Las lluvias después de un incendio pueden agravar el daño al bosque

Arantxa G.
Publicado el 5 de octubre de 2026 a las 12:13
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Suelo quemado y sin cubierta vegetal, vulnerable a las lluvias después de un incendio.

El CREAF explica por qué las lluvias después de un incendio pueden comprometer la recuperación del terreno y qué conviene valorar antes de intervenir.

Un bosque quemado necesita agua, pero una lluvia intensa puede complicar mucho su recuperación. Las lluvias después de un incendio plantean dos preguntas esenciales: ¿cuándo ayudan a regenerar el paisaje y cuándo se convierten en una nueva amenaza?

Para dar una respuesta, el CREAF aborda estas cuestiones desde la relación con el fuego, el suelo y el agua, examinando qué hace que una zona sea más vulnerable que otra y aportando datos de vital importancia para decidir dónde es prioritario actuar.

La clave, dicen desde el centro de investigación, está en mirar más allá de los árboles quemados: la recuperación de los bosques también depende de lo que ocurre debajo de nuestros pies. A continuación se explicará cuál es la relación entre las lluvias después de un incendio, los retos a los que se enfrentan los equipos de restauración y la necesidad de proteger los ecosistemas permitiendo su regeneración natural.

Las lluvias después de un incendio

Cuando se quema un bosque, el paisaje cambia radicalmente. En algunos casos, el cambio es tan impactante que el fuego “destapa” elementos del paisaje que antes no se veían, como antiguas terrazas o muros de piedra seca.

La vegetación desaparece, el suelo queda desnudo y sin protección y, como consecuencia, se vuelve mucho más vulnerable a la erosión. Entre todas las dudas que deja un incendio, hay una que preocupa especialmente cuando se acerca el otoño: ¿qué pasará si continúan las lluvias después de un incendio?


Más lluvias, más erosión

Cuando llueve con mucha intensidad en un bosque quemado, existe el riesgo de que el suelo se erosione y las consecuencias afecten a todo el ecosistema. Por un lado, el hecho de que quede totalmente expuesto y sin vegetación hace que sea más vulnerable al impacto de las gotas de lluvia, que desagregan sus partículas y reducen la porosidad.

Por otro lado, el suelo desnudo no puede infiltrar toda el agua de lluvia y, por tanto, esta circula por la superficie en forma de escorrentía superficial. Esto se acentúa aún más si el incendio ha alcanzado temperaturas muy elevadas, ya que el calor altera las propiedades del suelo y puede generar una capa hidrófoba, es decir, una capa que repele el agua e impide su infiltración. Además, el efecto de la escorrentía también es más intenso en zonas con pendientes pronunciadas.

En estas condiciones de lluvias después de un incendio, el agua de lluvia arrastra una parte importante de la capa más superficial del suelo, la más rica en nutrientes y materia orgánica y donde se acumulan grandes cantidades de cenizas, sedimentos y partículas de suelo. En consecuencia, el suelo pierde fertilidad y la capacidad para retener agua y nutrientes, pero también se ven perjudicados los organismos que viven en esta parte, como hongos, bacterias e invertebrados, así como las plantas, que pierden el sustrato donde arraigan y se alimentan.

Y, como impactos adicionales de las lluvias después de un incendio, el proceso erosivo puede llevarse las semillas de algunas plantas que habían quedado enterradas y que suelen germinar después del fuego, como por ejemplo las jaras (Cistus spp.). Además, también puede arrastrar los piñones que han quedado depositados en la superficie del suelo después de salir de las piñas durante el incendio, lo que pone aún más en riesgo la capacidad de regeneración natural de la vegetación.

Proteger el suelo como principal prioridad de las actuaciones.

Después de un incendio, es necesario diagnosticar el estado del suelo y del bosque. En esta fase, normalmente llevada a cabo por la administración, se pueden detectar las zonas más vulnerables a la erosión, ya sea por el tipo de suelo, por la orografía del terreno o por la severidad del incendio, es decir, por el grado en que la vegetación ha quedado afectada por el fuego.

Así, cuando existe riesgo de erosión, hay que actuar rápidamente antes de que lleguen las lluvias después de un incendio y realizar una gestión postincendio adecuada que minimice el riesgo. Estas actuaciones se enmarcan dentro de lo que se denomina “fase de emergencia”, que se sitúa durante el primer año después del fuego.

Durante esta fase, las intervenciones deben estar muy bien planificadas para no provocar el efecto contrario, ya que el suelo es especialmente vulnerable y no conviene introducir maquinaria pesada ni introducir el pastoreo de animales de manera inmediata.

Además, se deben priorizar las zonas con pendientes o las que se han visto más afectadas por la severidad del fuego, debido a su mayor riesgo de erosión. En definitiva, el objetivo principal es doble: evitar que el suelo se degrade por erosión de las lluvias después de un incendio y, al mismo tiempo, ayudar a que el ecosistema se recupere.

