Japón ha dado un paso poco habitual en la carrera de las renovables. El 5 de agosto de 2025 arrancó en Fukuoka la primera planta de energía osmótica del país, instalada en el centro de desalación Mamizupia. La instalación aprovecha la diferencia de salinidad entre el agua de mar concentrada que sale de la desaladora y el agua depurada procedente del centro de tratamiento de Wajiro para mover una turbina y generar electricidad. Su potencia neta prevista ronda los 110 kW y la producción anual puede llegar a 880.000 kWh. Además, no hablamos de una simple prueba de laboratorio, sino de la segunda planta de este tipo que entra en operación en el mundo.
¿Va a sustituir mañana a los paneles solares o a los aerogeneradores? No. Tampoco va a cambiar por sí sola la factura de la luz de medio Japón. Pero sí enseña algo importante. Dos corrientes de agua que normalmente acabarían vertidas pueden convertirse en una fuente estable de energía. Según la documentación oficial del proyecto, la instalación aspira a una tasa de funcionamiento cercana al 90%, frente al 10% al 20% que el propio proyecto usa como referencia para la solar, y su producción equivale a la de paneles repartidos sobre dos campos de fútbol y, según el Gobierno japonés, al consumo anual de unos 300 hogares medios.
La idea, en el fondo, es más sencilla de lo que parece. Cuando dos aguas con distinta concentración de sal están separadas por una membrana que deja pasar el agua, pero no la sal, el agua menos salada tiende a cruzar hacia el lado más salado. Ese movimiento genera presión. Y esa presión puede hacer girar una turbina. En Fukuoka hay un detalle clave. La corriente salina no es agua de mar normal, sino salmuera concentrada de la propia desalación. El Gobierno de Japón explica que esa corriente ronda el 8% de sal, más del doble del agua marina habitual, y eso ayuda a extraer más energía del proceso.
Aquí entra la parte verdaderamente interesante. Fukuoka no tiene grandes ríos cerca y lleva años apoyándose en la desalación para asegurar el abastecimiento. Mamizupia funciona desde 2005 y puede producir unos 50.000 metros cúbicos de agua dulce al día, suficiente para alrededor de 250.000 personas. Por eso esta planta osmótica no solo habla de electricidad. También habla de cómo una infraestructura pensada para garantizar agua puede empezar a recuperar parte del valor energético de sus propios subproductos. Dicho de forma simple, agua y energía se dan la mano en el mismo sitio.
Eso sí, conviene bajar el ruido y mirar la letra pequeña. La propia agencia de aguas de Fukuoka ha fijado un periodo de pruebas de cinco años tras la puesta en marcha. Todavía queda trabajo en membranas, eficiencia y escalado. De hecho, el siguiente gran objetivo es usar agua de mar corriente, y no solo salmuera concentrada. Si ese salto se consigue, la tecnología podría extenderse a muchas plantas de tratamiento cercanas a la costa. «Un sistema así podría desplegarse en cualquier región densamente poblada con una desaladora y una depuradora cerca», explicó Tetsuro Ueyama, de Kyowakiden, al portal oficial del Gobierno de Japón.
Quizá esa sea la lectura más útil. Japón no ha encontrado una solución milagrosa que jubile a la solar y a la eólica. Lo que sí ha hecho es abrir una vía muy concreta para las zonas costeras con desalación, escasez de agua y necesidad de recortar emisiones. La primera referencia comercial llegó en Dinamarca en 2023 con una planta de 100 kW, y Fukuoka confirma ahora que esta energía osmótica empieza a salir del laboratorio para entrar, poco a poco, en el terreno real.
La información oficial más reciente sobre esta instalación ha sido publicada por el Gobierno de Japón.













