Un nuevo análisis internacional sostiene que las emisiones de CO2 de los vuelos comerciales podrían bajar entre un 50 y un 75 por ciento sin reducir el número de pasajeros, usando aviones más eficientes, cabinas más llenas y menos asientos prémium.
El trabajo ha analizado más de 27 millones de vuelos realizados en 2023 entre unas 26 000 parejas de ciudades y unos 3 500 millones de personas. Hoy cada pasajero emite de media unos 84,4 gramos de CO2 por kilómetro recorrido, pero el estudio encuentra rutas que contaminan casi treinta veces más que otras de distancia similar. ¿Qué nos dice esto? Que hay vuelos mucho más limpios que otros y que ese margen no se está aprovechando.
Tres palancas para volar con menos CO2
La primera palanca es el tipo de avión que se pone en cada ruta. Los modelos más eficientes pueden consumir en torno a un 25 a 28 por ciento menos combustible que los aparatos más antiguos. Renovar toda la flota lleva años, pero los autores calculan que solo usando de forma más estratégica los aviones eficientes que ya tienen las aerolíneas se podría recortar alrededor de un 11 por ciento las emisiones globales de la aviación ahora mismo.
La segunda palanca está dentro de la cabina. Los asientos de primera y de clase ejecutiva ocupan mucho espacio y se traducen en muchas más emisiones por pasajero. El estudio estima que pueden ser hasta cinco veces más intensivos en CO2 que un asiento de clase turista. Pasar a configuraciones solo económicas y aprovechar al máximo las plazas reduciría las emisiones entre un 22 y un 57 por ciento adicionales.
La tercera pieza es la ocupación media de los vuelos, el llamado factor de carga. En 2023 la media mundial fue de algo menos del 80 por ciento. Subir la ocupación al 95 por ciento, algo que ya ocurre en algunas rutas, aportaría otra caída cercana al 16 por ciento.
Cuando se combinan las tres medidas, aviones eficientes, solo clase económica y alta ocupación, el potencial total de reducción se sitúa entre el 50 y el 75 por ciento sin tocar el número de vuelos ni los kilómetros recorridos. En la práctica, transportar al mismo número de personas a los mismos destinos usando menos de la mitad del combustible que hoy se quema. No es poca cosa.
Más allá de los combustibles sostenibles
El estudio se publica en un momento en que gran parte del discurso del sector se apoya en los combustibles de aviación sostenibles y en la compensación de emisiones. Estos combustibles alternativos siguen siendo caros y escasos, y muchos proyectos de compensación están seriamente cuestionados. Además, distintas proyecciones apuntan a que, si el tráfico aéreo continúa creciendo, las emisiones podrían incluso duplicarse o triplicarse de aquí a 2050. Los autores defienden que mejorar la eficiencia operativa es una forma más rápida y en buena medida más segura de reducir emisiones que confiar solo en promesas futuras.
En este contexto proponen políticas concretas. Desde etiquetas de eficiencia para cada ruta, similares a las de los electrodomésticos, hasta tasas de aterrizaje más altas para los aviones que más CO2 emiten por pasajero. También sugieren límites a la intensidad de carbono de las operaciones aéreas, comparables a las normas de consumo que ya se aplican en el sector del automóvil. Recuerdan que volar sigue siendo una actividad muy concentrada, con una minoría de viajeros frecuentes responsable de una gran parte de las emisiones, y que los billetes muy baratos fomentan viajes que quizá no se harían si reflejaran mejor su coste climático.
Como personas consumidoras no elegimos el modelo exacto de avión, pero sí podemos tomar decisiones que van en la dirección de la eficiencia. Elegir clase económica, priorizar vuelos directos y fijarnos en aerolíneas con flotas modernas son gestos sencillos. Si además se aprueban políticas que premien a las compañías que llenan mejor sus aviones y penalicen las operaciones más derrochadoras, la señal al mercado será clara.
Durante años la aviación comercial ha sido casi una excepción en la conversación climática, algo que se asumía como inevitable para mantener conectada la economía global. Este nuevo estudio recuerda que hay un margen muy grande para reducir emisiones con herramientas que ya existen, sin esperar a revoluciones tecnológicas lejanas. El estudio científico «Large carbon dioxide emissions avoidance potential in improved commercial air transport efficiency» ha sido publicado en la revista Nature Communications Earth & Environment.



















