El mar lleva años cargando con el papel de “cajón desastre” del planeta. Pensamos en botellas, redes y microplásticos en el fondo, pero en la costa oeste de Suecia está creciendo otra idea, cultivar macroalgas para alimentar una industria menos dependiente del petróleo.
La clave está en el kelp de azúcar (Saccharina latissima) y en un proyecto que quiere llevarlo del agua a la fábrica con reglas claras. Seaweed Materials Initiative, codirigido por Axfoundation y la Universidad de Lund, arranca con socios de producción y de industria (entre ellos Volvo Cars) y con un grupo de referencia en el que participa Inter IKEA, en un periodo previsto de 2026 a 2028.
Kelp de azúcar el candidato nórdico
El kelp de azúcar es una macroalga parda de aguas frías, típica del Atlántico norte. Axfoundation señala que en Suecia se cultiva sobre todo en la costa oeste, donde la salinidad es suficiente para que esta especie prospere.
Lo interesante es lo que no necesita. No ocupa suelo agrícola ni consume agua dulce, y la literatura científica destaca que el cultivo de algas no depende de fertilizantes, antibióticos o pesticidas como ocurre en otros sistemas intensivos.
En la práctica, se cultiva con sistemas de longline, líneas ancladas en el mar donde se fija el alga y se recoge biomasa cada año. Manuales y revisiones describen que en climas fríos estas líneas suelen instalarse en otoño, pasan el invierno en el agua y se cosechan a comienzos de primavera.
La pieza que faltaba en Europa
Aquí viene el problema de fondo. Axfoundation admite que, aunque crece el interés por estas macroalgas, Europa todavía no tiene estándares ni cadenas de valor completas para procesarlas y venderlas a gran escala, por eso gran parte de la demanda se cubre con importaciones.
Una perspectiva científica publicada en 2025 pone números a esa desigualdad y también a la prisa por recortarla. Asia cultiva el 99 por ciento de las algas comercializadas, mientras la Comisión Europea se ha marcado metas para 2030 que hablan de 8 millones de toneladas, un mercado valorado en 9.000 millones de euros y hasta 85.000 empleos potenciales, aunque los autores avisan de que el salto debe respetar límites ecológicos.
Seaweed Materials Initiative nace para ordenar ese salto con un enfoque muy práctico. Su plan incluye un marco inicial de estandarización para clasificar la calidad del kelp, optimizar procesos de refinado y fraccionamiento y desarrollar dos o tres prototipos con potencial comercial. La responsable del proyecto en Axfoundation, Amelie Silfverstolpe, lo resume así “los materiales marinos de base biológica producidos localmente pueden jugar un papel importante en flujos circulares”.
Del alga al material
Cuando se habla de “hacer materiales” con kelp, no se trata de secarlo y ya está. La idea se parece más a una biorrefinería, separar la biomasa en fracciones útiles y aprovechar cada parte en cascada para reducir residuos y ganar eficiencia.
La iniciativa apunta a componentes con interés industrial como alginatos, celulosa, proteínas y minerales. Esto abre puertas a rutas para envases, formulaciones y compuestos, pero con una condición que suena poco glamurosa y lo cambia todo, la calidad tiene que ser estable y repetible lote a lote.
En investigación, la Universidad de Lund ha descrito cómo distintos pretratamientos, por ejemplo con ácido, calor o enzimas, pueden ayudar a solubilizar carbohidratos y abrir la puerta a fermentaciones industriales. En ese terreno aparece un nombre poco conocido fuera del laboratorio, el manitol, un azúcar natural que ciertas microfábricas biológicas pueden aprovechar como “combustible” para generar moléculas de interés.
Beneficios con letra pequeña
Hay una promesa ambiental que explica el interés público. Axfoundation señala que el kelp puede absorber dióxido de carbono y también nutrientes como nitrógeno y fósforo, algo que en zonas costeras puede ayudar a mejorar la calidad del agua y a reducir parte del problema de la eutrofización.
Pero conviene no venderlo como magia. En estudios en una granja experimental de dos hectáreas en Kosterhavet, el investigador Wouter Visch concluía que los efectos negativos detectados eran “muy limitados” y que el cultivo podía aportar beneficios como un impacto positivo sobre la fauna del fondo, aunque observó efectos menores en servicios culturales ligados a recreación y paisaje.
Además, hay matices que la literatura científica repite cuando se mira el conjunto. Una evaluación de servicios ecosistémicos en la costa oeste sueca sugiere impactos positivos o neutros en muchos aspectos, pero advierte de que algunas dimensiones culturales pueden resentirse, y otros trabajos recuerdan que una expansión masiva sin planificación puede traer problemas como sombreado o acumulación de materia orgánica.
Qué cambia para empresas y ciudadanos
El salto a escala industrial no depende solo de sembrar más líneas. También hace falta logística, permisos y compradores, y ahí entran modelos nuevos como el de KOASTAL, una empresa sueca que busca facilitar el cultivo a pequeños actores mediante un enfoque de franquicia.
En junio de 2025, la Comisión Europea destacaba que KOASTAL ya operaba seis granjas y contaba con diez permisos, ofreciendo apoyo en equipos, formación, canales de venta y hasta una compra garantizada de la cosecha. Samuel Amant explicaba que, tras las primeras producciones, ahora toca escalar y conseguir que más gente se atreva a invertir.
¿Y qué significa esto para quien compra en el supermercado o se sienta en un coche? Que veremos más pruebas y prototipos antes de ver un “plástico de algas” en todas partes, aunque el interés industrial ya está encima de la mesa. Mientras tanto, la pista más útil es desconfiar de reclamos vagos y buscar información verificable sobre origen, trazabilidad y fin de vida del material, porque lo sostenible no es solo el ingrediente, también es el sistema.
La ficha oficial del proyecto Seaweed Materials Initiative ha sido publicada por Axfoundation.











