Una serpiente de unos 42 centímetros se movía bajo el suelo del actual estado brasileño de São Paulo cuando los dinosaurios aún dominaban el planeta. Su fósil, bautizado como Tametara mirim, ha permitido reconstruir parte de su cerebro y aporta una imagen poco habitual de cómo vivían las primeras ramas evolutivas de estos reptiles.
El hallazgo no corresponde a la serpiente más antigua conocida por su edad, ya que el linaje se remonta al menos al Jurásico Medio. Su importancia está en otro punto. Se trata de una especie situada en una de las ramas más tempranas del árbol evolutivo de las serpientes y de uno de los escasos esqueletos del Cretácico conservados en tres dimensiones.
Un fósil excepcional en Brasil
El ejemplar fue descubierto en 2020 en el yacimiento paleontológico José Martin Suárez, dentro de la Formación Adamantina, en el municipio de Presidente Prudente. Las rocas tienen entre 85 y 75 millones de años y pertenecen al Cretácico Superior.
A diferencia de muchos restos antiguos, que consisten en una vértebra suelta o un fragmento de mandíbula, este fósil mantiene el cráneo unido a buena parte de la columna. Conserva 103 vértebras anteriores, unos 42 centímetros de cuerpo y un cráneo cuya longitud total se estima en 3,3 centímetros. Es el primer fósil articulado de serpiente descrito en Brasil.
El estudio fue liderado por Tiago Simões, de la Universidad de Princeton, junto a un equipo internacional en el que participaron la Universidad de São Paulo y la Universidad de Helsinki. El nombre Tametara mirim procede del tupí-guaraní y puede traducirse como “pequeña adornada”. Alude a la marcada cresta situada en la parte superior del cráneo, un relieve óseo que distingue a la nueva especie.
Un cerebro reconstruido
El cráneo no conserva el cerebro como tejido, pero sí la cavidad que lo alojaba. Mediante microtomografía computarizada de alta resolución, una técnica parecida a un escáner médico pero mucho más detallada, los investigadores crearon un molde digital del encéfalo, los nervios craneales y el oído interno.
Las tomografías se realizaron en la Escuela Politécnica de la Universidad de São Paulo. Después, el equipo comparó la forma cerebral de Tametara con la de Dinilysia patagonica, otra serpiente cretácica de Argentina, y con un amplio conjunto de reptiles actuales.
El resultado mostró bulbos olfatorios cortos, hemisferios cerebrales poco diferenciados y una zona relacionada con la visión menos desarrollada que en muchas serpientes modernas. El oído interno también presentaba una arquitectura simplificada, habitual en especies que pasan gran parte de su vida bajo tierra.
Una serpiente hecha para excavar
Los científicos describen a Tametara como fosorial, es decir, adaptada a excavar y desplazarse en el subsuelo. Allí la vista resulta menos útil que en la superficie, mientras que un cráneo resistente ayuda a soportar el empuje contra la tierra.
Los huesos de su cabeza eran gruesos, compactos y estaban muy solapados entre sí. Esa estructura, combinada con la forma del cerebro y del oído interno, ofrece tres líneas de evidencia independientes a favor de una vida subterránea.
Conviene mantener un matiz. Nadie puede observar el comportamiento de un animal extinguido, y los modelos de clasificación no son perfectos, pero Tametara quedó situada con una afinidad especialmente alta entre las especies excavadoras. La coincidencia entre distintas partes del cuerpo refuerza la conclusión.
La evolución no siguió una sola ruta
Durante décadas se debatió si el cuerpo largo y sin extremidades de las serpientes surgió primero para excavar, nadar o moverse sobre tierra firme. Tametara no resuelve la cuestión con una respuesta única. Más bien muestra que las primeras serpientes ya estaban probando formas de vida muy distintas hace unos 80 millones de años.
La comparación es reveladora. Tametara estaba especializada en el subsuelo, mientras que Dinilysia parece haber sido una especie de superficie, y otros fósiles del Cretácico proceden de ambientes marinos. Las transiciones entre esos hábitats ocurrieron varias veces y en ramas diferentes.
“Las primeras serpientes no siguieron una única trayectoria evolutiva”, explicó Simone Macrì, investigadora de la Universidad de Helsinki. En la práctica, esto significa que la pérdida de extremidades y el alargamiento del cuerpo no pueden atribuirse de forma sencilla a un solo escenario ecológico.
Lo que el fósil aún no cuenta
El ejemplar tampoco está completo. Los investigadores interpretan que carecía de extremidades anteriores, aunque la conservación de las costillas impide descartarlas con absoluta certeza, y no pueden saber si tenía patas traseras porque falta la zona posterior del cuerpo.
Tampoco hay pruebas directas sobre su dieta y no se conservaron los dientes, de modo que no puede determinarse si poseía veneno. Estas lagunas no restan valor al hallazgo, pero marcan la frontera entre lo que el fósil demuestra y lo que todavía sería especulación.
Hay menos de diez fósiles articulados de serpientes del Mesozoico conocidos, y antes de Tametara solo tres estaban preservados en tres dimensiones. Por eso, un animal pequeño hallado en una roca brasileña puede aportar tanta información como un esqueleto mucho más llamativo.
El estudio oficial se ha publicado en Nature.



