Los biólogos no dan crédito: hallan la mayor colonia subterránea de abejas con 5,5 millones de especies bajo las lápidas de un cementerio

Publicado el: 22 de abril de 2026 a las 15:36
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Abejas solitarias emergiendo del suelo en un cementerio de Nueva York, colonia subterránea de Andrena regularis.

A simple vista, un cementerio es silencio, césped y lápidas alineadas. Pero en East Lawn Cemetery, en Ithaca (estado de Nueva York), el suelo cuenta otra historia porque un equipo de la Universidad de Cornell ha estimado que allí emergieron en la primavera de 2023 unos 5,56 millones de abejas silvestres de la especie Andrena regularis.

Lo llamativo no es solo el número, también el contexto. ¿Quién diría que una abeja que no forma colmenas puede concentrarse en apenas 6.523 metros cuadrados, un área menor de una hectárea? Para hacerse una idea, los autores comparan esa abundancia con reunir entre 140 y 270 colmenas de abeja de la miel en ese mismo espacio.



No es una colmena

Cuando oímos “millones de abejas”, solemos imaginar panales y una reina. Aquí no hay nada de eso, Andrena regularis anida en el suelo y cada hembra excava su propio nido, con celdas donde deja polen y néctar para las crías.

En el fondo, este estilo de vida es lo normal en muchas especies. Cornell recuerda que alrededor del 75% de las abejas son solitarias y anidan bajo tierra, por eso pueden pasar desapercibidas incluso en lugares muy transitados.



Su calendario va con el “modo primavera” al máximo. Esta especie pasa el invierno como adulta bajo el suelo y sale muy pronto, algo que la ayuda a coincidir con la floración del manzano y otros frutales, justo cuando todavía no hay muchas flores disponibles.

Cómo se pasa de “muchas” a millones

La chispa fue de lo más cotidiana. En 2022, la técnica Rachel Fordyce cruzaba el cementerio para ir a trabajar y entró al laboratorio con un tarro lleno de abejas, “están por todo el cementerio”, le dijo a su jefe.

A partir de ahí, el equipo montó un muestreo con trampas de emergencia, pequeñas estructuras de malla abiertas por abajo que se colocan sobre el suelo. Cada trampa cubría 0,36 metros cuadrados y conducía a los insectos a un bote, y como explicaba Danforth, con este sistema “capturas toda una comunidad de animales que sale del suelo”.

Los datos se recogieron entre el 30 de marzo y el 16 de mayo de 2023 con 10 trampas, y se registraron picos de salida en los días cálidos por encima de 20 °C. En ese periodo capturaron 3.251 insectos de 16 especies y Andrena regularis fue la dominante, con una densidad media de 852,78 abejas por metro cuadrado. Al extrapolar al área de la agregación, el resultado fue 5,56 millones, con un rango probable entre 3,1 y 8,0 millones, y Danforth lo resumió así en Scientific American, “me quedé totalmente asombrado cuando hicimos los cálculos”.

Una ciudad subterránea con “intrusos”

Un sitio con tantos nidos no es un mundo aislado, también atrae a parásitos y a otras especies que aprovechan la oportunidad. El estudio se centró en entender esa relación, no solo en contar abejas.

El principal “parásito de cría” fue Nomada imbricata, una abeja cuco que pone huevos en nidos ajenos. Con los mismos datos de densidad, los autores estimaron unas 77.914 Nomada emergiendo en esa primavera, una cifra pequeña comparada con la especie anfitriona, pero nada despreciable.

La parte tranquilizadora es que el parasitismo observado fue bajo. Nomada imbricata tuvo una tasa del 1,4%, y las tasas para otros parásitos detectados también fueron reducidas, como la mosca Myopa vicaria (0,959%) y el escarabajo Lytta aenea (0,477%). Los autores señalan que ese 1,4% está por debajo de medias descritas en revisiones de estudios similares, lo que sugiere un sistema bastante estable en el periodo analizado.

Por qué un cementerio puede ser un refugio

La clave está en el suelo y en la rutina, no en algo “mágico”. Danforth subraya tres factores que se repiten en este tipo de espacios, tranquilidad, pocos pesticidas y un terreno que rara vez se remueve a fondo.

En East Lawn, además, hay dos detalles que encajan como un guante. El equipo destaca el suelo arenoso, más fácil de excavar, y la cercanía de Cornell Orchards, a algo más de 500 metros, que ofrece flores de frutales al principio de la primavera.

También hay una historia larga detrás. Los registros de Cornell sitúan a Andrena regularis en ese cementerio al menos desde principios del siglo XX, y el estudio menciona datos de colección desde 1935, lo que abre la posibilidad de que la agregación lleve décadas instalada. El propio encargado del cementerio decía que “le daba pena tener que segar” en ciertas zonas por la cantidad de abejas y añadía que nunca le han picado, una pista interesante sobre convivencia y gestión.

Lo que deberíamos mirar en nuestras ciudades

Este descubrimiento pone el foco en un punto ciego muy común cuando hablamos de polinizadores. No basta con plantar flores, también hace falta suelo disponible y poco compactado para anidar, y eso choca con la costumbre de cubrirlo todo con césped perfecto, grava o adoquines.

En la práctica, esto afecta a parques, jardines y a esos rincones que a veces llamamos “espacios muertos”. Danforth lo dice sin rodeos, si no se preservan los sitios de nidificación y alguien los asfalta, “podríamos perder en un instante 5,5 millones de abejas” que polinizan cultivos y plantas silvestres. El equipo, además, ha impulsado un proyecto global de ciencia ciudadana para que cualquiera reporte agregaciones de abejas que anidan en el suelo.

Bajo nuestros pies puede haber mucho más de lo que parece, y la biodiversidad urbana no siempre está en lo vistoso, a veces está en lo que no se ve. No es poca cosa. 

El estudio científico más reciente sobre esta agregación de Andrena regularis se ha publicado en Apidologie.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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