¿Cuáles son las medidas para reducir la erosión del suelo después de un incendio?

No remover el suelo quemado: justo después de un incendio puede parecer que hay que retirar los materiales quemados o las cenizas, pero no es recomendable. Las cenizas están formadas por sales minerales y nutrientes de la vegetación quemada, como calcio, potasio, magnesio, fósforo, oligoelementos y minerales, de manera que pueden nutrir a las primeras plantas que crecen durante el proceso de regeneración. También el nitrógeno, aunque en menor medida y a corto plazo, porque se pierde rápidamente con la combustión. Además, los restos vegetales parcialmente quemados, como las acículas de los pinos o las hojas, forman una “cubierta natural” que protege el suelo del impacto directo de las lluvias después de un incendio y frena la escorrentía.

Cubrir el terreno con materiales naturales: una de las técnicas más utilizadas es crear una capa protectora sobre el suelo, conocida como acolchados o mulching. Consiste en esparcir paja, astillas de madera u otros materiales vegetales de la misma zona, que permiten mitigar la escorrentía y evitar que las lluvias después de un incendio se lleven las capas más superficiales del suelo.

Retirar algunos árboles quemados cuando sea necesario: los árboles muy dañados pueden romperse y caer, lo que puede poner en riesgo a las personas, sobre todo si se trata de una zona frecuentada.

Utilizar los troncos y restos de las copas para estabilizar el terreno: los árboles quemados que se talan se pueden colocar en las pendientes en forma de fajinas y actuar así como pequeñas barreras que ralentizan el paso del agua y retienen posibles sedimentos de erosión en cotas superiores. Además, la madera quemada aporta nutrientes mientras se descompone, crea un microclima favorable para las plántulas, las protege de los herbívoros y sirve de refugio para animales dispersores de semillas. Además, favorece una recuperación más rápida del bosque y de su capacidad para capturar carbono.

Construir barreras para frenar el agua: además de colocar los troncos de los árboles en el suelo, se pueden añadir pequeñas estructuras como paredes, diques o muros de piedra seca para frenar el agua y retener sedimentos.

¿Por qué un suelo sufre más erosión que otro?

No todos los suelos reaccionan igual después de un incendio. Por un lado, influye la composición. Los suelos limosos o arcillosos son más sensibles a la erosión porque están compactados, poco esponjosos y tienen poca materia orgánica. Esto hace que el agua de las lluvias, después de un incendio, no pueda infiltrarse rápidamente y circule por la superficie. En cambio, los suelos arenosos y los arcillosos con un buen nivel de materia orgánica generan espacios porosos por los que el agua puede infiltrarse y quedar retenida, con mayor capacidad para resistir el arrastre de sedimentos.

El relieve también desempeña un papel importante. En zonas con pendiente, el agua de las lluvias después de un incendio circula con mayor velocidad y tiene una mayor capacidad para arrastrar partículas del suelo, formando surcos, cárcavas o incluso pequeños barrancos después de episodios de lluvia intensa.

Finalmente, la intensidad del incendio también es un factor clave. Los fuegos más severos pueden consumir casi toda la vegetación y la capa de restos orgánicos que protege el suelo. Cuanto más expuesto queda el terreno, más vulnerable es a los procesos erosivos.

La contaminación de los ríos y embalses

Las lluvias después de un incendio pueden arrastrar suelo y cenizas y entrar como sedimentos en ríos y embalses, volviendo el agua turbia y alterando su calidad. Además, la llegada masiva de nutrientes también puede provocar procesos de eutrofización, es decir, una proliferación excesiva de algas que reduce el oxígeno disponible en el agua para otros organismos.

Además, los efectos de las lluvias después de un incendio no se limitan a la zona quemada. Como los bosques forman parte de cuencas hidrográficas conectadas, los sedimentos arrastrados por la lluvia pueden llegar a zonas alejadas e incluso contribuir a la colmatación de ríos y embalses, es decir, a la acumulación progresiva de sedimentos en su fondo, lo que reduce su profundidad y su capacidad para almacenar agua.

¿Se puede alterar el uso del suelo de un terreno quemado?

De manera general, la legislación establece limitaciones para evitar que los incendios puedan utilizarse como herramienta para forzar cambios de uso del suelo. En concreto, la Ley 43/2003, de 21 de noviembre, de Montes, en su artículo 50, “Mantenimiento y restauración del carácter forestal de los terrenos incendiados”, especifica que se prohíbe el cambio de uso forestal durante 30 años.

Durante este periodo, la zona debe conservar su carácter forestal y las actividades permitidas deben ser compatibles con la recuperación del ecosistema y ajustarse a la normativa autonómica. Por ejemplo, se pueden realizar las actuaciones propias del plan de restauración o determinados aprovechamientos forestales, siempre que no comprometan la regeneración del bosque y cumplan con la regulación vigente.

