Un grupo de pescadores recreativos salió a pescar frente a San Cristóbal, en Gran Canaria, y acabó topándose con un visitante casi imposible. A unos 900 metros de profundidad capturaron de forma accidental a un tiburón duende (Mitsukurina owstoni), lo documentaron con fotos y vídeo y lo devolvieron al mar con vida.
La captura fue en mayo de 2024, pero la noticia científica ha llegado ahora con el sello de la revisión por pares. Investigadores de la Universidad de La Laguna han confirmado que es el primer registro de un ejemplar vivo en aguas canarias, un dato que rellena un vacío en el Atlántico centro oriental y vuelve a poner el foco en una realidad incómoda, del océano profundo sabemos menos de lo que creemos.
Una captura convertida en ciencia
El encuentro ocurrió el 4 de mayo de 2024 durante una salida de pesca recreativa. El tiburón, de alrededor de 2,5 metros, fue capturado a 9,5 kilómetros de la costa y, tras ser manipulado y documentado, fue liberado con vida.
En el estudio se precisa que se pescó con caña y carrete, y que se usó caballa y calamar como cebo. La interacción con el animal duró en torno a 10 o 15 minutos y, tras cortar el sedal, los observadores lo vieron nadar hacia abajo sin lesiones externas visibles.
Este detalle importa, y mucho. En especies de aguas profundas que suelen crecer despacio, una captura accidental puede sumar presión sin que nos demos cuenta. Por eso, cuando un avistamiento se documenta bien y se publica, la ciencia gana una pieza que antes no tenía, y se nota.
Así es el tiburón duende
Es difícil confundir a un tiburón duende con cualquier otra cosa. El equipo describe un hocico aplanado y alargado, mandíbulas protrusivas con dientes largos y afilados, ojos pequeños sin membrana nictitante y un cuerpo flácido, casi blando.
El ejemplar canario fue identificado de forma provisional como hembra por la ausencia de claspers, los órganos copuladores de los machos. Y, por tamaño, encaja en el perfil de subadulto, ya que el propio artículo sitúa la madurez por encima de 4 metros en hembras y por encima de 2,6 metros en machos.
No es un «fósil» en el sentido literal, pero sí nos conecta con un linaje muy antiguo. El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos recuerda que es la única especie viva de su familia, una línea evolutiva que se remonta unos 125 millones de años.
Un registro cada muchos años
Desde que la especie se describió a finales del siglo XIX, los científicos han ido sumando casos con cuentagotas. La Universidad de La Laguna lo resume así, «hasta la fecha, se han documentado menos de 250 individuos» en todo el mundo.
Esa cifra no significa necesariamente que queden solo 250 tiburones duende en el océano. Significa, sobre todo, que el encuentro entre humanos y este animal es rarísimo, porque vive donde la luz no llega y porque no se investiga de forma sistemática todo ese territorio.
Aquí entra un matiz que conviene no perder. Una ficha de evaluación usada en gestión pesquera recoge que, a escala global, el tiburón duende figura como «preocupación menor» en la Lista Roja de la UICN, pero también advierte que el conocimiento sobre la especie es limitado y que la expansión de pesquerías de profundidad podría aumentar el riesgo.
Canarias como refugio
¿Por qué aparece aquí un animal tan esquivo? Los investigadores explican que el hallazgo «subraya la importancia ecológica de los hábitats de aguas profundas en Canarias», que pueden actuar como refugio para tiburones y otros elasmobranquios.
El contexto ayuda a entenderlo. El estudio menciona la ausencia de arrastre de fondo desde la década de 1980 y la limitada actividad pesquera dirigida a tiburones profundos como factores que podrían haber reducido la presión en profundidad, aunque la captura incidental con artes pasivas sigue existiendo.
Y hay otra pista que no conviene pasar por alto. En las laderas insulares canarias se conocen al menos 20 especies de tiburones asociadas a profundidades superiores a 200 metros, una diversidad que apunta a que el inventario de lo que vive ahí abajo aún no está completo.
Un mapa que cambia
Hasta ahora, los registros del Atlántico nororiental se concentraban en zonas como Galicia, Madeira, Portugal, Marruecos o el golfo de Vizcaya. Este nuevo caso confirma su presencia en el entorno canario y rellena un vacío en el Atlántico centro oriental que no estaba bien documentado.
El ejemplar de Gran Canaria encaja, además, en un patrón curioso. En el Atlántico oriental predominan juveniles y subadultos, mientras que en el Atlántico occidental se han descrito adultos de mayor tamaño, y las causas de esa segregación siguen sin estar claras.
En la práctica, esto significa que cada registro añade información, pero también preguntas. ¿Se trata de una zona de crecimiento, de paso, de alimentación, o simplemente de una parte del océano que casi no hemos observado con detalle? El reloj de la ciencia, aquí, avanza a base de casualidades.
Si vuelve a pasar
El caso de Gran Canaria deja una lección bastante sencilla. A veces, un móvil y un poco de cuidado a bordo valen casi tanto como una campaña oceanográfica, porque permiten documentar especies difíciles de estudiar.
Si alguien se encuentra con un tiburón raro en una captura accidental, hay algunas prácticas prudentes que ayudan. Reducir el tiempo de manipulación, evitar levantar al animal más de lo imprescindible, registrar de forma clara la ubicación aproximada y la profundidad, y priorizar la devolución al mar si el ejemplar está vivo. No es poca cosa.
También es útil avisar a entidades científicas o ambientales locales para que el registro no se pierda. Como recuerda el propio trabajo, estos entornos están poco estudiados y requieren más exploración y seguimiento para entender qué especies viven ahí y cómo les afectan nuestras actividades.
El estudio ha sido publicado en Springer Nature.







