Un diamante en bruto de 37,41 quilates, partido por dentro en dos mitades perfectas, una rosa intensa y otra totalmente incolora, se ha convertido en la nueva “estrella” de la mina de Karowe Diamond Mine, en el norte de Botsuana. No es solo una curiosidad para joyeros. Este cristal está dando a los geólogos una ventana directa a lo que ocurre a más de 150 kilómetros bajo nuestros pies, en el manto terrestre.
Qué tiene de especial este diamante bicolor
El diamante pesa 37,41 quilates y mide unos 24 por 16 por 14 milímetros, más o menos el tamaño de una uva grande. Fue recuperado en Karowe y enviado al laboratorio que Gemological Institute of America tiene en Gaborone, donde se está estudiando con técnicas no invasivas. Las primeras imágenes muestran una frontera interna casi plana, limpia, sin zonas de mezcla entre la parte rosa y la incolora, algo extremadamente raro en diamantes naturales.
Además, el cristal pertenece al Tipo IIa, una categoría de diamantes muy puros, con concentraciones de nitrógeno casi inexistentes. Esa “limpieza química” permite que los científicos se centren en la estructura del cristal y en las deformaciones que explican el color, sin el ruido de otras impurezas.
Hasta ahora se habían descrito otros diamantes con dos zonas de color, pero eran mucho más pequeños. La mayoría no llegaban a dos quilates y presentaban transiciones irregulares, bandas o manchas. Este ejemplar de Karowe, en cambio, combina un tamaño excepcional con un límite muy nítido entre ambas mitades, lo que lo convierte en un laboratorio natural perfecto para comparar dos historias de crecimiento en una sola piedra.
Cómo se vuelve rosa un diamante que nació incoloro
La gran pregunta es evidente. Cómo es posible que medio diamante sea rosa y la otra mitad siga siendo incolora si el material es casi químicamente idéntico.
Según el equipo del GIA, la clave está en la llamada deformación plástica. En términos sencillos, la red de átomos del diamante se “dobla” de forma permanente bajo enormes presiones tectónicas, sin llegar a romperse. Ese cambio altera la manera en que el cristal absorbe la luz y el resultado es el famoso tono rosa.
Los datos del laboratorio apuntan a una secuencia en dos actos. Primero se habría formado un diamante incoloro. Más tarde, un episodio de gran estrés geológico, posiblemente asociado a procesos de formación de montañas, deformó parte del cristal y generó la zona rosa. Después, en un ambiente más tranquilo, el crecimiento continuó y se añadió la sección incolora que hoy vemos pegada al “bloque” rosa. En la práctica, es como tener un antes y un después de un mismo diamante en una sola muestra.
Karowe, un yacimiento que no deja de sorprender
Karowe es ya conocida por su historial de hallazgos gigantes. De esta mina han salido, entre otros, el Motswedi de 2.488 quilates y el Boitumelo, un diamante rosa de 62 quilates, además de otros cristales que superan holgadamente los 1.000 quilates. Todo ello en una zona de corteza muy antigua, asociada al cratón de Kaapvaal, donde las intrusiones de kimberlita han servido de “ascensor” para que los diamantes lleguen a la superficie sin desintegrarse.
La empresa responsable de la explotación, Lucara Diamond Corp., presume de producir diamantes de Tipo IIa de alta calidad y de aplicar sistemas de recuperación que evitan triturar de forma prematura los cristales más grandes. Sin esa tecnología, es probable que este diamante bicolor hubiera terminado hecho añicos en una cinta transportadora, en vez de en una mesa de laboratorio.
De la belleza extrema al coste ambiental
Detrás de cada gema de portada hay una realidad menos fotogénica. La minería de diamantes a cielo abierto implica mover enormes volúmenes de roca, consumir mucha agua y energía y generar grandes cantidades de residuos minerales. Estudios recientes estiman que la extracción de un solo quilate puede remover decenas de metros cuadrados de terreno y producir toneladas de estériles, con riesgos asociados de erosión, pérdida de hábitat y contaminación de agua si la gestión no es adecuada.
En un país donde los diamantes aportan en torno a una tercera parte de los ingresos públicos y buena parte de las divisas, la presión para seguir explotando estos recursos es enorme. Los gobiernos de Botsuana y otros países productores llevan años debatiendo cómo compatibilizar esa dependencia económica con la necesidad de limitar el impacto ambiental y la huella de carbono de la minería.
Lucara asegura que en Karowe existe un plan de gestión ambiental, con programas de seguimiento de agua, residuos, biodiversidad y cierre de mina. Aun así, los expertos recuerdan que la mejor tecnología disponible reduce impactos, pero no los hace desaparecer, por lo que la transparencia de datos y la supervisión independiente son claves para valorar la verdadera sostenibilidad de cada yacimiento.
Una ventana al interior de la Tierra… y a nuestras decisiones
Este diamante mitad rosa mitad incoloro es, en buena medida, un archivo geológico en miniatura. Cuenta una historia de presiones inmensas, choques de placas y crecimiento lento en el manto, una historia que ayuda a entender cómo se forman algunos de los materiales más valiosos del planeta.
Pero también nos recuerda algo muy terrenal. Cada vez que una joyería expone una pieza única, detrás hay un paisaje modificado, emisiones asociadas y comunidades que dependen de esa actividad. La pregunta, al final, es cómo aprovechar el conocimiento que nos dan hallazgos como este para avanzar hacia una minería que sea realmente compatible con los límites ecológicos.
El análisis científico detallado de este diamante bicolor se ha publicado en el artículo Extraordinary Large Bicolor Natural Rough Diamond.







