Ciencia

La reflexión de Stephen Hawking sobre el inicio de la vida que niega teorías de la conspiración: «No es necesario invocar a Dios para encender la mecha y darle inicio al Universo»

Stephen Hawking defendió que las leyes de la física permiten explicar el origen del universo sin invocar una causa divina.

La reflexión de Stephen Hawking sobre el inicio de la vida que niega teorías de la conspiración: «No es necesario invocar a Dios para encender la mecha y darle inicio al Universo»

¿Puede el universo arrancar sin que nadie pulse el interruptor? Stephen Hawking sostuvo que las leyes de la física permitían responder que sí. Una de sus frases más citadas suele traducirse así, «No es necesario invocar a Dios para encender la mecha y darle inicio al universo».

Pero la afirmación no equivale, por sí sola, a una prueba científica de que Dios no existe. Resume una propuesta de cosmología teórica, el campo que estudia el origen y la evolución del cosmos. Hay un límite claro, ya que el modelo del Big Bang describe las primeras etapas del universo, pero no determina con certeza las condiciones del instante inicial.

La frase en su contexto

La formulación original contiene la expresión británica «blue touch paper». Se refiere al pequeño papel que se enciende para iniciar un fuego artificial, de modo que la imagen equivale a prender una mecha. La traducción al español conserva esa idea de poner algo en marcha.

Hawking no escribió El gran diseño en solitario, sino con Leonard Mlodinow, físico formado en la Universidad de California en Berkeley y antiguo docente en Caltech. Ambos plantearon que la física cuántica, que describe el mundo de las partículas diminutas, podía permitir la aparición espontánea de universos. También presentaron la «teoría M», una familia de modelos que intenta reunir las leyes fundamentales, como una posible explicación todavía sin confirmar.

Qué significaba surgir de la nada

En ese razonamiento, «nada» no era simplemente una habitación vacía. La propuesta situaba el comienzo en una situación extrema, donde el espacio y el tiempo dejan de comportarse como en la vida cotidiana. En el modelo sin borde desarrollado con el físico estadounidense James Hartle, el inicio se parece al Polo Sur, un punto desde el que puedes avanzar hacia el norte, pero sin un lugar situado más al sur.

¿Qué había antes, entonces? Dentro de ese modelo, la pregunta pierde sentido porque el tiempo forma parte del propio universo y habría comenzado con él. La Universidad de Cambridge explica que esta propuesta prevé una etapa de expansión rapidísima y pequeñas irregularidades cuánticas que acabarían sembrando galaxias, aunque varias de sus predicciones continúan sometidas a prueba.

Lo que sí vemos del Big Bang

La cosmología basada en observaciones se apoya en señales que pueden medirse. El universo tiene unos 13.800 millones de años y, según el modelo actual, en sus primeras fases pasó por una expansión extrema antes de enfriarse y formar partículas, átomos, estrellas y galaxias. La NASA reconoce que todavía no se sabe qué precedió a esa primera expansión ni qué la impulsó.

Una de las pruebas clave es el fondo cósmico de microondas, una luz fósil liberada cuando el universo tenía alrededor de 380.000 años. La misión Planck de la Agencia Espacial Europea cartografió esa señal, que encaja con un cosmos inicialmente muy caliente y denso. Es como una foto de infancia, aunque no muestra el momento exacto del nacimiento.

Ciencia y creencia no preguntan igual

La ciencia trabaja con explicaciones naturales que puedan contrastarse mediante observaciones y experimentos. Por ese motivo, sus modelos no pueden utilizar una causa sobrenatural como explicación comprobable, pero tampoco disponen de herramientas para confirmar o negar lo que quede fuera del mundo observable. Esa frontera evita convertir una ecuación en una declaración religiosa.

Por eso conviene leer la frase de Hawking como una conclusión física acompañada de una interpretación filosófica. Puede entenderse como «la cosmología no necesita añadir un creador a sus cálculos», no como «la ciencia ha demostrado que ninguna divinidad existe». Las Academias Nacionales de Estados Unidos señalan que la ciencia y la religión pueden abordar aspectos diferentes de la experiencia humana.

El legado detrás de la polémica

Hawking fue mucho más que esa declaración. Su trabajo con Roger Penrose y George Ellis aportó una base matemática a los modelos de un universo con un comienzo, mientras que su predicción de que los agujeros negros emiten radiación conectó la gravedad con la física cuántica. La Universidad de Cambridge considera estas aportaciones piezas centrales de su legado científico.

Desde su muerte en 2018, muchas de las preguntas que investigó siguen abiertas. En la práctica, su mayor legado quizá no sea una respuesta definitiva sobre Dios, sino haber llevado el origen del universo al terreno de modelos que pueden debatirse, calcularse y, cuando resulta posible, ponerse a prueba. Su archivo científico y personal se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Cambridge para las futuras generaciones.

La obra principal en la que se basa esta noticia se publicó como El gran diseño, de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow, en Bantam en 2010.

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