Cuando el levante aprieta, en muchas playas del Campo de Gibraltar la postal cambia. Donde debería haber arena y sombrillas aparecen montones de algas oscuras que espantan a bañistas y turistas. Esa especie se llama Rugulopteryx okamurae.
Un equipo de la Universidad de Sevilla con el apoyo de Red Eléctrica ha presentado una vía para darle la vuelta al problema. ¿Y si esos arribazones, que hoy son un quebradero de cabeza, pudieran convertirse en energía o fertilizante? La idea es tratarlos como residuo y transformarlos en productos útiles, sin olvidar que hablamos de una invasora.
Un problema que no es solo de playa
En La Línea de la Concepción, el Ayuntamiento llegó a retirar 10 toneladas en apenas 48 horas. Y en la ciudad de Cádiz se hablaba de recogidas casi diarias que “superan las 60 toneladas”, así que el tamaño del reto se entiende rápido. Y eso se nota.
Pero lo más delicado está bajo el agua. Un seguimiento científico en el Parque Natural del Estrecho detectó una pérdida significativa de cobertura de especies residentes tras el pico de crecimiento de 2017. Eso significa menos espacio y menos luz para la flora local.
El catedrático Juan José Vergara lo resumía con una frase directa, “El problema no es lo que aparece en la playa, es lo que está bajo el agua”. Además, la estrategia nacional del MITECO recuerda que esta alga se detectó en 2015 en las costas de Ceuta y que sus impactos llegan a la pesca y a la gestión de playas.
Qué ha investigado la Universidad de Sevilla
La Universidad de Sevilla y Red Eléctrica presentaron en diciembre de 2025 los resultados de un estudio iniciado en 2019 para medir el impacto del alga en el litoral gaditano y buscar salidas para su biomasa. La jornada se celebró en La Línea y la lideró el Laboratorio de Biología Marina de la US.
El trabajo se divide, en buena parte, en dos fases. La primera se centró en entender la ecología de la especie y su efecto sobre la comunidad bentónica (los organismos que viven en el fondo). Desde 2022, la segunda fase la aborda como residuo, por el enorme volumen de biomasa que acaba cada año en la arena.
Este proyecto nació al calor de los estudios ambientales ligados a la interconexión eléctrica submarina entre la Península y Ceuta, presentada como clave para la descarbonización del Estrecho. En el fondo, es un ejemplo de cómo una obra energética puede empujar también investigación ambiental.
Compostaje con insectos para rebajar la toxicidad
Una de las líneas más llamativas mira a lo pequeño para resolver un problema gigante. El estudio plantea compostar el alga con invertebrados, en colaboración con la Universidad de Extremadura, usando crustáceos e insectos como cucarachas del género Eublaberus y la mosca soldado negra.
El objetivo es reducir la toxicidad cuando se mezcla con residuos orgánicos y obtener un biocompost de calidad aceptable, aunque con cierta salinidad. También se plantea que la cucaracha Eublaberus sp. podría ser una opción viable a escala industrial para abaratar fertilizantes orgánicos.
En otras palabras, el alga no se “aprovecha” tal cual. Antes hay que procesarla para que deje de ser un material problemático y pase a ser una materia prima controlada.
De las algas al biogás sin magia
La parte energética llega con la digestión anaeróbica, un proceso en el que microorganismos descomponen materia orgánica sin oxígeno y generan biogás (una mezcla rica en metano). Si ese metano se usa para energía, se evita que acabe liberándose de forma desordenada durante la descomposición en la playa o en acopios.
Según los resultados presentados, el pretratamiento mecánico y térmico del alga mejora el rendimiento en la producción de metano y biofertilizantes. Y para avanzar en biogás, el equipo ha colaborado con un proyecto de I+D+i liderado por Rafael Borja, del CSIC.
Eso sí, la valorización exige controles. El estudio menciona isópodos como Porcellio laevis, capaces de acumular metales pesados, lo que obliga a vigilar el proceso y el destino final del material.
Qué tiene que ocurrir para que funcione
Convertir una invasora en recurso no puede ser una excusa para “normalizarla”. La estrategia del MITECO insiste en evitar traslados y en gestionar los arribazones con protocolos de retirada, transporte y acopio, para que fragmentos del alga no sigan colonizando nuevas zonas.
Y el mapa ya se mueve. En 2026 se ha informado de detecciones en Galicia y de su llegada a áreas sensibles como las Islas Cíes, lo que refuerza la idea de que el problema puede extenderse si no se vigila.
Por eso, lo más realista es un enfoque doble. Control y prevención en el mar, y aprovechamiento seguro del residuo cuando llega a costa, para reducir costes, emisiones y presión sobre los municipios. En paralelo, iniciativas como Bosque Marino, lanzada por Redeia y Ecomar, buscan reforzar restauración e investigación marina con horizonte 2030.
El trabajo abre una puerta interesante, pero no es un atajo. La nota de prensa con los resultados del estudio se ha publicado en la sala de prensa de Red Eléctrica.













