La vieja central nuclear de Lemóniz, en Bizkaia, vuelve al mapa. No para producir electricidad, porque nunca llegó a funcionar, sino para convertirse en un gran polo acuícola dedicado a la cría de lenguado. El proyecto prevé una inversión público privada de 170 millones de euros en diez años, unas instalaciones de 46.600 metros cuadrados y una producción estimada de unas 3.000 toneladas anuales de pescado.
La idea suena potente, casi como un cambio de época. Donde antes se levantó una mole ligada al debate nuclear, ahora se quiere instalar una planta de acuicultura avanzada con tecnología de recirculación de agua. Pero la historia no viene sola. El Gobierno Vasco lo presenta como una apuesta por la economía azul y la seguridad alimentaria, mientras Greenpeace pide frenar el proyecto por sus posibles impactos sobre la costa cantábrica. Y ahí está la clave.
De central abandonada a granja marina
El proyecto se desarrollará en las instalaciones de la antigua central de Lemoiz, en la cala de Basordas. El emplazamiento tiene algo que no se encuentra todos los días, acceso directo al agua de mar, grandes estructuras ya levantadas y espacio suficiente para una actividad industrial de gran tamaño.
La empresa adjudicataria será Aquacría Basordas, vinculada a Sea Eight, la división acuícola del grupo Atitlan. Esta compañía ya trabaja con lenguado en instalaciones de España y Portugal, por lo que Lemoiz sería un salto de escala importante. No hablamos de una pequeña piscifactoría, sino de una planta pensada para cubrir todo el ciclo productivo.
En la práctica, esto significa que el complejo incluirá desde la eclosión y la cría larvaria hasta el engorde, la preparación, el tratamiento, la logística y la comercialización. Es decir, el pez entraría en el sistema casi desde el principio de su vida y saldría listo para llegar al mercado.
Una inversión de 170 millones
El Gobierno Vasco ha presentado la iniciativa como un proyecto estratégico para reforzar el sector alimentario de Euskadi. Según la información oficial, la inversión global estimada será de 170 millones de euros, repartida en tres fases durante los próximos diez años.
Las obras principales están previstas a partir de 2027. La primera cría de lenguados llegaría en 2029 y su salida al mercado se estima en torno a 2031, porque los ciclos biológicos de la especie no se pueden acelerar como si fueran una línea de montaje. La naturaleza tiene sus tiempos.
También se calcula la creación de cerca de 200 puestos de trabajo en perfiles técnicos, I+D, gestión y servicios auxiliares. Para una zona que lleva décadas viendo la silueta de la central como una herida industrial, no es un dato menor.
El papel de la tecnología RAS
Uno de los puntos más repetidos por los impulsores del proyecto es el uso de tecnología RAS. Dicho de forma sencilla, es un sistema que permite criar peces en tanques en tierra y reutilizar gran parte del agua después de tratarla.
Según el Gobierno Vasco, la futura planta incorporará tecnología avanzada de recirculación capaz de reutilizar hasta el 97% del recurso hídrico y depurar los efluentes. Además, se prevén sistemas de I+D para mejora genética, reproducción, nutrición, sanidad, bienestar animal y trazabilidad.
¿Qué significa esto para el lector? Que no sería una piscifactoría de jaulas abiertas en el mar, donde los residuos, los escapes o las enfermedades pueden generar más preocupación directa. A cambio, exige mucha tecnología, control del agua, energía y vigilancia constante. Si falla una pieza, el sistema se resiente.
Un proyecto con lectura ambiental
El discurso oficial habla de sostenibilidad, eficiencia y reutilización de una infraestructura sin actividad. En el fondo, la idea es convertir un espacio marcado por el pasado industrial en una instalación alimentaria moderna. Una especie de reciclaje territorial, aunque a gran escala.
El lehendakari Imanol Pradales defendió que el proyecto aspira a ser un referente internacional y que une I+D+i, talento y tecnología avanzada. También lo vinculó con la economía azul, la soberanía alimentaria, la descarbonización y la protección de la biodiversidad.
Pero conviene mirar con calma. Que un sistema use menos agua o se construya sobre un suelo ya transformado no lo convierte automáticamente en inocuo. Habrá que seguir los permisos, los controles ambientales, la gestión de efluentes, el origen de los piensos y el impacto real sobre el entorno. El papel lo aguanta casi todo. El mar, no tanto.
Greenpeace pide parar el plan
La reacción ecologista no ha tardado. Greenpeace ha pedido la retirada del proyecto y ha defendido que la zona debería restaurarse, no reconvertirse en una piscifactoría industrial. La organización sostiene que la iniciativa agravaría la presión sobre la costa cantábrica.
La ONG advierte de varios riesgos asociados a la acuicultura, entre ellos contaminación del agua, transmisión de enfermedades a especies silvestres, uso de sustancias químicas y presión sobre otras poblaciones marinas por la elaboración de piensos. También recuerda que el lenguado es una especie carnívora, lo que obliga a mirar de dónde sale su alimento.
Aquí está una de las grandes preguntas. ¿Puede una acuicultura en tierra reducir parte de los impactos tradicionales y, aun así, crear otros problemas? Sí, puede. Por eso el debate no debería quedarse en si el proyecto suena moderno o no, sino en qué controles reales tendrá y qué costes ambientales quedarán fuera de la foto.
Lo que está en juego en Lemoiz
Lemoiz no es un terreno cualquiera. Su antigua central nuclear forma parte de una memoria incómoda, con décadas de abandono, polémica energética y un paisaje costero muy transformado. Ahora se propone darle una segunda vida ligada a la alimentación. Es una imagen poderosa.
La iniciativa puede aportar empleo, actividad tecnológica y producción local de pescado. También puede abrir una discusión necesaria sobre qué entendemos por sostenibilidad cuando hablamos de alimentos de alto valor, criados en sistemas intensivos y destinados en buena parte a mercados exigentes. No todo lo verde es simple. Y menos cuando hay 170 millones sobre la mesa.
En cualquier caso, el proyecto Aquacría Basordas entra ahora en una fase en la que las cifras deberán convertirse en obras, permisos, controles y resultados medibles. Si cumple lo prometido, será una referencia para la acuicultura en tierra. Si no, Lemóniz volverá a ser un símbolo de grandes promesas difíciles de encajar en el territorio.
El comunicado oficial ha sido publicado por el Gobierno Vasco en Irekia.












