En las montañas de Țarcu, en el suroeste de Rumanía, está pasando algo poco habitual en Europa. Un grupo de bisontes europeos vuelve a moverse en libertad tras más de dos siglos de ausencia y, de paso, está “reordenando” el terreno como solo lo hace un gran herbívoro.
La conclusión principal es doble. Equipos de conservación describen que, en algunas zonas donde los bisontes llevan años asentados, la vegetación ha ganado volumen y variedad. Y un modelo desarrollado en Yale estima que esta manada podría estar ayudando a almacenar en el suelo unas 54.000 toneladas de carbono al año, casi 10 veces más que un área equivalente sin bisontes, con la advertencia de que son cálculos y deben validarse en campo.
Un regreso con cifras
El bisonte europeo (Bison bonasus) desapareció de esta región hace más de 200 años, empujado por la caza y la presión humana. Desde 2014, Rewilding Europe y WWF Rumanía han impulsado su reintroducción en la zona, con translocaciones y seguimiento continuo para que la población crezca sin depender de alimentación suplementaria.
Hoy la cifra varía según el momento y el método de conteo, pero la horquilla se mueve entre los 170 y algo más de 200 animales. La propia Rewilding Europe explica que se apoyan en análisis genéticos y en un seguimiento estrecho para saber cuántos bisontes hay realmente y cómo evoluciona la manada.
Ecologistas de cuatro patas
La idea puede parecer contradictoria. ¿Cómo es posible que un animal que se alimenta de plantas termine creando más vida vegetal alrededor? La clave está en el tipo de “desorden” que generan al moverse, pastar y descansar, porque rompen la uniformidad del paisaje y abren huecos para que broten otras especies.
En el día a día, los bisontes comen en claros, pisan matorrales, se revuelcan en el suelo y dispersan semillas en el pelo o a través del estiércol. Ese movimiento constante crea un mosaico de praderas, arbustos y regeneración forestal joven, que suele favorecer también a insectos, aves y pequeños mamíferos. No es poca cosa.
En divulgación se habla de un aumento de alrededor del 30% en biomasa y diversidad vegetal en algunas áreas del macizo de Țarcu. Es importante leer este dato como una estimación de seguimiento (no como un resultado publicado en una revista científica), pero ayuda a entender la dirección del cambio.
El carbono bajo tus botas
La cifra que ha puesto a estos bisontes en el mapa climático viene de un modelo desarrollado en la Yale School of the Environment junto a la Global Rewilding Alliance. El cálculo concluye que una manada de 170 bisontes, pastando en unos 48 km² de praderas dentro de un paisaje más amplio, podría ayudar a capturar y almacenar aproximadamente 54.000 toneladas de carbono adicionales al año, cerca de 10 veces más que sin bisontes.
Traducido a un lenguaje menos de laboratorio, hablamos de carbono que termina en la vegetación y, sobre todo, en el suelo. El material de preguntas y respuestas del proyecto insiste en dos ideas, que el metano emitido por los bisontes está incluido en el balance y que los números siguen siendo estimaciones que necesitan mediciones directas en campo para confirmarse.
Además, conviene recordar que una versión anterior de estos cálculos se corrigió tras detectarse un error, lo que refuerza la necesidad de contrastar el modelo con datos medidos sobre el terreno. Es una brújula muy útil, pero no una sentencia definitiva.
No todo es ciencia, también es convivencia
El regreso del bisonte no solo cambia el ecosistema, también cambia rutinas humanas. En una zona con pastos, huertos, ganado y caminos rurales, es normal que aparezcan miedos por daños en cultivos o encuentros inesperados con un animal de gran tamaño.
Por eso los promotores del proyecto hablan de medidas de convivencia y de “bison smart communities”, con trabajo directo con municipios, patrullas y herramientas para reducir conflictos. La idea es sencilla en teoría, que la gente tenga información, protocolos y también oportunidades reales ligadas al turismo de naturaleza.
Además, la Unión Europea financia LIFE with Bison, que plantea objetivos concretos como reforzar la población con nuevas translocaciones, ampliar el área disponible y reducir daños y riesgos de atropellos en un tramo de la carretera E70 que cruza un corredor ecológico.
Qué significa para Europa
En el fondo, el caso de Rumanía se está usando como ejemplo de algo más grande. Rewilding Europe insiste en que el bisonte es una “especie clave” capaz de mantener paisajes variados y con muchos microhábitats, algo que se pierde cuando faltan grandes herbívoros.
Frans Schepers, cofundador y director ejecutivo de Rewilding Europe, lo resume con una frase muy directa. “La fauna es la heroína silenciosa para mitigar el cambio climático”. A cambio, incluso los propios autores piden prudencia, porque los resultados específicos del bisonte deben validarse con mediciones directas y, según la propia organización, el estudio de modelización aún no había pasado por revisión por pares cuando se difundió.
Y hay otra línea roja que no conviene cruzar. El propio documento de preguntas y respuestas plantea que estas soluciones basadas en naturaleza no deberían sostener un “business as usual”, sino complementar la reducción de emisiones en energía, transporte e industria.
Un experimento que se aprende a leer
Cuando vuelve una especie grande, no vuelve solo el animal. Vuelven funciones ecológicas que llevaban generaciones apagadas y eso puede ser tan relevante como plantar árboles, sobre todo si hablamos de suelos y praderas.
Ahora bien, el reloj corre y la ciencia necesita tiempo. La buena noticia es que aquí ya hay seguimiento, proyectos con financiación y una pregunta clara que se puede medir con años de datos, cuánto cambia un paisaje cuando le devuelves su “equipo” de grandes herbívoros.
El comunicado oficial sobre estos cálculos se ha publicado en AnimatingCarbon.earth.











