En 1979 Japón soltó 30 meloncillos en la isla de Amami Oshima para acabar con las serpientes venenosas pero nadie comprobó un pequeño detalle y se convirtió en la mayor catástrofe biológica de la historia

Publicado el: 27 de junio de 2026 a las 12:46
Síguenos
Serpiente habu en la isla japonesa de Amami Oshima, origen del plan que introdujo mangostas para controlar especies venenosas.

Japón acaba de cerrar una de esas historias ambientales que empiezan con una solución sencilla y terminan convertidas en una advertencia mundial. El 3 de septiembre de 2024, el Ministerio de Medio Ambiente declaró erradicada la mangosta india pequeña de la isla de Amami Oshima, después de décadas de trampas, vigilancia, perros rastreadores y trabajo de campo. No fue una victoria rápida. Fue una reparación larga.

La idea inicial parecía lógica sobre el papel. En 1979 se soltaron unas 30 mangostas para reducir la presencia del habu, una serpiente venenosa que preocupaba a la población local. Pero la naturaleza no funciona como un interruptor. Las mangostas no acabaron con el problema previsto y, en cambio, abrieron otro mucho mayor para las especies únicas de la isla.



La solución se volvió problema

La mangosta india pequeña no era una especie propia de Amami Oshima. Según el Ministerio de Medio Ambiente de Japón, llegó desde Okinawa y fue liberada cerca de Asani-Akasaki, en la antigua ciudad de Naze. El plan buscaba controlar serpientes y otros animales considerados problemáticos.

El fallo estaba en un detalle muy básico, pero enorme en la práctica. Las mangostas suelen estar activas durante el día, mientras que el habu caza sobre todo de noche. ¿Qué ocurre cuando el depredador y la presa casi no se cruzan? Que el depredador busca comida más fácil.



Y eso fue exactamente lo que pasó. Las mangostas empezaron a capturar ranas, pequeños mamíferos, aves y otros animales nativos. Para el año 2000, la población había crecido hasta unas 10 000 mangostas y su presencia ya afectaba a especies amenazadas como el conejo de Amami y la rata de pelo largo de Ryukyu.

Una isla demasiado valiosa

Amami Oshima no es una isla cualquiera. Forma parte de un espacio inscrito como Patrimonio Mundial Natural por la UNESCO junto con Tokunoshima, el norte de Okinawa e Iriomote. Su valor está en una biodiversidad que no se encuentra fácilmente en otro sitio.

El conejo de Amami es uno de los símbolos de ese mundo aislado. También hay ranas endémicas, aves forestales y roedores que evolucionaron durante muchísimo tiempo sin enfrentarse a un depredador como la mangosta. Cuando llega un animal así, el equilibrio se rompe. No hace ruido como una máquina, pero el daño se nota.

El problema no era que la mangosta fuera “mala”. Era una especie colocada en el lugar equivocado por una decisión humana. Y ahí está la lección incómoda. A veces, intentar arreglar un problema ecológico sin entender bien el ecosistema puede crear otro mucho más caro.

Décadas de trampas

La respuesta empezó poco a poco. Primero llegaron capturas locales en los años noventa y después un programa de control más organizado. En 2005 se creó el grupo profesional Amami Mongoose Busters, que acabaría siendo clave para llegar hasta el último ejemplar.

No fue una operación sencilla. El Ministerio explica que se colocaron más de 30 000 trampas y más de 300 cámaras en zonas de alta densidad, incluso dentro de bosques difíciles. También se usaron perros detectores para buscar rastros en lugares donde una persona, por muy experta que sea, puede pasar de largo.

El último ejemplar fue capturado en abril de 2018. Pero aquí viene el matiz importante. Que no caiga ningún animal en una trampa no significa, por sí solo, que ya no quede ninguno. Por eso Japón mantuvo la vigilancia hasta el año fiscal 2023 antes de dar el paso oficial. No es poca cosa.

Cómo se confirmó

Para declarar la erradicación no bastó con una sensación optimista. El panel de expertos utilizó dos modelos de probabilidad, conocidos como HBM y REA, y tuvo en cuenta datos de trampas, cámaras y perros detectores. Los resultados fueron muy altos, con probabilidades de erradicación del 99,7 % y del 98,9 %.

En el fondo, lo que buscaban era reducir al mínimo el riesgo de cantar victoria demasiado pronto. Si quedaban unos pocos ejemplares escondidos, el problema podía volver a empezar. Y después de tantos años de trabajo, eso habría sido un golpe duro para la isla.

Un documento del propio Ministerio recuerda que se capturaron más de 32 000 mangostas en Amami Oshima hasta 2018. También señala que el esfuerzo continuó con millones de jornadas de trampa acumuladas y con una caída clara de la densidad de población. Es la parte menos vistosa de la conservación, pero muchas veces es la que decide si un ecosistema se salva o no.

La vida empieza a volver

La buena noticia es que la naturaleza respondió. Según el Ministerio, al avanzar el control de las mangostas comenzaron a mejorar especies como el conejo de Amami, varias ranas endémicas, la rata espinosa de Amami y la rata de pelo largo de Ryukyu. También se observaron expansiones en aves como el zorzal de Amami y la becada de Amami.

Esto no significa que todo vuelva a estar perfecto de un día para otro. Un bosque no se reconstruye como quien cambia una bombilla. Pero sí muestra que retirar una presión constante puede dar margen a las especies locales para recuperarse.

Además, la erradicación también tuvo efectos fuera del bosque. El Ministerio apunta que desaparecieron los daños agrícolas y ganaderos causados por las mangostas. Y en una isla donde observar fauna y flora forma parte del atractivo turístico, que vuelva la vida silvestre también tiene un valor social y económico.

La cuenta final

Un estudio publicado en la revista Oryx pone números a esa idea. Sus autores estiman que el beneficio social del programa superó los 1 690 millones de dólares, frente a un coste total aproximado de 23,82 millones de dólares entre 2000 y 2024. La diferencia es enorme.

Este dato importa porque durante años hubo dudas sobre si gastar tanto dinero en eliminar mangostas tenía sentido. La biodiversidad suele parecer cara cuando se mira solo la factura. Pero cuando se calcula lo que protege, la cuenta cambia.

La historia de Amami Oshima deja una frase sencilla para cualquier país que piense en introducir una especie para controlar otra. Primero estudiar, después decidir. Y, si hay dudas, no soltar. 

El comunicado oficial fue publicado por el Ministerio de Medio Ambiente de Japón.

Imagen autor

Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

Deja un comentario