Por otro lado, el uso recreativo no suele estar prohibido, aunque puede restringirse temporalmente por motivos de seguridad. Del mismo modo, el pastoreo puede permitirse al cabo de unos años o limitarse según la comunidad autónoma y las necesidades de recuperación de la zona, especialmente cuando exista el riesgo de que dificulte la restauración de la vegetación y del suelo.

No obstante, existen algunas excepciones en las que el cambio de uso del suelo es viable hacia un uso agrícola, especialmente si el cambio de uso está destinado a crear paisajes más resilientes frente a los propios incendios forestales.

Por ejemplo, desde el CREAF se ha trabajado en diferentes proyectos para crear espacios abiertos destinados al uso agrícola con prácticas que favorezcan la cubierta herbácea y los cultivos leñosos.

Todo ello tiene el objetivo de construir un paisaje en mosaico, una combinación de espacios forestales y agrícolas intercalados que funciona como cortafuegos natural. Uno de los proyectos es The Green Link, en el que se actuó en la zona de Òdena, quemada en 2015, aplicando la técnica Cocoon para replantar la zona con olivo y encina.

Otro proyecto en curso es RESTARC, una iniciativa conjunta con la Agencia de Residuos de Cataluña, que tiene el objetivo de promover el uso de enmiendas y residuos orgánicos en la restauración de suelos degradados.

Cada vez se pierde más suelo

Los grandes incendios forestales son cada vez más frecuentes e intensos y la principal consecuencia es que cada vez tendremos bosques menos capaces de recuperarse de la erosión. Según un estudio del CREAF y el CTFC, si se mantienen las tendencias actuales, en 2050 la pérdida de suelo forestal en la región mediterránea podría aumentar hasta un 150 %. Esto significa pasar de las 15 o 16 toneladas de suelo por hectárea que se pierden actualmente cada año a más de 40 toneladas por hectárea y año.

El mismo estudio advertía de que la pérdida de suelo también tiene efectos directos sobre el clima. Después de un incendio forestal, el papel del suelo puede invertirse y pasar de ser un almacén de carbono a convertirse en una fuente de emisiones.

El motivo es que un suelo erosionado pierde parte de su capacidad para almacenar carbono y puede llegar a liberar parte de este a la atmósfera en forma de CO2. Así, un ecosistema que antes ayudaba a frenar el cambio climático pasa a contribuir a él.

Este efecto puede desencadenar un círculo de retroalimentación, ya que el aumento de las emisiones favorece un clima más cálido y extremo que, a su vez, incrementa el riesgo de nuevos incendios y fenómenos meteorológicos intensos.

Hay que darle tiempo a la naturaleza

Una vez han pasado algunos años desde el incendio y se han aplicado las medidas necesarias para reducir la erosión del suelo, se pueden realizar otras actuaciones que ayuden a la vegetación a regenerarse más rápidamente, como la selección de rebrotes, las claras selectivas en masas jóvenes o las repoblaciones, en caso de que sean necesarias para compensar la falta de regeneración natural.

La buena noticia es que los bosques mediterráneos han evolucionado conviviendo con el fuego y muchas de sus especies están adaptadas a regenerarse después de un incendio. Es el caso de las especies rebrotadoras, como la encina, que pueden volver a crecer a partir de las raíces o de la cepa pocas semanas después del incendio, o de las especies germinadoras, como el pino carrasco, que puede almacenar un banco de semillas protegidas en las piñas de las copas que se dispersarán y germinarán después del incendio.

Sin embargo, aunque los árboles pueden recuperarse en años o décadas, el suelo necesita mucho más tiempo. Por ejemplo, el Servicio de Conservación de Suelos establece un valor estándar según el cual se necesitan aproximadamente 100 años para formar un centímetro de suelo, aunque esta velocidad puede variar mucho según el clima, el tipo de roca y las características del terreno, y puede llegar hasta los 1.000 años.

En algunos lugares, con rocas blandas y un clima húmedo y templado, el proceso es más rápido, pero en otros puede prolongarse durante más de mil años si se trata de materiales duros y climas áridos o fríos.

El éxito de la recuperación, sin embargo, no siempre está garantizado. El tiempo de regeneración de un bosque dependerá de la severidad del fuego y de las condiciones ambientales posteriores. En un contexto de cambio climático, con sequías más frecuentes, temperaturas más elevadas y episodios de lluvias torrenciales más intensos, aumenta el riesgo de que los suelos degradados continúen perdiéndose antes de que puedan regenerarse. Por eso, proteger el suelo después de un incendio es tan importante como recuperar la vegetación.

Arantxa G.

Arantxa G.

Soy periodista y creadora de contenido especializada en sostenibilidad, vida saludable, energías renovables y, en general, todo lo relacionado con el estilo de vida eco-friendly. Actualmente colaboro con Ecoticias.com y elaboro artículos divulgativos para distintos medios. Apasionada de los animales, la naturaleza y la vida en el campo, combino creatividad, rigor y compromiso ambiental en cada pieza que desarrollo.

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