En 1825, el guayabo fresa (Psidium cattleyanum) llegó a Hawái desde los bosques atlánticos de Brasil. Se cultivó por su fruto aromático y como planta ornamental, pero terminó avanzando más allá de los jardines hasta convertirse en uno de los árboles invasores más abundantes del archipiélago. Dos siglos después, aquella decisión sigue creciendo dentro del bosque.
La conclusión de las investigaciones más recientes es clara. El árbol forma masas densas, reduce la entrada de luz y dificulta la recuperación de la vegetación nativa, mientras que el control manual resulta demasiado lento para las zonas remotas. Un estudio de 2025 aporta una salida práctica, ya que distribuir con drones un insecto específico que debilita al invasor fue casi cinco veces más rápido que hacerlo desde el suelo.
De frutal a invasor
El guayabo fresa no necesita un bosque arrasado para entrar. Tolera la sombra, produce muchos frutos y puede multiplicarse tanto por semillas como mediante nuevos brotes conectados a plantas ya establecidas. Las aves y los cerdos introducidos también dispersan sus semillas, lo que le permite avanzar por terrenos húmedos y difíciles de recorrer.
Desde arriba, todo puede parecer una alfombra verde y sana. Debajo ocurre otra cosa. Sus troncos se apiñan, el dosel deja pasar menos luz y la hojarasca y las raíces transforman el espacio donde deberían germinar y crecer especies propias de Hawái.
El bosque se queda sin hueco
La mejor medida del problema no procede de una fotografía aislada. Un equipo siguió durante 16 años, entre 2005 y 2020, cuatro parcelas de bosque lluvioso en la vertiente húmeda de la isla de Hawái. La densidad media pasó de 9562 a 26 595 tallos por hectárea, casi tres veces más.
Al principio, buena parte del avance procedía de tallos nacidos del suelo. A medida que la invasión se hizo más densa, los rebrotes surgidos de árboles ya instalados ganaron peso y mantuvieron el crecimiento de la población incluso bajo un dosel cada vez más cerrado. En la práctica, cortar una parte no siempre resuelve el problema, porque el árbol sabe volver.
Arrancarlo no basta
Los equipos de conservación llevan años cortando ejemplares y aplicando herbicidas en lugares prioritarios. Es útil en pequeñas áreas de gran valor, pero exige repetir el trabajo y mover personal por laderas, bosques densos y terrenos sin carreteras. El coste y el esfuerzo se disparan muy pronto.
¿Qué significa esto sobre el terreno? Que una cuadrilla puede limpiar un punto concreto y aun así dejar intacta una enorme reserva de árboles, semillas y raíces alrededor. Por eso los gestores buscaban una herramienta que llegara más lejos y redujera la capacidad del guayabo para rebrotar y producir fruto.
Un insecto muy específico
La respuesta elegida es Tectococcus ovatus, una pequeña cochinilla originaria de Brasil. El insecto forma agallas, unos bultos visibles en las hojas jóvenes, y obliga al árbol a gastar energía en esos tejidos. No está pensado para eliminarlo de golpe, sino para reducir su vigor y su reproducción y dar más opciones a la vegetación nativa.
Antes de su liberación se realizaron pruebas de especificidad. El Servicio Forestal de Estados Unidos informó de que no atacaba al ʻōhiʻa lehua, un árbol nativo fundamental en Hawái, ni al guayabo común cultivado por su fruta. T. ovatus se introdujo como agente autorizado de control biológico en 2012 y desde entonces se ha distribuido en distintos puntos del estado.
Los drones cambian la escala
Hasta estas pruebas, los técnicos colocaban hojas con agallas en las copas mediante tirachinas, lanzamientos manuales o pértigas extensibles. El estudio de 2025 comparó ese trabajo con un dron capaz de transportar cuatro pequeños atados de cuerda y hojas que contenían el insecto. La prueba se realizó sobre 129 árboles en la reserva forestal de Olaʻa.
El dron necesitó una media de 2,8 minutos por árbol, frente a los 12 minutos del método con pértiga. Redujo el tiempo un 77 % y, al cabo de un año, se detectaron agallas en el 63 % de los árboles tratados desde el aire, frente al 38 % de los tratados desde tierra. En palabras de los autores, «el despliegue aéreo es más rápido y eficaz que un método terrestre más tradicional».
Hay un matiz importante, porque la pértiga acertó más veces al dejar el paquete sujeto a la copa, pero el dron lo colocó más alto y cerca del centro del árbol. Esa posición parece facilitar que el insecto encuentre hojas nuevas donde instalarse. No es poca cosa.
Una ayuda, no una cura
Los investigadores también probaron plataformas de mayor capacidad y lanzamientos desde helicóptero. Además, utilizaron imágenes aéreas de muy alta resolución para localizar las agallas y seguir su expansión. Siete años después de una liberación realizada en 2017, todos los guayabos fresa fotografiados dentro de un radio de 200 metros en ese punto de estudio mostraban agallas.
Eso demuestra que el insecto puede establecerse y extenderse, pero no prueba todavía que el bosque nativo se haya recuperado por completo. El ensayo con drones fue limitado, el viento de los rotores puede desviar las cargas y los efectos ecológicos a largo plazo siguen bajo vigilancia. El propio Servicio Forestal continúa midiendo cómo cambia el crecimiento, la fructificación y la regeneración del bosque.
Lo que está en juego
El objetivo final no es dejar Hawái sin guayabos fresa de un día para otro. En el fondo, se busca frenar su ventaja para que árboles como el ʻōhiʻa lehua y el koa vuelvan a encontrar luz y espacio, sobre todo en bosques dañados donde la regeneración ya es difícil. Ganar tiempo también cuenta.
La historia deja una lección bastante cercana. Una planta atractiva en un jardín puede convertirse décadas después en un problema de paisaje, agua y biodiversidad cuando llega sin los controles de su hábitat original. Ahora la tecnología intenta corregir aquella vieja introducción, hoja a hoja y copa a copa.
El trabajo detalla la prueba con drones y las limitaciones que todavía deben resolverse.
El estudio más reciente ha sido publicado en el Journal of Economic Entomology.



