La psicología dice que las personas que colocan el carro de la compra en su sitio no lo hacen porque sean ordenadas, sino que es una forma de demostrar empatía y respeto hacia los demás

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Publicado el: 4 de julio de 2026 a las 15:29
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Carros de la compra colocados en su zona de devolución en el aparcamiento de un supermercado como ejemplo de empatía y civismo.

Seguro que lo has visto más de una vez. Sales del supermercado, cruzas el aparcamiento y aparece un carrito abandonado en mitad de una plaza, junto a una acera o incluso bloqueando el paso. Parece una tontería, pero basta un día de prisas, bolsas pesadas o lluvia para que ese pequeño obstáculo moleste más de lo esperado.

La psicología está mirando este gesto con lupa, aunque con un matiz importante. Devolver el carrito a su sitio puede hablar de empatía, civismo y respeto por los espacios compartidos, pero no convierte a nadie automáticamente en “buena” o “mala” persona. La clave está en algo más sencillo y más humano. ¿Qué hacemos cuando nadie nos mira y nadie nos obliga?

Un gesto sin premio

Dejar el carrito en su lugar tiene algo especial porque casi siempre es voluntario. Nadie suele darte una recompensa por hacerlo y, en muchos casos, tampoco hay una sanción clara si lo dejas en cualquier esquina. Ahí entra en juego la responsabilidad personal.

Según la información difundida por El Comercio a partir de Cuerpomente, la psicóloga Leticia Martín Enjuto relaciona este tipo de acciones con una empatía cotidiana que suele pasar desapercibida. La experta resume el gesto como “una forma de ponerse en el lugar del otro” mediante acciones concretas.

En la práctica, esto significa pensar en quien viene después. Puede ser otro cliente que necesita pasar con un niño, una persona mayor con poca movilidad o un trabajador que tendrá que recoger lo que otros dejaron tirado. No es heroico. Pero ayuda.

No es solo orden

A simple vista, devolver el carro parece una cuestión de ser ordenado. Pero el fondo va un poco más allá. Un supermercado no es solo un lugar donde compramos leche, fruta o detergente, también es un espacio compartido que funciona mejor cuando cada persona hace una parte mínima.

Quien devuelve el carrito evita bloquear pasillos, plazas de aparcamiento o accesos. También reduce el riesgo de que el viento lo mueva y acabe golpeando un coche, algo que cualquier conductor entiende al instante. Son detalles pequeños, sí. Y eso se nota.

El problema es que, cuando muchos dejan el carrito donde les viene bien, el desorden se contagia. Un carro abandonado invita a dejar otro al lado, y al final el aparcamiento parece un lugar donde nadie se siente responsable de nada.

Lo que sí dice la ciencia

Aquí conviene separar la idea viral de la evidencia científica. La llamada “teoría del carrito de la compra” se ha popularizado como si fuera un test definitivo de carácter, pero psicólogos consultados por EatingWell advierten de que no procede de una investigación controlada ni funciona como una prueba fiable de personalidad.

Eso no significa que el gesto no diga nada. Los expertos señalan que estas conductas pueden relacionarse con rasgos como la responsabilidad, la amabilidad o la conciencia social, siempre que se observen como un patrón repetido y no como una única escena en un aparcamiento.

Un estudio clásico publicado en Science sí aporta una pista muy útil. En un garaje junto a un supermercado, los investigadores compararon un entorno limpio con otro donde había carritos sin devolver. Cuando había carritos abandonados, el 58 % de los participantes tiró un folleto al suelo, frente al 30 % en el entorno ordenado.

El desorden se copia

Ese resultado no demuestra que una persona sea mala por dejar un carrito fuera de sitio. Lo que muestra es otra cosa. Las señales visibles de desorden pueden debilitar la sensación de norma compartida y hacer que más gente se permita romper otras reglas pequeñas.

Dicho de forma sencilla, si un aparcamiento ya parece descuidado, algunas personas sienten que cuidar el espacio importa menos. Es el mismo mecanismo que vemos con papeleras desbordadas, colillas en el suelo o envases fuera del contenedor. Cuando parece que nadie cuida, cuesta más que el siguiente cuide.

Esto conecta directamente con la sostenibilidad urbana. No hablamos solo de reciclar, ahorrar energía o usar menos plástico, sino de cómo usamos los espacios comunes cada día. La vida sostenible también empieza en gestos simples, aunque no salgan en grandes campañas.

También hay excepciones

Ahora bien, juzgar rápido suele ser mala idea. Una persona puede no devolver el carrito por tener una limitación física, por ir con un niño pequeño, por miedo en un aparcamiento mal iluminado, por dolor, por una emergencia o por simple agotamiento. La vida real nunca cabe entera en una foto.

Por eso, los psicólogos recomiendan no convertir este gesto en una especie de tribunal moral. EatingWell recoge que los factores de contexto, como la prisa, la distancia al punto de devolución o la capacidad física, influyen mucho en la decisión.

La lectura más justa sería otra. Devolver el carrito cuando puedes hacerlo es una señal positiva de consideración hacia los demás. Pero ver a alguien no hacerlo una vez no basta para dictar sentencia sobre su carácter.

La fuerza de las normas

La investigadora Hannah B. Waldfogel analizó 564 encuentros grabados con personas que habían abandonado carritos, aunque ella misma advierte que no se trata de una muestra perfectamente aleatoria. En su análisis, muchas respuestas se agrupaban alrededor de excusas, prisa, incomodidad, jerarquía social o la idea de que “para eso hay empleados”.

La parte más interesante llega con las normas sociales. Si vemos carritos bien colocados, entendemos que devolverlos es lo normal. Si vemos varios desperdigados, recibimos el mensaje contrario. Así de fácil, y así de incómodo.

También ayudan los incentivos. En algunos supermercados se usan monedas, fichas o sistemas de depósito para recuperar el carro. No hacen milagros, pero cambian la decisión porque añaden una pequeña motivación externa.

Un hábito pequeño

En el fondo, devolver el carrito no va de quedar bien. Va de cerrar una acción que hemos empezado. Cogemos el carro, lo usamos y lo dejamos preparado para la siguiente persona.

Es una conducta mínima, pero encaja con algo más grande. La conducta prosocial, según un estudio reciente publicado en Australian Journal of Psychology, se entiende de formas distintas según la cultura y la generación, aunque sus formas básicas aparecen en diferentes sociedades.

Por eso este gesto funciona tan bien como símbolo. No arregla el mundo, pero dice algo sobre cómo queremos vivir juntos en lo cotidiano. Y eso, en una sociedad cansada de ruido, prisas y poca paciencia, no es poca cosa.

El estudio científico que analizó los carritos sin devolver como señal de desorden social fue publicado en la revista Science.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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