Un micrófono a 891 metros de profundidad frente a Monterey escuchó durante seis años a las ballenas jorobadas y azules, y los días con canto de las jorobadas se duplicaron mientras los de las azules subían y bajaban al ritmo del kril

Publicado el 25 de septiembre de 2026 a las 12:37
Síguenos
Una ballena jorobada salta fuera del agua en el océano

A 891 metros de profundidad, frente a la bahía de Monterey (California), un micrófono submarino ha registrado una diferencia llamativa entre dos gigantes del océano. Durante seis años, el canto de las ballenas jorobadas apareció en una proporción cada vez mayor de días. El de las azules tuvo subidas y bajadas relacionadas con la disponibilidad de comida.

La investigación, dirigida por John P. Ryan, del Instituto de Investigación del Acuario de la Bahía de Monterey (MBARI), apunta a una ventaja de las jorobadas cuando cambia el océano. Pueden alternar entre pequeños crustáceos y peces, mientras que las azules dependen del kril. Esa flexibilidad ayuda a interpretar lo que recogieron las grabaciones tras una importante ola de calor marina.

Seis años bajo el agua

El instrumento es un hidrófono, un micrófono diseñado para escuchar bajo el agua. Está conectado al observatorio MARS, cuyo cable de 52 kilómetros lleva electricidad y transmite datos hasta tierra, permitiendo seguir la actividad marina durante largos periodos.

Entre julio de 2015 y junio de 2021 se obtuvieron registros en 2.111 de los 2.192 días del periodo, aproximadamente el 96 %. Para el análisis se seleccionaron 2.051 días que tenían grabaciones de, al menos, el 75 % de la jornada. La cobertura fue muy amplia, aunque hubo interrupciones.

El equipo empleó inteligencia artificial para reconocer los cantos de las jorobadas y métodos de análisis de energía sonora para las azules y los rorcuales comunes. Después comprobó los resultados mediante representaciones visuales del sonido revisadas manualmente. Así pudo comparar años completos con criterios consistentes para cada especie.

Dos caminos distintos

Las grabaciones comenzaron durante la ola de calor marina de 2014 a 2016, que alteró la disponibilidad de alimento en el Pacífico nororiental. En el primer año del estudio, la detección del canto fue la más baja de la serie en las tres especies analizadas.

En las jorobadas, el porcentaje de días con canto pasó del 34 % al 76 % entre el primer y el sexto año, con aumentos sucesivos. Es más del doble, pero la cifra mide días con detecciones. No significa que se duplicara la población.

Las azules siguieron otra trayectoria. Su canto se detectó más durante los tres primeros años, disminuyó en los dos siguientes y volvió a aumentar en el sexto. Ese recorrido, con altibajos, encajaba mejor con los cambios en el kril que una supuesta pérdida progresiva de sus cantos.

La ventaja de cambiar de menú

El kril está formado por pequeños crustáceos parecidos a diminutas gambas. Las ballenas azules del Pacífico Norte oriental se especializan en capturarlos, por lo que encontrar suficientes concentraciones de estas presas resulta esencial para alimentarse.

Las jorobadas tienen más opciones. Además de kril, consumen peces que forman bancos, como anchoas y sardinas, y pueden cambiar de presa según lo que abunde. Cuando el kril volvió a escasear durante la segunda mitad del estudio, la abundancia de anchoas les ofreció una alternativa.

¿Cómo comprobaron que ese cambio llegaba al plato? Los investigadores analizaron señales químicas del carbono y el nitrógeno en pequeñas muestras de piel, que aportan pistas sobre la dieta. Los resultados fueron compatibles con una alimentación más centrada en peces entre las jorobadas y con una búsqueda de kril por zonas más amplias entre las azules.

Lo que el canto permite saber

Escuchar más a una especie puede tener varias explicaciones. Puede haber más animales cerca del micrófono, quedarse más tiempo en la zona o dedicar más tiempo a cantar. Por eso, el equipo combinó el sonido con observaciones, fotografías de individuos y datos sobre sus presas.

La explicación alimentaria fue la más consistente a lo largo del periodo, aunque no permite atribuir cada cambio a una única causa. Si una ballena necesita recorrer más distancia para comer, podría pasar menos tiempo dentro del alcance del hidrófono o disponer de menos tiempo y energía para cantar.

MBARI aclaró el 18 de agosto de 2025 que el estudio no había demostrado que las ballenas azules estuvieran quedándose en silencio por el cambio climático. Lo observado fueron fluctuaciones del canto asociadas a la disponibilidad de alimento. Ese matiz evita convertir una señal ecológica en una conclusión que los datos no sostienen.

Escuchar para proteger

“A medida que cambia el océano, algunas especies se verán más afectadas que otras”, explicó Ryan en el comunicado de MBARI. La distinta capacidad para cambiar de alimento ayuda a entender por qué dos ballenas que comparten aguas pueden responder de forma diferente.

Mantener esta escucha permite estudiar cambios que una salida puntual en barco difícilmente recogería por sí sola. Su valor aumenta al combinarla con información sobre el alimento y la presencia de animales, para interpretar qué ocurre bajo la superficie.

El trabajo aporta una herramienta para investigar cómo responden las ballenas a cambios en su entorno. El estudio completo fue publicado el 26 de febrero de 2025 en PLOS ONE.

Imagen: National Marine Sanctuaries / Wikimedia Commons (dominio público)

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

Deja un comentario