El cielo parece en calma, pero los números no invitan a dormirse. La propia estrategia de defensa planetaria de la NASA calcula que existen alrededor de 25.000 objetos cercanos a la Tierra de más de 140 metros, un tamaño suficiente para causar devastación regional si llegaran a impactar. Y aquí está el dato que importa. Un informe oficial más reciente, de 2025, señala que solo se ha localizado alrededor del 45 % de ellos. Eso deja fuera del catálogo a unos 14.000, aunque la cifra de 15.000 que ha circulado estos días sale de redondear estimaciones anteriores que hablaban de un 40 %.
¿Qué significa eso en la práctica para cualquiera que mire esto desde la Tierra y no desde un observatorio? Que no estamos hablando de un «mata planetas» como el del fin de los dinosaurios. Esos cuerpos de más de un kilómetro están detectados en su inmensa mayoría, cerca del 95 %, y la NASA no considera que haya hoy una amenaza significativa conocida para los próximos cien años o más. El agujero está en el tamaño intermedio, el bastante grande como para golpear muy duro y lo bastante discreto como para esconderse.
En la jerga popular se les llama «asesinos de ciudades», aunque la descripción técnica es más sobria. Son asteroides potencialmente peligrosos de unos 140 metros o más que pasan cerca de la órbita terrestre. Según la NASA, uno de este tamaño impacta la Tierra, de media, cada 20.000 años y puede provocar muertes a escala metropolitana o incluso estatal, según dónde caiga. No es poca cosa. Para hacerse una idea, el evento de Tunguska de 1908, con un objeto mucho menor, de entre 40 y 60 metros, devastó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque en Siberia.
El problema es que verlos no siempre es tan fácil como parece. Muchos son oscuros, reflejan poca luz y algunos se mueven en posiciones difíciles para los telescopios que observan desde tierra. En el fondo, por eso la NASA insiste tanto en mirar también en infrarrojo. Ahí entra NEO Surveyor, el telescopio espacial diseñado para detectar tanto asteroides brillantes como oscuros, precisamente los más escurridizos. La misión tiene previsto despegar no antes de septiembre de 2027 y, en sus cinco primeros años, busca encontrar al menos dos tercios de los objetos desconocidos de más de 140 metros.
No se parte de cero. En 2022, la misión DART golpeó de forma deliberada a Dimorphos para probar si era posible alterar la trayectoria de un asteroide. Y funcionó. La NASA confirmó después que el periodo orbital del objeto se acortó en más de 33 minutos, la primera demostración real de desvío de un cuerpo celeste. La lección es bastante clara. Si un asteroide se detecta con tiempo, hay opciones. Si aparece tarde, el margen se estrecha muchísimo.
Kelly Fast, responsable interina de defensa planetaria de la NASA, trabaja en un programa que la propia agencia resume con una frase muy directa, «finding them before they find us». Y suena casi a eslogan, pero no lo es. En la práctica, significa tener mejores telescopios, más seguimiento y más tiempo de reacción. Porque ahora mismo el mensaje tranquilizador sigue siendo este, no hay ningún asteroide conocido con una amenaza significativa para el próximo siglo. Pero también hay otro mensaje que conviene no perder de vista. Miles de rocas de ese tamaño siguen sin apellido, sin órbita cerrada y sin ficha completa.
El informe oficial más reciente sobre este asunto ha sido publicado por la Oficina del Inspector General de la NASA.











