Venecia lleva años viviendo con el agua cerca de la puerta de casa. Las mareas altas, el hundimiento del terreno y un Adriático cada vez más alto están haciendo más frecuente lo que antes era un susto puntual. La postal de canales y palacios sigue ahí, pero el riesgo también.
Un estudio publicado el 16 de abril de 2026 en Scientific Reports plantea algo que suena impensable, pero que los científicos ya consideran parte del debate. Si el nivel del mar sube lo suficiente, la “retirada” (trasladar monumentos y población a tierra firme y asumir que parte del casco histórico se perderá) podría acabar siendo la última carta. ¿Exageración? El trabajo insiste en que, sin una reducción rápida de emisiones, los escenarios más disruptivos ganan terreno con el paso de las décadas.
Una ciudad que baja
Venecia no solo se enfrenta a un mar que sube. También está asentada sobre sedimentos que se compactan y pueden hundirse a ritmos de milímetros al año, y ese hundimiento no es uniforme. En algunos puntos, los estudios sobre la zona describen tasas desde menos de 1 hasta alrededor de 5 mm al año, con picos localizados que pueden llegar a 10 mm al año.
En la práctica, esto significa que el “nivel del mar” que importa es el relativo, o sea, la suma de la subida del agua y el descenso del suelo. El propio estudio recuerda un dato que impresiona por lo simple. En 2020, más del 50% de Venecia estaba entre 0,80 y 1,20 metros sobre el nivel medio del mar, y el rango de marea ronda 1 metro. No hace falta mucha imaginación para entender el margen tan estrecho con el que juega la ciudad.
El resultado se nota en las calles. Los autores señalan que las inundaciones severas se han concentrado especialmente en las últimas décadas, con 18 de 28 eventos extremos en 23 años. Además, Venecia recibe más de 22 millones de visitantes al año y su población residente ha caído a menos de 50.000 personas en 2024, una combinación que convierte cualquier decisión en un rompecabezas social y ambiental.
El MoSE protege pero tiene peaje
La gran defensa actual son las compuertas móviles del sistema MoSE, que cierran las entradas de la laguna cuando se espera temporal con marea alta. El estudio explica que, desde 2022, este sistema ha evitado inundaciones extensas y ha demostrado capacidad para proteger el centro histórico. Y eso se nota.
Pero no es un “salvavidas infinito”. En cuanto el mar sube, hay que cerrar más veces y durante más tiempo. Según información reciente sobre su uso, las barreras se han activado 154 veces desde 2020 para frenar episodios de inundación, y ese ritmo obliga a pensar en alternativas.
El problema no es solo técnico. Cada cierre bloquea el intercambio natural de agua entre la laguna y el mar, algo clave para la calidad del agua y los ecosistemas. Con cierres más frecuentes, también aumenta el impacto ecológico, con efectos como proliferación de algas y falta de oxígeno en el agua, según advierten expertos y autoridades citados en esa misma cobertura.
Cuatro caminos sobre la mesa
El estudio compara cuatro grandes estrategias para adaptarse a la subida del nivel del mar. La primera es mantener la laguna “abierta”, usando MoSE y sumando medidas como bombeo y mejoras de saneamiento. Es la opción que más se parece a lo que existe hoy.
La segunda es proteger el núcleo urbano con diques en anillo (ring dikes), separando el centro de Venecia del resto de la laguna. La tercera es un salto mayor, cerrar la laguna con defensas permanentes tipo “superdique”, lo que cambiaría de forma profunda el funcionamiento del sistema lagunar. La cuarta es la retirada planificada, que incluye reubicar población y patrimonio en zonas interiores más altas.
Aquí no hay magia, solo compensaciones. El propio artículo deja claro que cada opción preserva unas cosas y sacrifica otras, y que el coste sube a medida que el nivel del mar también sube. Dicho de otra forma, salvar el “Venecia de postal” puede implicar transformar la Venecia real.
Cuándo se queda corto el plan actual
La parte incómoda llega al poner números. El equipo estima que, incluso añadiendo medidas complementarias, las compuertas móviles podrían ser efectivas hasta una subida del nivel del mar de alrededor de 1,25 metros. En la nota de la Universidad de East Anglia añaden que ese umbral podría superarse incluso con un escenario de bajas emisiones hacia 2300, por la combinación de cambio climático y hundimiento del terreno.
Para 2100, el estudio trabaja con aumentos del nivel del mar en Venecia de alrededor de 0,42 metros en un escenario de bajas emisiones y de 0,81 metros en un escenario de emisiones muy altas (y subraya que valores más elevados no pueden descartarse). Es fácil verlo en lo cotidiano. Con unos pocos decímetros, la diferencia entre paseo y achique cambia de escala.
Mirando más lejos, el abanico se abre mucho. Para 2300, el propio trabajo recoge rangos amplios de subida global del nivel del mar según el escenario, y recuerda que un aumento extremo de hasta 16 metros no puede descartarse. Por eso la planificación temprana no es un capricho. Si una obra tarda entre 30 y 50 años, esperar a que el agua llegue es jugar a perder.
Lo que cuesta salvar un icono
Hablar de dinero en Venecia siempre es delicado, porque su patrimonio es irremplazable. El estudio también lo subraya y avisa de que no pretende hacer un “coste beneficio” clásico, entre otras cosas porque hay valores culturales y ambientales que no se pueden meter en una cuenta como si fueran tornillos. Aun así, aporta estimaciones orientativas para comparar la viabilidad de cada camino.
En cifras que ayudan a hacerse una idea, los autores señalan que el coste total de construir el sistema actual se sitúa en torno a 6.000 millones de euros. Para aislar el centro con diques, la horquilla estimada va de 500 millones a 4.500 millones. Son inversiones enormes, pero todavía dentro del tipo de infraestructura que otros países han afrontado en zonas costeras.
La escala cambia con las opciones más radicales. Cerrar la laguna con un “superdique” podría superar inicialmente los 30.000 millones de euros. Y la retirada planificada, incluyendo reubicación de patrimonio y compensaciones, podría llegar hasta 100.000 millones de euros. No es poca cosa.
Lo que toca decidir desde ya
La conclusión más clara del trabajo no es una receta única, sino justo lo contrario. El profesor Robert Nicholls lo resume con una frase que pesa. “No existe una estrategia de adaptación óptima” para Venecia, porque cualquier plan debe equilibrar seguridad, economía, ecosistemas de la laguna, preservación cultural y la vida cotidiana de quienes aún la habitan.
En el fondo, esto va mucho más allá de Venecia. El estudio recuerda que el caso sirve como espejo para muchas zonas costeras bajas y pobladas, y apunta que una mitigación rápida del cambio climático aún podría evitar los desenlaces más extremos a largo plazo. O dicho de forma simple, recortar CO2 hoy también compra tiempo para que las obras y la adaptación tengan sentido.
Y hay un detalle que no es menor para el debate de sostenibilidad. Las autoridades y expertos citados en la cobertura más reciente hablan ya de un “plan B” y de replantear el modelo de ciudad, incluyendo reducir la dependencia del turismo masivo. Es una pista de por dónde puede ir la conversación en los próximos años, porque proteger Venecia no es solo levantar barreras, también es decidir qué ciudad quiere ser.
El estudio científico ha sido publicado en Nature.












