Guayaquil no es solo ruido, tráfico, calor húmedo y cemento. Bajo esa imagen de ciudad enorme y acelerada, un grupo de científicos ha documentado algo que parecía casi imposible. En sus remanentes de bosque seco, áreas protegidas y parques urbanos sobreviven 63 especies de anfibios y reptiles.
El hallazgo más llamativo es el regreso a los registros científicos de especies que llevaban décadas sin aparecer. Una de ellas, la serpiente Atractus microrhynchus, no había sido observada en Guayaquil desde su descripción original en 1868. No es poca cosa para una ciudad que, mientras crecía, fue empujando a su fauna hacia rincones cada vez más pequeños.
Un refugio bajo el asfalto
El trabajo fue realizado por Keyko Cruz-García, Natalia Zapata-Salvatierra, Andrea E. Narváez y Julián Pérez-Correa. La investigación reunió 17 años de datos, entre 2008 y 2025, con muestreos de campo, registros de museos y revisión de literatura científica.
En total, los investigadores registraron 19 especies de anfibios y 44 de reptiles. Aparecen en bosques secos tropicales, zonas de conservación y espacios urbanos con vegetación. Entre ellas hay seis anfibios endémicos de Ecuador y tres reptiles endémicos, lo que significa que no se encuentran de forma natural en cualquier parte del mundo.
El regreso de los fantasmas
El caso de Atractus microrhynchus es el que más llama la atención. La especie fue descrita por Cope en 1868 y, según el estudio, no se había vuelto a observar en Guayaquil desde aquella descripción original. Además, el ejemplar tipo está perdido, lo que añade todavía más interés científico al registro.
No fue la única sorpresa. Caecilia tenuissima, un anfibio subterráneo difícil de ver, reapareció en 2021 después de cinco décadas sin registros confirmados. También se validó la presencia de Drymobius rhombifer, una serpiente que solo contaba con dos colecciones hechas en Guayaquil en 1881. ¿Qué significa esto en la práctica? Que la ausencia de registros no siempre quiere decir desaparición, pero sí muestra lo poco que conocemos de la vida que queda escondida entre la ciudad y el bosque.
La ciudad también aprieta
La buena noticia tiene un reverso incómodo. Entre 2008 y 2022, el área urbana de Guayaquil pasó de 17 478,62 a 22 101,55 hectáreas, un aumento del 26,4 %. En el mismo periodo, la cobertura de bosque nativo cayó de 5857 a 2717,15 hectáreas.
Ese avance urbano no es solo una cifra en un mapa. Significa menos refugios, más fragmentación, más bordes de carretera y más contacto entre fauna y personas. Los autores señalan que la pérdida de hábitat, la degradación, la expansión urbana y la contaminación siguen siendo presiones fuertes para la herpetofauna de la ciudad. Y eso se nota.
No todas resisten igual
Algunas especies parecen moverse mejor en paisajes alterados. El estudio menciona al gecko casero (Hemidactylus frenatus), la lagartija café (Anolis sagrei) y la rana toro (Aquarana catesbeiana) como especies introducidas que prosperan en ambientes modificados. Lo logran, en buena parte, por su plasticidad de comportamiento, reproducción rápida y tolerancia a la perturbación.
Pero esa adaptación no juega a favor de todas. Las especies más sensibles necesitan bosque, humedad, refugios y condiciones más estables. A cambio, cuando el cemento gana terreno, las generalistas avanzan y las especialistas quedan encerradas en islas verdes cada vez más pequeñas.
Un caimán inesperado
El inventario también amplía el mapa de distribución de varias especies. Uno de los registros más llamativos es el del caimán de anteojos (Caiman crocodilus) en Guayaquil y sus alrededores. Según el estudio, no se recolectó físicamente el animal, pero la identificación se confirmó con fotografías y análisis taxonómico de caracteres específicos.
Esto no significa que la ciudad se haya convertido de pronto en un santuario perfecto. Significa algo más concreto y más útil. Todavía hay zonas capaces de sostener fauna silvestre, aunque estén rodeadas de avenidas, barrios, ruido y presión humana.
Por qué importa
Guayaquil alberga cerca del 40 % de los anfibios y el 50 % de los reptiles conocidos para la provincia del Guayas. Es una cifra enorme si se piensa en la presión urbana que soporta la ciudad. En el fondo, el estudio recuerda que los espacios verdes urbanos no son decoración, sino piezas vivas de un sistema ecológico.
Los anfibios y reptiles suelen pasar desapercibidos, y muchas veces despiertan miedo o rechazo. Pero cumplen funciones importantes en los ecosistemas, desde el control de presas pequeñas hasta el mantenimiento del equilibrio en cadenas tróficas. Quitarlos del paisaje puede parecer invisible al principio, pero el impacto llega después.
Lo que toca proteger
Los autores advierten de que especies como Anolis festae, Ceratophrys stolzmanni, Coniophanes dromiciformis, Hyloxalus infraguttatus y Mastigodryas reticulatus siguen amenazadas sobre todo por la pérdida de hábitat, la expansión agrícola y la urbanización. También señalan presiones adicionales para el cocodrilo americano (Crocodylus acutus) y la tortuga de monte (Rhinoclemmys annulata), como la caza furtiva y la degradación del hábitat.
La salida no pasa solo por contar especies y celebrar el hallazgo. El estudio plantea conservar y restaurar hábitats, reforzar el monitoreo de especies exóticas e invasoras y promover educación ambiental para reducir conflictos entre personas y fauna. El problema es que el reloj corre más deprisa que la ciudad.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Ecology and Evolution.













