Stephen Hawking nació el 8 de enero de 1942 y lanzó su aviso más incómodo, por qué la ilusión de saber nos destroza más que la ignorancia y cómo sus ideas sobre Big Bang y agujeros negros siguen reventando la física, con un guiño a Galileo

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Publicado el: 4 de marzo de 2026 a las 18:42
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Stephen Hawking en un retrato en blanco y negro durante los primeros años de su carrera científica.

La frase «El peor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento» circula a diario en redes junto a la imagen de Stephen Hawking. En plena crisis climática y ecológica, suena casi como un aviso directo a una humanidad que cree saberlo todo sobre cambio climático, reciclaje o energías renovables, pero que en la práctica sigue aumentando las emisiones y degradando ecosistemas.

Primero, un matiz importante. Investigaciones sobre el origen de esa cita señalan que la formuló el historiador Daniel J. Boorstin y que después se atribuyó de forma masiva a Hawking. Aun así, la idea encaja muy bien con la forma de pensar del físico británico, que defendía la humildad intelectual y desconfiaba de las verdades demasiado cómodas.

Hawking nació en Oxford en 1942, estudió en Oxford y Cambridge y convivió durante décadas con una esclerosis lateral amiotrófica que le fue paralizando el cuerpo, pero no la mente. Sus trabajos sobre el origen del universo, los agujeros negros y la relatividad lo convirtieron en una de las grandes figuras científicas del siglo veinte. Su biografía oficial recuerda cómo, tras el diagnóstico, decidió volcarse en la investigación y en la divulgación para acercar la cosmología a cualquier lector, incluso a quien nunca había abierto un libro de física.

¿Dónde entra aquí el medio ambiente. En los últimos años de su vida, Hawking fue muy claro sobre el riesgo de tratar el planeta como si fuera indestructible. En entrevistas y conferencias avisó de que «estamos en peligro de destruirnos a nosotros mismos por nuestra codicia y estupidez» y alertó de un mundo cada vez más contaminado y superpoblado, en el que seguimos mirando hacia dentro sin ver que el suelo que pisamos se debilita.

Los datos le dan la razón en buena medida. El último informe de síntesis del IPCC confirma que la temperatura media global ya ha subido alrededor de 1,1 grados respecto a la era preindustrial, debido sobre todo al uso de combustibles fósiles y a un modelo de consumo insostenible. La media puede parecer pequeña, pero detrás hay olas de calor más largas, incendios que se repiten verano tras verano y lluvias extremas que ya se sienten en barrios, campos y costas. Ese calor pegajoso que notamos en casa no es solo mala suerte.

Al mismo tiempo, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha alcanzado máximos históricos, por encima de las 420 partes por millón, con aumentos anuales que son los más rápidos desde que existen mediciones modernas. Significa que, aunque hablamos cada vez más de energías renovables, vehículos eléctricos o economía circular, el balance final de emisiones sigue subiendo. Creemos que lo tenemos controlado, pero la gráfica del CO2 cuenta otra historia.

Ahí es donde la «ilusión de conocimiento» se vuelve peligrosa. Pensamos que con reciclar unos envases, apagar alguna luz o instalar una bombilla eficiente ya hemos hecho nuestra parte. O que la tecnología, por sí sola, arreglará el problema mientras seguimos con la misma forma de producir y consumir. Sin embargo, los escenarios de organismos como el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente indican que, con las políticas actuales, el planeta se encamina a un calentamiento cercano a tres grados a final de siglo, muy por encima de lo que el Acuerdo de París considera mínimamente seguro.

Hawking insistía en algo más incómodo. En un artículo de opinión en el diario The Guardian describió este momento histórico como «el más peligroso en el desarrollo de la humanidad» y recordó que ya tenemos la tecnología para destruir el planeta, pero no para escapar de él. Añadía que solo tenemos un mundo habitable y que necesitamos cooperar para protegerlo, reduciendo desigualdades y cambiando la forma en que usamos la energía y los recursos.

¿Qué significa esto en la práctica para alguien que vive en la Unión Europea o en América Latina. Que no basta con saber que existe el cambio climático o con compartir titulares alarmistas. Hace falta contrastar fuentes, entender qué dicen realmente los informes científicos y exigir políticas que vayan más allá de los anuncios publicitarios verdes. También implica revisar nuestras certezas diarias, desde cómo nos movemos hasta qué ponemos en el plato, pasando por la factura de la luz y el origen de esa electricidad.

En el fondo, la frase sobre la ilusión del conocimiento, venga de Boorstin o se asocie ya para siempre a Hawking, es un aviso para cualquiera que hable de medio ambiente con demasiada seguridad. Nos recuerda que lo peligroso no es no saber, sino creer que ya sabemos suficiente como para no escuchar más. En un planeta que se calienta, con la biodiversidad en retroceso y los océanos cada vez más alterados, mantener la duda razonable y la curiosidad científica no es un lujo, es una forma de defensa.

El artículo de opinión en el que Stephen Hawking advertía de que vivimos «en el momento más peligroso del desarrollo de la humanidad» fue publicado en el diario The Guardian.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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