen las plagas. El Centro de Investigación de Especies Invasoras de UC Riverside advierte de que incluso pueden trasladar esos insectos a lugares más favorables para aumentar la producción de melaza.
La planta no suele sufrir porque la hormiga la muerda directamente. El daño llega por la puerta de atrás, cuando los insectos chupadores crecen con menos enemigos y extraen más savia de hojas, brotes y frutos.
Cítricos y viñedos bajo presión
El Programa de Manejo Integrado de Plagas para cítricos y su guía para viñedos señalan que las hormigas argentinas alteran el control biológico en ambos cultivos. El manejo integrado combina vigilancia, depredadores naturales, prácticas agrícolas y tratamientos dirigidos para evitar depender de una sola herramienta.
En cítricos, la presencia de estas hormigas se ha relacionado con más cochinillas, pulgones, moscas blancas y otros insectos chupadores. UC Riverside informa de que el parasitismo de la cochinilla roja de California, es decir, el ataque de avispas que la controlan, puede reducirse entre dos y cinco veces.
Un estudio de 2023 dirigido por Kelsey McCalla, Ivan Milosavljević y Mark S. Hoddle probó cebos líquidos de baja toxicidad en seis plantaciones comerciales de cítricos del sur de California. La actividad de las hormigas cayó un 96 por ciento en tres meses y, un año después, la infestación observada en los frutos había bajado un 99 por ciento.
Una cadena que llega a los lagartos
Cuando la hormiga argentina desplaza a especies nativas, también cambia el menú de otros animales. El lagarto cornudo costero de California depende sobre todo de hormigas autóctonas más grandes y no compensa su pérdida comiendo grandes cantidades de la invasora, mucho más pequeña.
Andrew V. Suarez y Ted J. Case comprobaron en 2002 que crías alimentadas con presas típicas de zonas invadidas no crecían con normalidad y algunas perdían peso. Cuando recibían insectos propios de comunidades no invadidas, volvían a crecer.
«Nuestro trabajo demuestra que las invasiones pueden tener efectos en toda la comunidad», resumió Suarez. Es el tipo de cambio que puede pasar desapercibido, porque el paisaje mantiene los mismos arbustos mientras la red alimentaria se vacía por dentro.
Por qué un solo nido no basta
Estas colonias contienen varias reinas y ocupan numerosos nidos conectados. Si se elimina solo uno, otros grupos pueden recolonizar el espacio mediante un proceso parecido a abrir una sucursal nueva con reinas y obreras.
Por eso, las guías de la Universidad de California recomiendan actuar cuando las hormigas interfieren con el control biológico. Los cebos de acción lenta, las barreras en los troncos, la poda que evita puentes entre árboles y una mejor gestión del riego pueden reducir su acceso a las plagas.
En la práctica, el objetivo no es solo ver menos hormigas. También se busca devolver espacio a mariquitas, crisopas y pequeñas avispas para que vuelvan a contener a los insectos que dañan los cultivos.
El estudio principal sobre la formación de la gran supercolonia californiana se publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences.



