Ciencia

La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas que procrastinan no lo hacen por vaguería, en realidad es una evolución emocional del cerebro que las personas no pueden controlar

La psicología revela que procrastinar no suele ser pereza, sino una respuesta emocional del cerebro difícil de controlar

La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas que procrastinan no lo hacen por vaguería, en realidad es una evolución emocional del cerebro que las personas no pueden controlar

Dejar para mañana el correo incómodo, la cita médica, una factura o ese informe que lleva días abierto en el ordenador no siempre significa pereza. La procrastinación puede nacer del miedo, el agotamiento, el perfeccionismo, la búsqueda de placer inmediato o incluso del rechazo a sentir que otra persona manda sobre nuestro tiempo. Y cada causa pide una respuesta distinta.

El científico social Itamar Shatz, profesor afiliado de la Universidad de Cambridge, ha reunido estas diferencias en nueve perfiles dentro de su próximo libro, Solving Procrastination, que se publicará el 25 de agosto de 2026. Su idea central es sencilla. Intentar resolver todos los casos con más disciplina o una agenda más bonita suele fallar porque no ataca el motivo real del retraso.

No todo retraso es procrastinación

Aplazar una tarea puede ser una decisión sensata cuando falta información, hay una prioridad más urgente o conviene esperar. Procrastinar es otra cosa. Consiste en retrasar de forma innecesaria una acción importante que se pretendía realizar, aun sabiendo que ese retraso puede perjudicarnos.

Shatz lo explica como una lucha entre el impulso de actuar y el impulso de evitar. Por un lado, buscamos placer y esquivamos el malestar. Por otro, damos demasiado peso a lo que tenemos delante ahora mismo, como una notificación, un vídeo corto o cualquier pequeña distracción que parezca más agradable que rellenar un formulario.

El problema es que la tarea no desaparece. Se queda al fondo de la cabeza, roba energía y suele volver acompañada de más presión. El móvil ofrece una recompensa en segundos, mientras que terminar un trámite quizá solo dé beneficios dentro de varias semanas. Ahí está la trampa.

El preocupado, el pesimista y el perfeccionista

El preocupado retrasa porque teme que algo salga mal. Puede imaginar una crítica, un error o un fracaso antes incluso de abrir el documento. La propuesta es poner nombre al miedo, dividir la tarea en pasos pequeños y empezar por una acción que parezca manejable.

El pesimista parte de la idea de que no podrá hacerlo bien o de que el resultado será malo. En este caso, conviene identificar qué está alimentando esa visión, apoyarse en personas de confianza y acumular pequeñas pruebas de capacidad. Un primer avance modesto puede cambiar poco a poco la sensación de «no puedo».

El perfeccionista queda atrapado en el todo o nada. Si no puede entregar algo impecable, puede no empezar nunca o revisar sin terminar. Shatz recomienda aceptar un estándar «suficientemente bueno» y recordar que el progreso imperfecto sigue siendo progreso.

El soñador, el zigzagueante y el rebelde

El soñador disfruta imaginando el resultado final, pero puede perderse en planes y fantasías mientras evita el trabajo menos atractivo del presente. La salida pasa por detectar cuándo imaginar ha sustituido a actuar y convertir el objetivo en el siguiente paso concreto. No «escribir el proyecto», sino abrir el archivo y redactar el primer párrafo.

El zigzagueante salta de una tarea a otra según lo que capte su atención. Al final del día puede haber hecho muchas cosas pequeñas, pero ninguna de las importantes. Shatz aconseja fijar metas específicas, ordenar los pasos, reducir tentaciones y apoyarse en alguien que ayude a rendir cuentas.

El rebelde aplaza como una forma de recuperar autonomía frente a un jefe, un profesor, un familiar o cualquier figura que perciba como controladora. La estrategia consiste en encontrar razones propias para actuar, trabajar con estándares personales y modificar el entorno para que esa autoridad ocupe menos espacio mental.

El buscador de emociones, el hedonista y el agotado

El buscador de emociones espera hasta el último momento porque la urgencia le proporciona adrenalina y concentración. A veces consigue cumplir, pero depende de que nada falle. La propuesta es reconocer el coste de vivir pendiente de la carrera final y hacer más atractivo avanzar pronto, por ejemplo mediante metas parciales.

El hedonista da más peso al placer inmediato que a la importancia futura. No siempre falta motivación, pero la tentación está demasiado cerca. Alejar el móvil, bloquear temporalmente una aplicación o añadir un paso extra antes de acceder a la distracción puede inclinar la balanza.

El agotado no está persiguiendo diversión, sino que siente que ya no tiene batería. Aquí el descanso, el sueño, la autocompasión y pedir ayuda importan más que otro sistema de productividad. Este perfil no es un diagnóstico médico y un cansancio intenso o persistente no debería despacharse como simple procrastinación.

Una herramienta, no una etiqueta cerrada

Una misma persona puede reconocerse en varios perfiles. También puede ser perfeccionista en el trabajo, hedonista con las tareas domésticas y zigzagueante cuando estudia. Por eso, la pregunta útil no es «qué tipo soy para siempre», sino «qué está alimentando este retraso concreto».

El marco de Shatz funciona como un mapa práctico y no se presenta como una prueba clínica. Su caja de herramientas incluye anticipar obstáculos, quitar distracciones, poner barreras a las tentaciones, dividir tareas abrumadoras, empezar por una victoria fácil y adaptar el trabajo a los momentos de mayor energía. La clave está en elegir la técnica que responda a la causa.

El coste va más allá del trabajo

El comunicado de Cambridge recoge investigaciones según las cuales alrededor de la mitad de los universitarios y uno de cada cinco adultos con empleo procrastinan de forma crónica. El retraso repetido se relaciona con peores resultados académicos, problemas económicos, tensión con compañeros o familiares y hábitos menos saludables, como dormir tarde, hacer menos ejercicio o posponer revisiones médicas. No es poca cosa.

Shatz también advierte de que esta habilidad puede ganar importancia a medida que la inteligencia artificial transforme el empleo. Las herramientas pueden redactar, calcular o resumir, pero todavía hace falta decidir qué hacer, empezar y mantener el rumbo. En la práctica, superar la procrastinación no consiste en exprimir cada minuto, sino en recuperar la capacidad de elegir cómo usar el tiempo.

La clasificación no procede de un nuevo ensayo clínico, sino de un libro divulgativo que sintetiza cientos de investigaciones y del comunicado que lo presenta. 

El comunicado oficial sobre el trabajo de Itamar Shatz ha sido publicado por la Universidad de Cambridge.

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