La Agencia Espacial Europea (ESA) ha recuperado el contacto con el satélite «Coronagraph» de la misión Proba-3, después de más de un mes sin comunicaciones. La reconexión, confirmada el 19 de marzo de 2026, evita que se pierda una misión diseñada para «fabricar» eclipses solares en el espacio.
El «Coronagraph» ya responde, está estable y en «modo seguro», pero aún no está fuera de peligro. El equipo está haciendo comprobaciones de salud para saber si el mes a la deriva, con frío extremo y poca energía, dejó daños en sistemas o instrumentos. En el fondo, lo que está en juego es poder observar la corona solar durante horas y entender mejor el «tiempo espacial» que afecta a nuestra tecnología.
Un fallo raro que dejó al satélite sin energía
El problema empezó el fin de semana del 14 al 15 de febrero de 2026, durante una operación rutinaria. La nave iba a hacer una maniobra de «descarga» de sus ruedas de reacción, un ajuste normal para evitar que estos giroscopios internos se saturen.
La investigación de la ESA apunta a un fallo muy improbable, dos eventos casi simultáneos que dejaron bloqueado un «semáforo» del software. En la práctica, es como si una luz roja se quedara fija y el sistema no pudiera completar tareas críticas, incluida la entrada automática en «modo seguro». La consecuencia fue que el satélite perdió orientación poco a poco, su panel solar dejó de mirar al Sol y la batería se descargó hasta entrar en modo de supervivencia.
El incidente además llegó en el peor momento. Ocurrió en una noche de domingo a lunes sin personal en el centro de control, porque desde junio de 2025 la misión estaba en operaciones rutinarias y autónomas.
La misión que fabrica eclipses en el espacio
Proba-3 funciona con dos satélites que vuelan en formación, el «Occulter» y el «Coronagraph». Uno lleva un disco de 1,4 metros que actúa como una «Luna» artificial y bloquea la luz directa del Sol, mientras el otro observa la corona desde la sombra. Para que esto salga bien, ambos deben mantener unos 150 metros de separación con precisión milimétrica.
La corona es un halo tenue que suele quedar tapado por el brillo del disco solar, por eso en la Tierra solo se ve bien durante eclipses totales y duran minutos. En órbita, Proba-3 puede crear eclipses «a demanda» durante hasta seis horas seguidas y aportar datos del viento solar y de las eyecciones de masa coronal.
Y esto sí tiene consecuencias aquí abajo. Esos fenómenos pueden provocar auroras bonitas, pero también interferencias en comunicaciones, navegación y redes eléctricas cuando la actividad solar se complica. No es poca cosa.
Cómo lo localizaron y por qué no era fácil
Cuando el «Coronagraph» dejó de responder, también se alejó del «Occulter». En ese momento no estaban volando en formación y estaban a unos 4 kilómetros de distancia, lo que complica cualquier «búsqueda» en el espacio.
Además, su órbita es muy elíptica y llega a unos 60.000 kilómetros de la Tierra, por encima de donde operan los satélites de navegación. Sin señales del propio satélite, los equipos combinaron estaciones de seguimiento con observaciones ópticas y radar para estimar dónde estaba y cómo giraba. Incluso el brillo del punto, que se hacía más tenue y luego más intenso, les sugería que la nave rotaba lentamente.
El momento en que volvió a «llamar a casa»
Con esa información, la estrategia era intentar enviar comandos justo cuando el panel solar apuntara al Sol y el receptor tuviera energía suficiente para escuchar. Si alguna vez se te ha apagado el móvil y has buscado un enchufe, la lógica es parecida, pero a decenas de miles de kilómetros.
La ESA confirmó que su estación de Villafranca (Madrid) recibió telemetría del «Coronagraph» el 19 de marzo. Esa telemetría incluye datos de temperatura, voltajes y estado general de los sistemas.
El director general de la ESA, Josef Aschbacher, habló de un «milagro» al explicar que aprovecharon un breve momento en el que la luz solar volvió a incidir en los paneles. Y el responsable de misión, Damien Galano, lo resumió así, «Hearing back from the Coronagraph is amazing news, and a great relief!».
Qué toca ahora y la parte menos visible de la historia
Que el satélite haya vuelto no significa que todo esté hecho. Tras un mes expuesto a frío extremo, los sistemas necesitan tiempo para calentarse y el equipo debe revisar con calma cada dato antes de reactivar instrumentos sensibles. Es el tipo de recuperación que, aunque suene muy espacial, protege una infraestructura de la que dependen servicios meteorológicos y ambientales.
También hay una lectura de sostenibilidad espacial. La ESA recuerda que, incluso en el peor escenario, ambas naves están diseñadas para reentrar en la atmósfera en unos cuatro años, según el plan original, para no convertirse en basura espacial permanente. En un mundo que depende cada vez más de satélites para meteorología, navegación o seguimiento ambiental, esa parte cuenta, aunque no salga en titulares.
El comunicado oficial se ha publicado en la web de la Agencia Espacial Europea (ESA).










