En las zonas más contaminadas del reactor de Chernóbil, donde la radiación dañaría a muchas formas de vida, varias especies de hongos oscuros colonizaron paredes y estructuras. Entre ellas estaba Cladosporium sphaerospermum, un moho que ahora se estudia como posible base de materiales protectores para el espacio.
La idea es llamativa, pero conviene rebajar el titular. Estos hongos no han demostrado que “coman” radiación ni pueden proteger por sí solos una nave. Los estudios sí indican que su melanina interactúa con la radiación, que algunas cepas crecen mejor bajo ciertas exposiciones y que su biomasa puede reducir una pequeña parte del flujo medido.
Un hallazgo entre los escombros
Nelli Zhdanova y su equipo estudiaron en 1997 y 1998 el interior de la cubierta del reactor número cuatro. Encontraron 37 especies de 19 géneros, con Cladosporium sphaerospermum entre las más frecuentes, y vieron que los hongos con melanina dominaban en las zonas más contaminadas.
La melanina es el pigmento oscuro que también da color a la piel y al cabello. En los hongos se acumula en la pared celular y actúa como un abrigo químico, capaz de absorber energía y limitar parte del daño provocado por la radiación.
Otro trabajo dirigido por Zhdanova comprobó que la radiación beta y gamma podía orientar el crecimiento de las hifas hacia la fuente. Las hifas son los filamentos microscópicos del hongo, y ese movimiento dirigido se llama radiotropismo.
La melanina cambia con la radiación
En 2007, Ekaterina Dadachova, Arturo Casadevall y otros investigadores del Albert Einstein College of Medicine analizaron varios hongos melanizados. La radiación alteró las propiedades electrónicas de la melanina y aumentó su participación en reacciones de transferencia de electrones.
Varias especies melanizadas crecieron más que sus comparadores bajo niveles de radiación muy superiores al fondo normal. En Cladosporium sphaerospermum, el efecto apareció cuando escaseaban los nutrientes, una pista de que la radiación podría favorecer el metabolismo en determinadas condiciones.
De ahí surgió la hipótesis de la “radiosíntesis”, una posible captación de energía comparable, con muchas reservas, a la fotosíntesis. Pero no está demostrada. Aún falta probar que el hongo transforme la radiación en energía química utilizable.
Una prueba en la estación
El ensayo más conocido fuera de la Tierra se realizó en la Estación Espacial Internacional entre finales de 2018 y comienzos de 2019. Nils J. H. Averesch, Graham K. Shunk y Christoph Kern analizaron una placa dividida entre una zona con el hongo y otra sin crecimiento, con sensores debajo.
El laboratorio funcionó unos 26 días y el moho cubrió el medio en apenas dos jornadas. Su velocidad de crecimiento fue alrededor de un 21 por ciento mayor que la de los controles terrestres, aunque solo hubo una prueba orbital y no se pudo separar el efecto de la radiación del de la microgravedad.
Los sensores registraron menos eventos bajo el hongo que bajo el control, y la diferencia aumentó cuando la biomasa ya estaba formada. El resultado sugiere una atenuación modesta, no un escudo listo para astronautas. Además, el aparato no midió por completo la dosis absorbida.
Por qué interesa a la NASA
Fuera de la protección magnética de la Tierra, las partículas solares y los rayos cósmicos galácticos suponen un riesgo serio. La NASA advierte de que las partículas más energéticas pueden atravesar metales, plásticos, agua y tejido, por lo que frenarlas exige combinar materiales y suficiente masa.
Ahí entra la micotectura, la fabricación de estructuras con micelio, la red de filamentos del hongo. El proyecto de Lynn Rothschild en el Centro Ames de la NASA estudia materiales compactos que podrían crecer en la Luna o Marte, repararse y añadir cepas productoras de melanina.
La idea ya ha pasado del hongo vivo a los compuestos. Un estudio de 2025 expuso durante unos seis meses en órbita un plástico biodegradable mezclado con melanina fúngica. Según la NASA, perdió hasta un 89 por ciento menos de masa que el plástico puro en una orientación y protegió mejor la capa inferior frente a radiación ultravioleta y espacial.
La promesa y sus límites
La ventaja sería logística. Una pequeña cantidad de material biológico podría multiplicarse en destino, aprovechar residuos y mezclarse con agua o suelo lunar para crear paredes más densas. Eso reduciría parte de la carga lanzada desde la Tierra y facilitaría reparaciones.
Faltan pruebas mayores y más largas. Los científicos deben saber qué cepas funcionan, cuánto grosor hace falta, cómo responde el material a distintas partículas y cómo mantenerlo contenido sin poner en riesgo a la tripulación ni contaminar otro mundo.
Los hongos negros de Chernóbil ofrecen una pista, no el secreto definitivo de los viajes espaciales. Su melanina podría formar parte de escudos híbridos junto con agua, polímeros y regolito, pero hoy sigue siendo una tecnología experimental.
El estudio principal sobre el cultivo de Cladosporium sphaerospermum en órbita se ha publicado en Frontiers in Microbiology.



