La fascinación por los cristales podría tener raíces evolutivas en humanos y chimpancés desde hace 780.000 años

Publicado el: 5 de marzo de 2026 a las 14:04
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La fascinación por los cristales podría tener raíces evolutivas en humanos y chimpancés según estudio del DIPC

La fascinación por los cristales podría tener raíces evolutivas en humanos y chimpancés. Esa es la hipótesis que plantea un estudio liderado por el Donostia International Physics Center (DIPC) para explicar por qué nuestros antepasados recolectaban estas piedras hace al menos 780.000 años sin darles un uso práctico.

Las pruebas arqueológicas muestran cristales junto a restos humanos prehistóricos. No eran armas. No eran herramientas. Entonces, ¿qué los hacía tan irresistibles? La respuesta podría estar en una sensibilidad compartida con nuestros parientes genéticos más cercanos.



La fascinación por los cristales podría tener raíces evolutivas en humanos y chimpancés, según el DIPC

Un experimento con primates revela que la atracción por formas transparentes y geométricas podría explicar por qué los homininos recolectaban cristales sin usarlos como herramientas.

Un equipo de investigación del Centro Internacional de Física Donostia exploró los orígenes de la fascinación humana por los cristales mediante el estudio de nuestros parientes vivos más cercanos. Los humanos y los chimpancés divergieron hace aproximadamente seis o siete millones de años, pero aún podrían compartir algunos rasgos cognitivos.

Para investigar esta posibilidad, los científicos realizaron experimentos de comportamiento con chimpancés habituados a la presencia humana, en colaboración con la Fundación Chimpatía. Se les presentaron cristales y piedras comunes de tamaño similar para observar sus reacciones y preferencias.



Un misterio arqueológico que se remonta a 780.000 años

Durante décadas, los arqueólogos han encontrado cristales en yacimientos prehistóricos junto a restos humanos. No estaban tallados. No mostraban señales de uso. Simplemente estaban allí. Recogidos de la naturaleza. Conservados.

Ese gesto, repetido durante al menos 780.000 años, planteaba una incógnita incómoda: ¿por qué recolectar algo que no servía como herramienta ni arma?

Un equipo liderado por investigadores del Donostia International Physics Center (DIPC) ha decidido buscar la respuesta en quienes comparten con nosotros buena parte de la herencia genética: los chimpancés.

Los humanos modernos se separaron de estos primates hace entre seis y siete millones de años. Desde entonces, la evolución ha seguido caminos distintos, pero ciertas bases cognitivas podrían permanecer.

Experimentos con chimpancés para descifrar el origen del interés

Para comprobarlo, los investigadores diseñaron dos experimentos con chimpancés endoculturados —acostumbrados al contacto humano— en colaboración con la Fundación Chimpatía.

En la primera prueba, colocaron un cristal grande junto a una roca común de tamaño similar. Al principio, ambos objetos despertaron curiosidad. Pero pronto los chimpancés se decantaron por el cristal. Lo inspeccionaron desde distintos ángulos, lo giraron, lo inclinaron.

Uno de ellos incluso lo transportó con determinación hasta los dormitorios. Cuando los cuidadores intentaron recuperarlo, tuvieron que intercambiarlo por plátanos y yogur.

Cuando un cristal vale más que un plátano

En el segundo experimento, los primates identificaron en cuestión de segundos pequeños cristales de cuarzo entre veinte piedras redondeadas. Incluso tras introducir cristales de pirita y calcita —con morfologías distintas— siguieron siendo capaces de distinguirlos y examinarlos durante horas.

Uno de los ejemplares sorprendió por su capacidad para diferenciar tipos de cristal con precisión. Según Juan Manuel García-Ruiz, investigador Ikerbasque en el DIPC y autor principal del estudio, la intensidad de la atracción fue inesperada. No parecía un interés aprendido. Parecía algo más profundo.

Las conclusiones, publicadas en Frontiers in Psychology, apuntan a que tanto la transparencia como las superficies planas y las formas geométricas constituyen estímulos atractivos en sí mismos.

En un entorno natural dominado por curvas, ramificaciones y formas orgánicas —nubes, árboles, montañas—, los cristales destacan como los únicos poliedros naturales con caras planas bien definidas. Un patrón distinto. Un estímulo nuevo.

Una pista sobre cómo pensaban los primeros homininos

Es posible que esa diferencia captara la atención de los primeros homininos, activando procesos cognitivos vinculados a la exploración y la curiosidad. La investigación no evaluó diferencias individuales de personalidad ni incluyó chimpancés salvajes, por lo que los autores sugieren ampliar el estudio en el futuro.

Pero el hallazgo deja una idea potente sobre la mesa: quizá la fascinación por los cristales no sea cultural, ni mística, ni simbólica. Quizá sea profundamente evolutiva. Y quizá empezó mucho antes de que supiéramos qué hacer con una piedra.

En el primer experimento, los chimpancés mostraron rápidamente un mayor interés en el cristal. Lo inspeccionaron desde diferentes ángulos, lo rotaron y lo examinaron con atención. Un individuo incluso llevó el objeto a la zona de dormir, obligando a sus cuidadores a intercambiarlo por comida para recuperarlo.

Una segunda prueba confirmó el patrón. Los primates identificaron rápidamente pequeños cristales de cuarzo entre muchas piedras redondeadas y continuaron examinándolos durante largos periodos. Seguir leyendo en NATURALEZA

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