Biocombustibles y deforestación no suelen aparecer en el mismo anuncio, pero forman parte de la misma historia. Mientras la narrativa oficial habla de residuos convertidos en energía limpia, la realidad muestra monocultivos en expansión, cambios indirectos de uso del suelo y emisiones que pueden superar a los combustibles fósiles.
La promesa era simple: aceite usado y desechos agrícolas sustituyendo petróleo. Sin embargo, el aumento de la demanda en Europa está impulsando soja, derivados de palma y caña de azúcar en regiones donde la biodiversidad y los bosques pagan el precio.
Biocombustibles y deforestación: cuando la etiqueta renovable esconde emisiones
La expansión de soja, palma y caña de azúcar cuestiona el relato renovable y expone emisiones ocultas, fraude en residuos y presión sobre ecosistemas globales.
El cultivo de soja se perfila como un importante riesgo ambiental vinculado a la producción de biocombustibles, ya que los modelos de la UE indican que puede generar el doble de emisiones que el diésel fósil debido al cambio indirecto del uso del suelo.
En España, el biodiésel fabricado a partir de la soja creció rápidamente. De hecho, ha pasado del 0,75 % en 2023 al 5,81 % en 2024. Esto refleja el importante papel que tiene nuestro país como principal importador y procesador de soja en Europa.
Nos vendieron una escena casi perfecta: restos orgánicos convertidos en energía limpia, aceite usado reciclado en combustible, economía circular cerrando el círculo. Pero cuando se analiza el ciclo completo, biocombustibles y deforestación emergen como una ecuación incómoda que rara vez aparece en el discurso oficial.
Del mito del residuo infinito al límite material
Europa ha elevado sus objetivos de energías renovables en transporte terrestre, marítimo y aviación. La cuestión es que no existe suficiente residuo sostenible para cubrir esa demanda. Cuando el aceite usado o los subproductos agrícolas no alcanzan, el mercado recurre a cultivos dedicados. Y ahí empieza el verdadero conflicto.
La soja se ha convertido en uno de los principales focos de riesgo. El modelo GLOBIOM de la UE ya estimó que los biocombustibles derivados de soja pueden generar hasta el doble de emisiones que el diésel fósil cuando se contabiliza el cambio indirecto de uso del suelo (ILUC). La expansión agrícola desplaza otros usos, impulsa la tala en nuevas áreas y libera carbono almacenado durante décadas.
Tras la eliminación progresiva del aceite de palma como materia prima prioritaria, el riesgo de sustitución es evidente. En España, el biodiésel de soja pasó del 0,75 % en 2023 al 5,81 % en 2024. Un crecimiento acelerado que coincide con el papel del país como uno de los mayores importadores y procesadores de soja de la UE.
El argumento de que el aceite de soja es solo un subproducto ignora la lógica económica: la rentabilidad depende tanto del aceite como de la harina destinada a piensos. Ambas fracciones sostienen la expansión del cultivo.
El riesgo de sustitución tras la retirada de la palma
A ello se suma el caso de los residuos de palma (POME) y del aceite de cocina usado importado desde el sudeste asiático. Diversos análisis apuntan a discrepancias en las cifras declaradas, lo que sugiere riesgos de fraude. Cuando la demanda supera la capacidad real de generación de residuos, la tentación de etiquetar aceite virgen como residual aumenta.
El contexto geopolítico agrava el escenario. El acuerdo UE-Mercosur puede incentivar la producción de soja. Además, el Reglamento europeo contra la deforestación no cubre biomas como el Cerrado o el Gran Chaco, donde la presión agrícola es intensa.
La paradoja es clara: Europa reduce emisiones en sus balances internos mientras externaliza impactos ambientales y sociales a terceros países. Deforestación, pérdida de biodiversidad, estrés hídrico y conflictos territoriales quedan fuera del surtidor, pero no fuera del planeta.
La revisión normativa que puede cambiar el rumbo
La revisión del Reglamento Delegado (UE) 2019/807 sobre materias primas con alto riesgo ILUC abre una oportunidad crítica. Reforzar salvaguardas ambientales y excluir biocombustibles de alto riesgo es esencial para evitar que la Directiva de Energías Renovables termine impulsando indirectamente la deforestación que pretende combatir.
Porque la descarbonización del transporte no puede basarse en sustituir un combustible por otro sin cuestionar la demanda estructural. Cambiar la etiqueta no basta. Si el modelo no cambia, el bosque seguirá pagando el precio.
Los incentivos económicos impulsan la expansión, ya que tanto el aceite como la harina de soja para la alimentación animal apoyan el cultivo. Mientras que las deficiencias en el control de los residuos de palma y el aceite de cocina importados plantean inquietudes sobre el fraude.
Los factores geopolíticos y el comercio entre la UE y el Mercosur podrían incentivar aún más la producción de soja, lo que pone de relieve la necesidad de reforzar las salvaguardias de la Directiva de Energías Renovables de la UE para prevenir la deforestación indirecta en el extranjero. Seguir leyendo en ENERGIAS RENOVABLES

















