Una franja de paneles fotovoltaicos avanza por el borde norte del desierto de Kubuqi, en la región china de Mongolia Interior. El corredor previsto tendrá unos 400 kilómetros de largo, una anchura media de 5 kilómetros y una capacidad máxima de 100 gigavatios en 2030, mientras que la información oficial más reciente sitúa ya la potencia construida por encima de los 10 gigavatios.
Las imágenes de los satélites Landsat muestran el cambio con claridad, pero conviene separar la fotografía del titular fácil. Los paneles se distinguen en observaciones tomadas desde la órbita terrestre, aunque eso no demuestra que un astronauta pueda verlos a simple vista desde la Estación Espacial Internacional. Lo importante está abajo, en una obra que busca producir electricidad y frenar el avance de la arena al mismo tiempo.
Una muralla que no es una pared
El nombre de «Gran Muralla Solar» puede llevar a imaginar una fila continua de módulos, pero el proyecto funciona de otra manera. Se trata de un corredor con varias bases energéticas, tendidos eléctricos, zonas de vegetación y espacios destinados a fijar las dunas a lo largo del territorio de Ordos.
Si se multiplican sus dimensiones previstas, la franja ocupa una superficie teórica cercana a los 2.000 kilómetros cuadrados. Eso no significa que cada metro vaya a quedar cubierto de paneles. Habrá huecos, caminos, instalaciones auxiliares y terrenos dedicados a la restauración ecológica.
Lo que ya está construido
En junio de 2026, medios oficiales chinos informaron de que Ordos ya había instalado más de 10 gigavatios fotovoltaicos dentro del cinturón de control de la desertificación. La misma información calculaba que el modelo solar había contribuido al tratamiento de unas 800.000 mu de terreno, equivalentes a cerca de 53.000 hectáreas. No es poca cosa.
Los satélites también permiten medir la velocidad del cambio. Un estudio publicado en Ecological Frontiers estimó que la superficie fotovoltaica cartografiada en Kubuqi pasó de 11,14 kilómetros cuadrados en 2017 a 137,21 en 2024, con un salto especialmente fuerte durante el último año analizado.
¿Puede alimentar Pekín?
La meta para 2030 es alcanzar 100 gigavatios y producir alrededor de 180.000 millones de kilovatios hora al año. Como referencia, Pekín consumió 135.800 millones de kilovatios hora en 2023, por lo que el balance anual previsto superaría esa demanda. Sobre el papel, las cuentas salen.
Pero una potencia máxima no equivale a electricidad constante. De noche no hay producción solar y las nubes reducen la generación, por lo que hacen falta líneas de muy alta tensión, una red capaz de equilibrar la oferta y fuentes que respondan cuando el sol baja. Y ahí aparece la parte menos fotogénica.
Carbón dentro del proyecto
Una de las grandes bases situadas en la zona central de la muralla tendrá 16 gigavatios. El diseño anunciado incluye 8 gigavatios solares, 4 eólicos y otros 4 de apoyo mediante carbón, de modo que esta parte concreta no será completamente renovable.
La empresa responsable calcula que la base enviará unos 40.000 millones de kilovatios hora al año a la región de Pekín, Tianjin y Hebei, con más de la mitad procedente de fuentes limpias. También estima una reducción anual cercana a 16 millones de toneladas de CO2, aunque ese resultado dependerá del funcionamiento real y del uso efectivo del respaldo fósil.
Paneles contra la arena
Hong Guangyu, investigador de la Academia de Ciencias Forestales de Mongolia Interior, resume el mecanismo con una idea sencilla. «Los paneles aportan sombra, reducen la evaporación y frenan el viento». Así se conserva algo más de humedad y las plantas fijadoras de arena tienen mejores condiciones para crecer.
En la práctica, el modelo combina electricidad arriba, vegetación debajo y, en algunas zonas, agricultura o ganado entre las filas. No convierte el desierto en un jardín de un día para otro, pero puede reducir el movimiento de las dunas y aliviar ese polvo que termina en carreteras, pueblos y ciudades.
Aun así, colocar paneles no garantiza por sí solo una mejora ecológica. La investigación científica también advierte de que las excavaciones, el pilotaje y el paso de maquinaria pueden compactar el suelo, ocupar matorral y fragmentar el paisaje. El resultado depende del diseño, del agua disponible y de un seguimiento ambiental serio.
El caballo solar
En medio de esta cuadrícula aparece una figura inesperada. La central Junma utiliza alrededor de 196.000 paneles para dibujar un caballo al galope y obtuvo un récord Guinness como la mayor imagen creada con módulos solares.
La instalación se terminó en 2019 y se ha convertido en la parte más reconocible del proyecto. Según la NASA, genera cerca de 2.000 millones de kilovatios hora al año, una cantidad equivalente al consumo eléctrico anual de entre 300.000 y 400.000 personas. Bonita, sí. Pero también trabaja.
Lo que falta por resolver
Mantener una infraestructura así en un desierto exige limpiar polvo, proteger equipos, gestionar el agua y transportar la electricidad hacia grandes centros urbanos. En una de las bases se utiliza agua tratada procedente del drenaje de minas cercanas para lavar los paneles y regar la vegetación, una solución práctica que tendrá que vigilarse para evitar nuevos impactos.
El objetivo de 100 gigavatios sigue lejos de los más de 10 ya construidos. Por eso, la gran prueba no será la fotografía desde el espacio, sino cuánta electricidad limpia entrega realmente, cuánto carbón necesita, cuánta agua consume y si la vegetación se mantiene con los años. Ahí se decidirá si esta muralla es solo gigantesca o también sostenible.
La información oficial más reciente sobre el avance de la obra ha sido publicada por Xinhua Daily Telegraph.
Las imágenes comparativas del crecimiento de los parques pueden consultarse en el Observatorio de la Tierra de la NASA.
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