En 1920 científicos trasladaron 10 koalas a una isla en Victoria para salvarlos de los cazadores; un siglo después la población llegó a medio millón y el análisis de 418 genomas reveló algo que los biólogos no esperaban encontrar en su ADN

Publicado el: 25 de junio de 2026 a las 12:31
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Madre koala y su cría en un bosque de eucaliptos de Victoria, Australia, donde un estudio genético analizó 418 genomas.

Durante años, la genética de la conservación ha repetido una idea bastante sencilla. Cuando una población se queda en muy pocos animales, pierde diversidad genética, aumenta la endogamia y su futuro se complica. Con los koalas australianos, esa regla acaba de recibir un buen golpe.

Un nuevo estudio publicado en Science, basado en 418 genomas completos de koalas, no dice que la genética ya no importe. Dice algo más interesante. Algunas poblaciones que parecían muy dañadas sobre el papel muestran señales tempranas de recuperación genética, sobre todo en Victoria, donde muchos koalas actuales proceden de traslados históricos tras décadas de caza, incendios y pérdida de hábitat.



El cuello de botella

La historia empieza con una imagen difícil de olvidar. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, los koalas de Victoria estuvieron cerca de desaparecer por la caza de pieles, la destrucción del hábitat, los incendios y las enfermedades. No hablamos de una amenaza pequeña, sino de un golpe capaz de dejar poblaciones enteras reducidas a muy pocos ejemplares.

Para evitar el desastre, algunos koalas fueron llevados a islas como French Island y Phillip Island. Un estudio publicado en Heredity señala que French Island pudo fundarse con tan solo dos o tres individuos procedentes de Victoria continental. Es decir, una base genética diminuta para levantar una población entera.



Con el tiempo, aquella población creció muy rápido. De hecho, el Gobierno de Victoria explica que unos 40 000 koalas procedentes de estas zonas fueron trasladados a más de 250 lugares como parte de un plan de conservación. Ese movimiento ayudó a formar muchas de las poblaciones que hoy se ven en Victoria.

Lo que esperaban encontrar

La idea clásica era clara. Si una población nace de muy pocos animales, tendrá poca diversidad genética y más riesgo de acumular mutaciones dañinas. En conservación, eso se conoce como un cuello de botella, una especie de atasco genético que deja pocas opciones para adaptarse al futuro.

Por eso, durante años, los koalas del sur fueron vistos como un ejemplo de población comprometida. Tenían una historia de fundadores escasos, traslados repetidos y baja diversidad genética. Sobre el papel, parecía una mala combinación.

Pero los genomas han contado una historia con más matices. Los investigadores encontraron que algunas poblaciones históricamente empobrecidas están aumentando su tamaño efectivo y reduciendo parte de la carga de mutaciones perjudiciales. No es magia. Es evolución funcionando en tiempo real.

La sorpresa de Victoria

El hallazgo más llamativo está en Victoria. Allí, las poblaciones que habían pasado por cuellos de botella severos muestran señales de expansión y nuevas combinaciones genéticas gracias a la recombinación, el proceso natural por el que el ADN se reorganiza durante la reproducción. Dicho de forma sencilla, cada nueva generación baraja de nuevo las cartas.

El investigador Collin Ahrens, de Cesar Australia, lo resumió como una historia de «recuperación genética, no colapso». La frase importa porque cambia el enfoque. No basta con mirar una foto fija de la diversidad genética actual, también hay que mirar hacia dónde se mueve la población.

¿Significa esto que una población pequeña siempre puede recuperarse? No. El estudio no da barra libre a la destrucción del hábitat ni convierte la endogamia en algo sin importancia. Lo que muestra es que, si una población crece rápido y tiene espacio para expandirse, puede recuperar parte de su potencial evolutivo antes de lo que se pensaba.

No todos los koalas van igual

Aquí está el matiz que no conviene perder. Los koalas del norte de Australia, especialmente en Queensland, Nueva Gales del Sur y el Territorio de la Capital Australiana, siguen en una situación delicada. El Gobierno australiano los incluyó como especie en peligro bajo la ley ambiental nacional el 12 de febrero de 2022.

En esas zonas, las amenazas son mucho más visibles para cualquiera que haya visto una carretera atravesando un bosque. Pérdida y fragmentación del hábitat, atropellos, ataques de perros, enfermedades, incendios más extremos y cambio climático forman una mezcla difícil. El koala no solo necesita árboles, necesita bosques conectados y seguros.

En el sur ocurre casi lo contrario en algunos lugares. Victoria tiene poblaciones grandes y no están consideradas en peligro como las del norte, pero la sobrepoblación también causa problemas. Cuando hay demasiados koalas en un área, pueden comerse el hábitat hasta debilitar o matar árboles, y eso también acaba afectando a otros animales.

Qué cambia para la conservación

La lección principal es incómoda, pero útil. Medir solo la diversidad genética puede llevar a decisiones incompletas. Una población con poca diversidad puede estar recuperándose, mientras que otra con más diversidad puede estar perdiendo tamaño efectivo y acumulando problemas.

Andrew Weeks, director de Cesar Australia, lo explicó con una idea sencilla. «La evolución es dinámica». En la práctica, esto significa que los conservacionistas no deberían mirar solo cuánta diversidad genética hay hoy, sino también si la población crece, se estabiliza o se hunde generación tras generación.

Esto puede cambiar la forma de decidir dónde actuar primero. No se trata de abandonar a las poblaciones con poca diversidad, sino de entender mejor cuáles tienen margen de recuperación y cuáles necesitan medidas urgentes. A veces, el peligro real no está donde el número parece peor a primera vista.

Una lección más allá del koala

El caso de los koalas importa porque muchas especies del mundo han pasado por cuellos de botella parecidos. La caza, la urbanización, las enfermedades y el cambio climático han dejado poblaciones pequeñas en aves, mamíferos, anfibios y reptiles. Y en muchos casos, los gestores tienen que decidir rápido con información incompleta.

Este estudio ofrece una herramienta más para no equivocarse. La genética sigue siendo clave, pero no debe leerse como una sentencia cerrada. Es más bien una película en movimiento, con poblaciones que pueden caer, resistir o incluso empezar a reconstruirse si las condiciones acompañan.

Al final, unos koalas descendientes de muy pocos supervivientes están obligando a los científicos a mirar la extinción de otra manera. No como una línea recta, sino como un proceso con giros, riesgos y oportunidades. No es poca cosa.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Science.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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