En el oeste de Almería hay un paisaje que sorprende incluso a quien ya lo ha visto en fotos. The Guardian ha viajado hasta allí y lo ha descrito como “el mayor monumento del planeta dedicado a la producción de alimentos”, una alfombra de invernaderos que se distingue como una mancha blanca cuando abres el mapa en el móvil.
La imagen impresiona, pero la pregunta importante es otra. ¿Qué pasa con todo ese plástico cuando envejece, se rompe o se cambia? Un estudio reciente advierte de que los residuos plásticos agrícolas de invernadero pueden actuar como reservorio de genes de resistencia a antibióticos, lo que añade urgencia a un debate que en Almería lleva tiempo sobre la mesa.
El mar de plástico que se ve desde el espacio
La NASA documentó este “mar” con imágenes del satélite Landsat 9 tomadas el 24 de mayo de 2022 sobre el Campo de Dalías, alrededor de El Ejido. En su artículo recuerda que el gran salto se apoyó en el plástico, el riego por goteo y otras innovaciones que hicieron el sistema más productivo que el cultivo al aire libre.
Las cifras varían según la fuente y la manera de medir, pero la escala es enorme. La NASA habla de estimaciones de más de 40.000 hectáreas y de una producción anual de entre 2,5 y 3,5 millones de toneladas, además de un efecto de enfriamiento local asociado a la alta reflectividad de los techos.
La huerta que llena los supermercados en invierno
The Guardian resume el fenómeno con comparaciones fáciles de imaginar. Habla de más de 30.000 hectáreas de invernaderos, un “laberinto geométrico” cinco veces mayor que Manhattan, donde se producen unos 3,5 millones de toneladas de verduras al año, suficientes para alimentar a “medio billón” de personas.
La Junta de Andalucía, por su parte, ha dado números recientes de la campaña 2024/2025. Según los datos avanzados, Almería alcanzaría 3.716 millones de euros en exportación y 2,5 millones de toneladas exportadas, además de más de 4 millones de toneladas de producción total, con una superficie invernada estable alrededor de 33.000 hectáreas.
La otra cara tiene que ver con emisiones y residuos. En un análisis de ciclo de vida sobre tomate de invernadero en Almería, el envasado y el transporte aparecen como los grandes “pesos pesados” de energía y CO2, así que no todo depende de lo que pasa dentro del invernadero.
El problema empieza cuando el plástico se rompe
En el campo el plástico no es solo la cubierta del invernadero. También hay rafias y láminas más finas, y algunas son más difíciles de tratar cuando llega el momento de retirarlas. En 2020, El País recogía que la provincia generaba 33.500 toneladas de plásticos al año y que se reciclaba el 85% según datos de la Junta, lo que dejaba unas 5.000 toneladas sin tratar cada año.
La Junta lanzó la campaña piloto “Compromiso Blanco” con ayuntamientos para reforzar vigilancia e inspecciones y empujar hacia el objetivo del 100% de reciclaje. En la nota oficial se insiste en que ya se reciclaba el 85% del plástico en siete puntos de recogida y se describe un sistema en dos fases, una de identificación en campo y otra de inspección y posibles sanciones.
Lo que revela el nuevo estudio sobre bacterias
El aviso científico más reciente apunta a algo que no se ve a simple vista. En un trabajo publicado en 2025, investigadores analizaron residuos plásticos agrícolas de invernadero y encontraron cientos de genes de resistencia a antibióticos en las muestras, con 295 genes reportados, además de 46 elementos genéticos móviles asociados a esa resistencia.
El estudio también señala que 16 genes detectados en plásticos se consideran de “rango I”, la categoría de mayor peligrosidad para la salud humana según la herramienta usada por los autores. La conclusión práctica es clara, si el residuo se abandona, el plástico no solo se fragmenta, también puede ayudar a mover resistencias por el entorno.
Economía circular a pie de invernadero
Para evitarlo, la solución pasa por gestión y trazabilidad, no por mirar hacia otro lado. En Almería se ha impulsado Trazyplast, una prueba piloto para seguir el residuo plástico desde su uso hasta su recogida y valorización, y Andalucía aprobó en 2024 un Plan Estratégico de frutas y hortalizas de invernadero con horizonte 2030 que incluye economía circular, agua e innovación como ejes.
También hay avances agronómicos que ayudan a reducir presión ambiental. En los datos de campaña 2024/2025 de la Junta aparece una superficie de control biológico de 29.519 hectáreas, con el pimiento casi al 100% bajo esta técnica, lo que refleja una apuesta por el manejo integrado de plagas.
Qué podemos exigir como consumidores
El consumidor también tiene margen, aunque no lo parezca. Comprar con origen claro, evitar el desperdicio y mirar el envase con otros ojos importa, porque en el caso del tomate el envasado y el transporte pesan mucho en el balance de energía y CO2 del sistema. Y eso se nota.
Y a la administración y al sector se les puede pedir algo muy concreto, recogida accesible, trazabilidad real y sanciones cuando haga falta. El estudio sobre genes de resistencia no es una condena al invernadero, pero sí un recordatorio de que abandonar plásticos es más que ensuciar, puede ayudar a mover problemas invisibles por el territorio.
El estudio científico ha sido publicado en ScienceDirect.













