Papúa Nueva Guinea acaba de anunciar una de las decisiones oceánicas más ambiciosas del Pacífico. El país quiere proteger alrededor de 200.000 kilómetros cuadrados de mar en la zona occidental de Manus, dentro del mar de Bismarck, con una figura de protección estricta que dejaría fuera la pesca y otras actividades humanas destructivas.
La medida no es solo una línea nueva sobre un mapa. La futura Área Marina Protegida de Manus Occidental formará parte del Corredor Oceánico Melanesio de Reservas, una red regional que quiere unir espacios protegidos de Papúa Nueva Guinea, Fiyi y Vanuatu. En la práctica, hablamos de un refugio marino casi del tamaño del Reino Unido en uno de los puntos con más vida del planeta.
Un santuario sin pesca
El área propuesta se define como una zona de «prohibición total de pesca». Esto significa que dentro de sus límites no se podrá faenar, una decisión fuerte para un país donde el mar no es un paisaje bonito, sino comida, trabajo y cultura diaria.
Jelta Wong, ministro de la Autoridad Nacional de Pesca, resumió el enfoque con una frase clara. «La creación del Área Marina Protegida de Manus Occidental nos permitirá preservar y proteger nuestro patrimonio ecológico y, al mismo tiempo, garantizar que nuestro océano siga proporcionando a la población lo que necesita, alimentos y una fuente de ingresos».
El anuncio se hizo durante la primera Cumbre Oceánica de Melanesia, celebrada en Port Moresby entre el 11 y el 14 de mayo de 2026. Allí se reunieron más de 500 delegados para hablar de conservación marina, pesca sostenible, clima y gobernanza oceánica. Ahora empieza la parte menos vistosa, pero decisiva, el proceso nacional para darle forma legal.
Una autopista marina
La zona elegida no es casual. Papúa Nueva Guinea se encuentra dentro del Triángulo de Coral, considerado uno de los grandes centros mundiales de biodiversidad marina. En sus aguas se han documentado más de 700 tipos de peces de arrecife y más de 300 especies de coral duro.
La región occidental de Manus destaca por sus montañas submarinas, crestas y cañones. Los científicos la describen como una «autopista marina» porque conecta arrecifes poco profundos, aguas abiertas y hábitats de gran profundidad. Dicho de otra forma, no protege solo un sitio bonito, sino rutas completas de vida.
Por allí se mueven tiburones grises de arrecife, tiburones martillo festoneados, tiburones sedosos, delfines giradores, delfines nariz de botella, ballenas picudas de Cuvier, orcas que regresan estacionalmente y aves marinas que pueden alejarse cientos de kilómetros para buscar alimento.
La ciencia detrás del anuncio
El plan se apoya en una expedición científica realizada en 2024 por National Geographic Pristine Seas, junto con la Autoridad de Conservación y Protección del Medio Ambiente de Papúa Nueva Guinea y la Wildlife Conservation Society. Durante tres meses, los equipos estudiaron arrecifes, aguas profundas y especies móviles.
Encontraron corales sanos y grandes bancos de peces pelágicos. Pero también señales de alarma, como una baja presencia de tiburones, algo que suele apuntar a presión pesquera. Es la típica imagen que no cabe en un titular simple, belleza y fragilidad al mismo tiempo.
Lindsay Young, vicepresidenta de investigación de Pristine Seas, explicó que este lugar no es solo hermoso. «Es un sistema altamente conectado, donde los arrecifes poco profundos, los hábitats de aguas profundas y las aguas oceánicas abiertas están vinculados». Y ahí está la clave. Si se rompe una parte, el resto también lo nota.
El equilibrio con la pesca
La nueva área incluye una zona donde actualmente se concentra el 6,7 % de la pesca industrial del país y el 10 % de su pesca industrial de atún. A primera vista, parece un coste económico importante. ¿Cómo se protege el océano sin dejar tiradas a las comunidades que viven de él?
La respuesta del Gobierno y de los científicos se apoya en el llamado efecto desbordamiento. La idea es sencilla. Si dentro de un área protegida los peces crecen y se reproducen con menos presión, parte de esa vida acaba saliendo hacia zonas vecinas donde la pesca sí está permitida.
No es solo una esperanza. Un estudio publicado en Science en 2024, con participación de investigadores de la Universidad de Hawái y la Universidad de Miami, analizó grandes áreas marinas protegidas en los océanos Pacífico e Índico y encontró aumentos medios del 12 % al 18 % en las capturas por unidad de esfuerzo cerca de sus límites. No garantiza magia inmediata, pero sí muestra que proteger bien puede ayudar también a pescar mejor fuera.
Comunidades en el centro
Papúa Nueva Guinea insiste en que este proyecto forma parte de su compromiso de proteger el 30 % de sus aguas para 2030. Yvonne Tio, gerente ejecutiva de CEPA, defendió que el proceso para elegir áreas prioritarias «siempre pone a las comunidades primero».
Ese punto importa. Para muchas comunidades de Manus, el mar no se separa de la identidad. Es donde se pesca, donde se navega, donde se cuentan historias familiares y donde se aprende a leer el tiempo mirando el agua. No es poca cosa.
Powes Parkop, gobernador del Distrito de la Capital Nacional y originario de Manus, lo expresó con un tono muy personal. «No solo estamos protegiendo peces o corales, estamos salvaguardando nuestra identidad». La frase explica por qué esta decisión va más allá de la conservación técnica.
Lo que viene ahora
El siguiente paso será convertir el anuncio en una designación legal efectiva. Ahí entran las normas, la vigilancia, los límites definitivos y los recursos para controlar que la prohibición de pesca se cumpla. Sin eso, una reserva marina puede quedarse en papel mojado.
La pregunta importante es si Papúa Nueva Guinea logrará proteger un espacio tan grande sin perder el apoyo de las comunidades y del sector pesquero. La ciencia apunta a que es posible, pero exige tiempo, control y una gestión seria. El reloj del océano, como ya sabemos, no espera demasiado.
La nota de prensa ha sido publicada por National Geographic Society.











