Bélgica acaba de dar un giro que se leerá con lupa en toda Europa. El Gobierno de Bart De Wever, Engie y Electrabel han firmado una carta de intención para abrir negociaciones exclusivas sobre la posible compra estatal de todas las actividades nucleares que la compañía controla en el país. La noticia cambia el tono de una política que durante años miró hacia el cierre definitivo de sus centrales.
La idea central es sencilla de explicar, aunque no tan fácil de ejecutar. Bélgica quiere tener más control sobre una fuente eléctrica estable, con bajas emisiones directas de CO2 y capaz de funcionar cuando no hay sol ni viento. Pero la letra pequeña importa. La operación no está cerrada, dependerá de estudios, acuerdos definitivos y autorizaciones regulatorias.
Qué está negociando Bélgica
El paquete que se estudia no se limita a los dos reactores que siguen funcionando. El comunicado conjunto habla de la flota nuclear completa de siete reactores, del personal, de las filiales nucleares y también de los activos y pasivos asociados, incluidas las obligaciones de desmantelamiento. Es decir, no se trata solo de comprar máquinas que producen electricidad. También se heredaría una parte muy sensible del pasado nuclear del país.
Aquí está el punto clave. Bélgica quiere asumir la propiedad directa de sus activos nucleares porque busca ampliar la vida de los reactores existentes y desarrollar nueva capacidad nuclear. En el fondo, lo que intenta es no quedarse atrapada entre el cierre de centrales, el precio del gas y una demanda eléctrica que puede crecer con la electrificación. La factura de la luz también entra en esta conversación, aunque no sea el único factor.
Las partes se han dado una primera fecha en el calendario. El objetivo es cerrar unas condiciones principales antes del 1 de octubre de 2026, pero la carta de intención no obliga a culminar la operación. Si los números no encajan, o si los reguladores no dan luz verde, la compra puede cambiar o no salir adelante. No es poca cosa.
Por qué se para el desmantelamiento
Mientras duran las negociaciones, Bélgica y Engie han acordado suspender los trabajos de desmantelamiento en marcha. La razón oficial es mantener abiertas todas las opciones para el Estado belga. En la práctica, si empiezas a desmontar una central pieza a pieza, luego resulta mucho más difícil plantearse su recuperación o su uso dentro de una nueva estrategia energética.
Esto no significa que mañana vayan a volver todos los reactores a producir electricidad. Significa que el Gobierno no quiere quemar etapas antes de saber cuánto costaría, qué permisos harían falta y qué unidades podrían tener sentido técnico. Es como parar el reloj antes de desmontar el motor.
El primer ministro Bart De Wever defendió la decisión como una apuesta por una energía «segura, asequible y duradera» y con menos dependencia de los combustibles fósiles. Es una frase política, sí, pero resume bien el miedo que ha dejado la crisis energética en muchos gobiernos europeos. Cuando el gas sube, todo se nota.
El giro de un país que iba al cierre
Bélgica aprobó en 2003 una ley para salir de la energía nuclear. Durante años, la hoja de ruta parecía clara. Los reactores irían cerrando al llegar al final de su vida política, no necesariamente técnica. Ese plan fue cambiando con el tiempo y el Parlamento belga terminó derogando en mayo de 2025 la norma que marcaba el abandono nuclear.
La fotografía actual es muy distinta a la de hace una década. Según la base PRIS del OIEA, actualizada el 5 de mayo de 2026, Bélgica tiene dos reactores operativos, Doel 4 y Tihange 3. Otros cinco aparecen ya como cerrados de forma permanente, incluidos Doel 1, Doel 2, Doel 3, Tihange 1 y Tihange 2.
Engie también recuerda que Bélgica cuenta con siete unidades nucleares entre Doel y Tihange, y que Doel 4 y Tihange 3 están previstos para seguir hasta su 50 aniversario en 2035 dentro del acuerdo Phoenix. La nueva negociación abre la puerta a mirar más allá, pero sin garantías automáticas. Primero habrá que demostrar que las instalaciones, las cuentas y la seguridad lo permiten.
Clima, renovables y factura
La energía nuclear tiene una ventaja que explica buena parte de esta decisión. Produce grandes cantidades de electricidad sin quemar gas, carbón o petróleo en la central. Eso ayuda a reducir emisiones directas de CO2 y da estabilidad al sistema cuando las renovables no producen lo suficiente. En un país con inviernos fríos y muchas horas sin sol, ese detalle pesa.
Pero esto no convierte a la nuclear en una solución mágica. Las centrales envejecen, requieren inversiones de seguridad, generan residuos radiactivos y necesitan una gestión pública muy exigente durante décadas. Además, si el dinero se va solo a mantener reactores, puede faltar músculo para redes, baterías, eficiencia o nuevas renovables. Ahí está el equilibrio difícil.
Bélgica tampoco está abandonando las energías limpias. El operador Elia informó de que, en 2025, las renovables alcanzaron el 34 % del mix eléctrico belga, el mismo nivel que la nuclear, mientras que la solar subió un 21 % y el gas quedó en torno al 19 %. Esto muestra una transición más mezclada que ideológica. No todo es blanco o negro.
El coste oculto de la decisión
El mayor obstáculo no está solo en comprar las centrales. Está en saber quién paga las obras, los riesgos, el combustible usado y el desmantelamiento final. La Comisión Europea aprobó en 2025 las ayudas belgas para prolongar Doel 4 y Tihange 3, con un apoyo ligado a costes de capital de unos 2000 millones de euros y la transferencia al Estado de responsabilidades de residuos por 15 000 millones de euros.
Estas cifras ayudan a entender por qué Engie no siempre ha mostrado entusiasmo por seguir ampliando su negocio nuclear en Bélgica. Para una empresa, una central antigua puede ser un activo, pero también una mochila. Para un Estado, puede ser una herramienta estratégica, aunque con una factura que terminarán mirando los contribuyentes.
Aquí no basta con decir «nuclear sí» o «nuclear no». La pregunta real es qué combinación de tecnologías da más seguridad, menos CO2 y un coste soportable. Y esa respuesta depende de permisos, obras, financiación, seguridad y aceptación social. Mucha letra pequeña para una decisión enorme.
Qué puede pasar ahora
Si la operación avanza, Bélgica pasaría a controlar directamente una infraestructura energética clave. Eso podría facilitar nuevas prórrogas, estudios de reactivación de alguna unidad parada o incluso el desarrollo de nuevos reactores. También daría al Gobierno más margen para negociar con futuros socios industriales.
Pero el camino sigue abierto. El propio comunicado recuerda que la firma de la carta de intención no es un compromiso vinculante y que el cierre dependerá de acuerdos definitivos y autorizaciones de terceros y reguladores. Dicho de forma sencilla, Bélgica ha puesto la mano sobre el volante, pero todavía no ha comprado el coche.
Para los ciudadanos, lo importante será vigilar tres cosas. La primera es si esto reduce de verdad la dependencia del gas. La segunda es cuánto costará mantener, modernizar o recuperar reactores. La tercera es si el país sigue acelerando renovables, redes y almacenamiento. Porque sin todo eso, la transición se queda coja.
El apagón nuclear belga ya no sigue el guion que parecía escrito en 2003. Ahora empieza otra etapa, con más preguntas que certezas y con una negociación que dirá si el Estado realmente puede convertir una herencia complicada en una herramienta para su futuro energético.
El comunicado oficial sobre la carta de intención ha sido publicado por el Gobierno belga.









