Las orenetes han vuelto a dar una pista muy valiosa sobre el aire que se respira en el Pallars Sobirà. El censo anual ha localizado 226 nidos ocupados en Sort y 103 en Esterri d’Àneu, una cifra que convierte a estos dos municipios en un pequeño termómetro de naturaleza urbana. No es poca cosa.
La lectura principal es sencilla. Donde el avión común, también llamado oreneta cuablanca, cría bien, suele haber insectos, menos presión de insecticidas, barro disponible y fachadas donde los nidos se respetan. Eso no sustituye a una estación de medición, pero sí ayuda a entender si un pueblo sigue siendo habitable para algo más que las personas.
Un censo que crece
En Sort se han contado 226 nidos ocupados, 5 en construcción y 335 sin actividad. En Esterri d’Àneu, el recuento ha dejado 103 ocupados, 1 en construcción y 46 sin uso. La foto fija es buena, pero lo importante está en la serie larga.
Esterri comenzó estos seguimientos en 2010 con 49 nidos ocupados, 5 en construcción y 6 inactivos. Sort los inició en 2017 con 165 ocupados, 13 en construcción y 65 sin actividad. La tendencia, por tanto, apunta hacia arriba.
Hay un matiz necesario. También ha aumentado la superficie revisada, con más cuadrículas de 200 por 200 metros en ambos municipios. Así que parte del crecimiento se explica porque ahora se mira más. Aun así, encontrar más colonias activas sigue siendo una noticia positiva.
El indicador alado
Marta Naharro i Via, profesora del Camp d’Aprenentatge de les Valls d’Àneu y colaboradora del ICO, lo resumió con una frase muy clara. «Si hay orenetes en un pueblo es que en su aire no hay insecticidas y contaminación y la calidad atmosférica es buena». Es una forma directa de explicar una relación ecológica que muchas veces pasa desapercibida.
Estas aves no leen sensores, pero sí responden al entorno. Si hay insectos voladores cerca, barro para construir y tranquilidad bajo los aleros, la colonia tiene opciones. Si faltan esas piezas, el nido se queda vacío.
El Projecte Orenetes del Institut Català d’Ornitologia recuerda que la abundancia de nidos depende de los edificios, del respeto humano y de las condiciones del entorno, incluida la calidad atmosférica y la disponibilidad de barro. En la práctica, el ave funciona como una señal viva del estado del pueblo.
Aire, barro e insectos
La oreneta cuablanca, Delichon urbicum, es un ave migratoria. En Cataluña llega a partir de la segunda mitad de marzo y los últimos ejemplares suelen observarse a finales de octubre. Durante ese tiempo cría en fachadas, puentes o paredes protegidas, muchas veces muy cerca de nosotros.
Su nido es una pequeña obra de ingeniería hecha con bolas de barro. Este año, según Naharro, las lluvias han ayudado porque han dejado más humedad en el suelo y más alimento disponible. Para un ave que necesita barro y mosquitos, ese detalle cambia mucho.
La dieta también explica por qué su presencia interesa a los vecinos. SEO BirdLife señala que el avión común come casi solo insectos voladores pequeños, sobre todo moscas, mosquitos y pulgones. No elimina todos los mosquitos de una plaza, claro, pero ayuda a mantener el equilibrio. Y eso se nota en verano.
No es una plaga
La presencia de muchas orenetes no debe confundirse con un problema de superpoblación. No funcionan como las palomas, que encuentran comida fácil en los residuos humanos. Estas aves dependen más de la calidad del aire, de los insectos y del entorno inmediato.
Naharro lo resume sin rodeos. «Cuantas más orenetes hay en un lugar, mejor». La frase encaja con lo que ocurre en Sort y Esterri, donde el aumento de nidos no se lee como una molestia, sino como una señal ambiental favorable.
La clave está en convivir con ellas. Un nido puede ensuciar algo una fachada, pero también cuenta que el pueblo todavía tiene vida silvestre. A veces, la biodiversidad aparece justo encima del balcón.
Ciencia ciudadana
En las observaciones participaron 36 alumnos de primero de ESO del instituto Hug Roger III de Sort y 33 estudiantes de tercero y cuarto de Primaria de la escuela La Closa de Esterri d’Àneu, acompañados por sus profesores. Es ciencia, sí, pero también es educación ambiental a pie de calle.
«Lo más bonito es poder trabajar la ciencia ciudadana con los niños», señaló Naharro. Y ahí hay una idea potente. Un alumno que aprende a contar nidos aprende también a mirar su pueblo de otra manera.
El Projecte Orenetes está diseñado para que pueda participar cualquier persona o colectivo sin conocimientos previos. Sus datos sirven para seguir la evolución de las poblaciones y conocer mejor qué necesita la especie para criar.
Los nidos no se tocan
Que el avión común esté clasificado como de «preocupación menor» no significa que sus nidos se puedan retirar sin más. SEO BirdLife recuerda que figura en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, aunque no en el Catálogo Español de Especies Amenazadas.
El Real Decreto 139/2011 incluye a Delichon urbicum dentro de ese listado. Además, la Ley 42/2007 prohíbe la destrucción o deterioro de los nidos de especies incluidas en este régimen. Dicho de forma sencilla, antes de tocar un nido hay que consultar con la administración competente.
¿Y si caen excrementos? El Projecte Orenetes propone colocar una repisa o tabla bajo el nido para recogerlos y evitar molestias en balcones, toldos o terrazas. No siempre hay que elegir entre limpieza y naturaleza.
La pista del Pallars
El buen dato del Pallars Sobirà no debería llevar a la euforia fácil. La presencia de estas aves depende de muchas piezas pequeñas, como no abusar de plaguicidas, conservar puntos de barro y respetar los nidos. El reloj de la biodiversidad urbana también se mueve en cosas sencillas.
La noticia deja una idea útil para cualquier pueblo. Si hay orenetes, probablemente hay alimento en el aire y un entorno que todavía no ha cerrado todas las puertas a la vida silvestre. No es una garantía absoluta, pero sí una señal que merece atención.
El seguimiento oficial de esta especie se ha publicado dentro del Projecte Orenetes del Institut Català d’Ornitologia.



