Ötzi, el famoso hombre de los hielos, parecía una historia casi cerrada. Sabíamos que fue asesinado hace unos 5300 años, que apareció en 1991 en los Alpes de Ötztal y que hoy se conserva en una cámara fría del Museo Arqueológico del Tirol del Sur, a -6 °C y con una humedad del 99 %. Pero su cuerpo todavía guardaba una sorpresa muy pequeña y muy incómoda para la ciencia.
Un nuevo estudio ha analizado su microbioma y apunta a algo clave. La momia no es un objeto detenido en el tiempo, sino un ecosistema donde conviven bacterias antiguas, microbios del glaciar y microorganismos llegados durante décadas de conservación. El hallazgo más delicado está en unas levaduras adaptadas al frío que podrían seguir ahí, latentes o activas, y que obligan a mirar la conservación de Ötzi con otros ojos.
La momia no está quieta
La investigación ha identificado tres grandes huellas microbianas en Ötzi. Por un lado, aparecen restos de su microbioma interno, incluidos microbios intestinales propios de una persona de la Edad del Cobre. Por otro, hay organismos vinculados al hielo que lo protegió durante milenios y también señales de microbios modernos introducidos tras su descubrimiento.
La clave está en separar esas capas. No es lo mismo una bacteria que vivía en su intestino antes de morir que una levadura que llegó desde el glaciar o un microbio que pudo aparecer después, en el museo. Frank Maixner, de Eurac Research, lo resume con una frase muy clara. Ötzi «no es una reliquia estática».
¿Qué significa esto en la práctica? Que incluso una momia congelada puede tener una vida microscópica propia. No una vida como la entendemos en una persona, claro, sino un conjunto de organismos capaces de resistir, adaptarse y quizá aprovechar pequeños cambios en su entorno.
El hallazgo más inquietante
Los científicos encontraron levaduras psicrófilas, es decir, hongos capaces de vivir en condiciones de frío extremo. Entre ellas aparecen Glaciozyma watsonii, Mrakia robertii, Phenoliferia glacialis y una especie del género Goffeauzyma. Algunas están emparentadas con microorganismos de regiones tan frías como el Ártico o la Antártida.
Lo más llamativo no es solo que estén ahí. Al comparar muestras de piel tomadas en 2010 y 2019, el equipo observó cambios en la composición de esas levaduras, con más presencia de Glaciozyma en la muestra más reciente. Dicho de forma sencilla, el ecosistema microbiano de la piel de Ötzi no parece haberse quedado completamente parado.
Y aquí llega la parte que preocupa a los conservadores. El estudio detectó genes relacionados con enzimas capaces de degradar sustancias como proteínas, grasas e incluso colágeno, una pieza esencial de la piel y del tejido conectivo. No quiere decir que la momia se esté deshaciendo de golpe. Pero sí que existe un riesgo biológico latente.
Una ventana al intestino antiguo
No todo el hallazgo habla de peligro. El microbioma interno de Ötzi también ofrece una pista muy valiosa sobre cómo eran los humanos antes de la vida industrial. Los investigadores hallaron bacterias intestinales anaerobias y taxones antiguos que se parecen más a comunidades humanas no occidentalizadas que a las de muchas personas actuales.
Esto importa porque nuestro intestino también cuenta una historia ambiental. La dieta, los antibióticos, la higiene, los alimentos ultraprocesados y la vida urbana han cambiado mucho nuestra microbiota. En el cuerpo de Ötzi, en cambio, aparece una especie de foto antigua del intestino humano.
No es poca cosa. Cada muestra permite comparar el pasado con el presente y entender mejor qué se ha perdido o transformado en la relación entre seres humanos y microbios. Ötzi no solo habla de arqueología. También habla de salud, alimentación y evolución.
El frío no lo frena todo
Durante años, la conservación de Ötzi ha buscado imitar las condiciones del glaciar. La cámara fría mantiene el cuerpo a -6 °C, con humedad alta, y el museo controla de forma continua su estado. Es una solución precisa, casi de relojero, porque una momia húmeda necesita evitar tanto la desecación como la degradación.
Pero el nuevo trabajo recuerda algo importante. El frío bloquea a muchos organismos, pero no necesariamente a todos. Algunas levaduras y bacterias especializadas pueden aguantar temperaturas bajo cero y mantener una actividad muy lenta o permanecer preparadas para reactivarse cuando las condiciones lo permitan.
Además, hay un detalle incómodo en la historia de conservación. Tras el hallazgo de Ötzi se usó fenol para frenar el crecimiento de hongos. Ahora, los investigadores han visto que algunos microbios tienen capacidad genética para degradar ese compuesto, lo que sugiere que una medida pensada para proteger la momia pudo favorecer, al menos en parte, a organismos capaces de aprovechar ese ambiente.
Qué toca ahora
La directora del Museo Arqueológico del Tirol del Sur, Elisabeth Vallazza, ha señalado que las condiciones actuales son «muy estables hoy en día». También recalca que el seguimiento microbiológico es constante, aunque admite que harán falta más investigaciones y esfuerzos de conservación para preservar a Ötzi durante muchas generaciones.
La lectura no debe ser alarmista. Ötzi no está en peligro inmediato por una invasión visible de hongos. Lo que cambia es la forma de entender su conservación. El enemigo no siempre se ve, no siempre avanza rápido y no siempre responde como se esperaba a las medidas tradicionales.
El siguiente paso pasa por vigilar mejor qué microbios están vivos, cuáles están dormidos y cuáles solo dejaron ADN antiguo. Para eso, los autores plantean nuevas técnicas de seguimiento y muestreos poco invasivos, como estudiar el agua de descongelaciones controladas. En una momia tan valiosa, cada gesto cuenta.
Ötzi sobrevivió a más de cinco milenios de hielo y a tres décadas de vigilancia moderna. Ahora sabemos que su conservación no depende solo de la temperatura, sino también de una comunidad microscópica que viajó con él desde el pasado.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Microbiome.









